Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Pilares de mi fe cristiana (I)

En el tema del pasado mes de agosto apuntaba la posibilidad de escribir un artículo sobre la razonabilidad de la fe cristiana. La posibilidad se hace realidad con el «Tema del mes» correspondiente a septiembre.

Como el lector podrá ver, no se trata estrictamente de un artículo, sino más bien de un testimonio personal de lo que en mi vida ha dado mayor consistencia a mis convicciones. No oculto que en su elaboración me ha parecido oportuno un enfoque positivista, basando el conocimiento en la observación y la experiencia. Mi fe, más que en ideas, se apoya en hechos. Descansa sobre cuatro pilares de solidez para mí incuestionable: la existencia de la Iglesia cristiana, la Biblia, la persona de Cristo tal como aparece en la Biblia y, en último lugar, mi propia experiencia.

I. LA IGLESIA

Son muchos los creyentes que, como yo, han conocido el Evangelio en una congregación cristiana. En su seno han crecido espiritualmente; han aprendido más y más de la Palabra de Dios predicada en los cultos; se han gozado en la comunión con los hermanos y han encontrado estimulantes oportunidades de servicio. La iglesia es para ellos una familia acogedora, una auténtica bendición que enriquece espiritualmente y vigoriza la fe. Con todo, no me sorprendería que en el rostro de más de un lector se dibujase una mueca irónica de escepticismo. ¿La Iglesia, con sus muchas debilidades, apoyo de mi fe? ¿Acaso no ha sido la Iglesia cristiana protagonista de episodios nada edificantes en el curso de la historia? En algunos momentos ¿no se ha prostituido con los poderes temporales de este mundo y ha caído con ellos en toda clase de injusticias? La conducta de muchos de sus miembros, incluso de algunos de sus líderes, ¿no ha sido tristemente escandalosa?

A fuer de sinceros, hemos de decir que sí, que todo eso es verdad. Pero yo veo en esta Iglesia una iglesia nominal, una institución de corte humano que no corresponde a la realidad de la Iglesia como comunidad de creyentes en Cristo que de todo corazón aman a Dios y andan en el camino del Evangelio. Los miembros de esta Iglesia, espiritual, están esparcidos por todo el mundo, encuadrados en comunidades de diferentes denominaciones, dando testimonio de su fe y de su vida nueva en Cristo, irradiando la luz de la verdad y del amor en favor de una humanidad desdichada. Es cierto que tampoco ellos son perfectos; están expuestos a flaquezas e inconsistencias; pero globalmente su vida es un ejemplo inspirador. ¡Cuantos de ellos han asombrado al mundo con su pureza de costumbres, su altruismo, su fervor cristiano, su abnegación y entrega al servicio de Cristo, que ha sido también servicio al prójimo! Poco tiempo después de mi conversión al Evangelio, llegó a mis manos el libro «Héroes y mártires de la obra misionera», de Juan C.Varetto. Su lectura me impactó profundamente. A medida que leía, más y más quedaba fascinado por aquellos héroes de la fe. Y mi propia fe se robustecía.

Pero no han sido únicamente las biografías que he llegado a leer las que me han ayudado espiritualmente. Mi relación personal con pastores fieles y miembros sencillos de iglesia, amantes de su Salvador, han contribuido igualmente al fortalecimiento de mi fe. No puedo olvidar la impresión que produjo en mí el modo como vivía su devoción privada el hombre que por primera vez me habló del Evangelio. Obrero en una fábrica de neumáticos, trabajaba en el turno de la mañana que comenzaba a las 6. él se levantaba a las 4 de la madrugada para poder leer sin prisas un capítulo de la Biblia y la página diaria correspondiente del «Libro de Cheques del Banco de la Fe», de C.H. Spurgeon. Concluido su tiempo devocional, tomaba un ligero desayuno y salía en bicicleta hacia la fábrica, distante unos cuatro kilómetros. Ya en el exterior, su trabajo y sus relaciones humanas indicaban que «había estado con Jesús». Más de una vez, al recordar su ejemplo, me he sentido un tanto avergonzado, convencido de que yo, en su lugar y circunstancias, seguramente habría recortado la hora dedicada a la lectura de la Biblia y la oración. Pero todavía, años después de su partida, me hace bien su modo de vivir la fe. No es menor el beneficio que he recibido de algunos compañeros en el ministerio, pastores, teólogos y escritores de diferentes países que, con la lucidez de sus ideas y la coherencia de su vida, me han sido de gran estímulo.

Lo dicho no significa que todo en la auténtica Iglesia del Señor es hermoso y edificante. En ella también se viven experiencias dolorosas, descorazonadoras. Son las espinas que acompañan, pero no ocultan, a las rosas. Yo procuro no pincharme, pero no me aparto del rosal. Y bendigo a Dios por la Iglesia en cuyo seno mi fe crece. Veo en la iglesia, en su existencia, en su supervivencia y crecimiento un milagro de la gracia de Dios. Sin ese milagro, hace siglos que la Iglesia habría dejado de existir; nuestras torpezas y nuestra carnalidad ya la habrían destruido. Por todo ello, la Iglesia es pilar de mi fe.

