Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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«Tema especial»

Dada la honda impresión que los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos han tenido en el mundo entero, hemos optado por una reflexión sobre este acontecimiento en el "Tema del Mes" correspondiente a octubre.

Cuando el mundo entero tiembla

Cuando el mundo entero tiembla

Veinte días después del horrible suceso, todavía resuenan los ecos de las explosiones, de los derrumbamientos, de los ayes angustiosos de las víctimas, del clamor del mundo contra los agentes y los dirigentes del terrorismo... La fecha del 11 de septiembre de 2001 quedará en los anales de la historia como una de las más macabras y estremecedoras. Las famosas «torres gemelas» de Manhattan (Nueva York) y otros edificios colindantes, así como una parte del Pentágono en Washington, quedaron completamente destruidos. Montones ingentes de escombros. Más de seis mil desaparecidos, en su mayoría sepultados entre las ruinas. El mundo financiero peligrosamente sacudido. Y un pánico generalizado en la población de los Estados Unidos y de otros países occidentales no sólo ante la posibilidad de nuevos atentados de gran magnitud, sino por la perspectiva casi inevitable de una recesión económica global que sumiría a miles de familias en el paro y quizá en el desamparo. Se teme asimismo con inquietud la reacción que los atentados han producido ya. Nada más funesto que un proceso de acción-reacción en el que lo uno y lo otro se sucedieran en una espiral de límites impredecibles. Sería comparable a una erupción del mismísimo infierno. Menos mal que el presidente Bush ha renunciado al título de su operación de represalia, «Justicia infinita», y lo ha sustituido por el de «Libertad perdurable», mucho más en consonancia con los principios cristianos que él mismo propugna. Ni Dios mismo en su Palabra califica su justicia como infinita. Sí se nos presenta como infinita su misericordia (1 Cr. 16:34; Esd. 3:11; Sal. 106:1).

Mucho se está especulando sobre las causas del terrorismo. En el caso de los actos cometidos el 11 de septiembre la horrenda masacre se atribuye al fanatismo religioso de musulmanes imbuidos de odio al «occidente cristiano», especialmente a los Estados Unidos. La tensión parece agravada por el conflicto árabe-israelí, que incesantemente gotea sangre y lágrimas. Otros comentaristas ven en el fondo de la cuestión el descontento amargo de unos pueblos que se sienten humillados, marginados y explotados por los países ricos. Podría ser un fenómeno parejo al movimiento antiglobalización, de proporciones crecientes y crecientemente agresivo. Se piensa, no sin razón, que lo acaecido y lo que puede suceder aún en el propósito de acabar con el terrorismo debiera mover a los estadistas del mundo a reflexionar sin hipocresía sobre la pobreza y las grandes desigualdades económicas entre las diversas naciones. Algo va mal si, mientras grandes multinacionales obtienen beneficios anuales que rayan en lo escandaloso, millones de seres humanos desfavorecidos perecen víctimas del hambre o la enfermedad. ¿Por qué no convocar una gran conferencia mundial en la que los expertos y los políticos más influyentes, con menos apego a sus propios interese y más espíritu solidario, estudiaran las causas de la situación que tanto odio y violencia genera? Algunos analistas cristianos ven en la hecatombe causada por el terrorismo un juicio indirecto de Dios sobre un mundo que le da la espalda, inmerso en el secularismo y en formas diversas de ateísmo.

No es el terrorismo islámico el único que atormenta al mundo. En menor escala, determinados movimientos nacionalistas de vía estrecha optan por la violencia como vía para imponer sus ideas y aspiraciones, perdiendo de vista que uno de los factores más importantes de progreso hoy es la integración, no la fragmentación. Se observa asimismo un espíritu de intolerancia en no pocos «profetas» que arremeten contra otras creencias, especialmente contra las más tradicionales (entre ellas el cristianismo), y, aunque pacíficas físicamente, siembran las semillas de un enfrentamiento que puede ser demoledor.

Dejamos para los especialistas el análisis político, económico, cultural o religioso de la agresividad en cualquiera de sus formas. Por nuestra parte, en el marco propio de «Pensamiento Cristiano», nos limitaremos a algunas breves consideraciones derivadas del testimonio bíblico.

Es significativo que muy pronto, tras la rebelión del hombre contra Dios, en las relaciones humanas aparece la violencia homicida con todo su horror. Caín no puede sufrir que la ofrenda de su hermano Abel sea más aceptable a ojos del Creador que la suya. Así nace en él la envidia, y con la envidia el odio. El hermano se ha convertido en contrincante molesto. Hay que aniquilarlo. «Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató.» (Gn. 4:8