II. LA BIBLIA

En el proceso de mi observación descubro otro hecho fundamental: la Iglesia está estrechamente vinculada a la Biblia. Se nutre de sus páginas. De ellas extrae las doctrinas que configuran su credo, recibe la orientación ética para regular su conducta y el aliento para perseverar en la fe. Los momentos más luminosos de la Iglesia han sido aquellos en que ésta ha valorado la Sagrada Escritura, la ha creído, la ha practicado y la ha proclamado fielmente.

Eso me lleva a leerla atentamente. Como resultado, advierto que su contenido está entroncado en la historia de la salvación humana. Es testimonio elocuente de que «Dios ha hablado de muchas maneras en otros tiempos...» y que finalmente «nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb. 1:1-2). La Biblia recoge esa revelación. No sólo da testimonio de que ésta ha tenido lugar, sino que constituye su depósito más fiable.

A través de los tiempos la Sagrada Escritura ha sido objeto de ataques de toda índole. Algunos enemigos del cristianismo, como el emperador Diocleciano en el siglo IV y la Inquisición (en su obsesión dogmática antiprotestante) en tiempos posteriores, han tratado de destruirla materialmente arrojando al fuego multitud de ejemplares. Otros la han atacado con objeciones críticas o de carácter filosófico. Pero todo ha sido en vano. Comparable a un inmenso cubo geométrico, la Biblia se mantiene estable por más vueltas que se le dé. Sigue siendo el Libro por excelencia, el más traducido (a más de dos mil lenguas), el más leído, el más estudiado y comentado, el que mayor influencia ha tenido en la cultura occidental, el que más vidas ha transformado, el que más corazones ha consolado, el que más acciones abnegadas y heroicas ha inspirado. En él millones de creyentes han encontrado una fuente de inspiración, de confianza, de fuerza, y han podido decir como el salmista: «Lámpara es para mis pies tu Palabra y luz para mi camino» (Sal. 119:105). No es, pues, extraño, que la Iglesia se afirme sobre la Biblia y venga así a ser «columna y baluarte de la verdad» (1 Ti. 3:15).

Mi fe halla sostén en la Biblia porque me cautiva su mensaje. Conozco muchos de los argumentos que se esgrimen para desacreditarla. Y reconozco que en ella hay pasajes de difícil interpretación. Algunos plantean innegables dificultades; unas de tipo lingüístico; otras de carácter metafísico o incluso ético. Y no siempre damos con las claves hermenéuticas que las aclaren de manera plenamente satisfactoria. Confieso que la lectura de la Biblia a veces ha suscitado en mi mente preguntas para algunas de las cuales aún no he hallado respuesta del todo convincente. Pero la suma de todos los problemas y de todos los interrogantes pasan a una periferia en la que pierden toda posibilidad de socavar mi fe. Miro al contenido bíblico en su conjunto y lo veo como un bloque sólido, grandioso, digno de credibilidad. Me maravilla la revelación que hace de Dios. Me sobrecoge la descripción del hombre, en su grandeza y en su miseria. Me entristece su cuadro del pecado, en el que sobresale la inveterada tendencia del ser humano a independizarse de Dios para vivir a su antojo. Me conmueven las trágicas consecuencias del pecado que tan vívidamente se ven en innumerables textos bíblicos, corroborados por la historia. Sobre todo me asombra y fascina el amor de Dios, en perfecto equilibrio con su justicia, siempre en acción con miras a la salvación de los humanos. Me impresiona la progresión coherente de la revelación especial de Dios en el Antiguo Testamento, paralela a la historia de la salvación, y su apoteósica consumación en Cristo. La revelación divina, tal como se nos presenta en la Biblia, es semejante a un gran río; de escaso caudal en su nacimiento, va creciendo a medida que avanza con las aguas de sus afluentes, ganando anchura y profundidad hasta que desemboca en la inmensidad del mar. Dios comenzó a revelarse a los patriarcas, para continuar haciéndolo mediante los profetas. La revelación del plan salvífico de Dios va adquiriendo amplitud y claridad crecientes y finalmente culmina con el anuncio y advenimiento del Mesías Redentor.

No menos asombroso es el hecho de que la Biblia, escrita por hombres de épocas distintas, en diferentes contextos circunstanciales y sociales, presenta una unidad sorprendente, como si hubiese tenido un solo autor. La Biblia misma explica el fenómeno: los autores humanos escribieron bajo la inspiración del Espíritu de Dios (2 P. 1:21; 2 Ti. 3:16). La teología cristiana ha deducido de estos y otros textos la doctrina de la inspiración de la Escritura y la autoridad de la misma como norma normans, determinate de la fe y la conducta del cristiano.

En mis reflexiones llego al convencimiento de que la Biblia es mucho más rica, más profunda y convincente que cualquier especulación humana, superior a todas las doctrinas filosóficas y a toda idea política, social o religiosa. Y la acepto como Palabra de Dios viva que día a día vivifica mi fe.

José M. Martínez

Noviembre 2001: Pilares de mi fe cristiana (II)


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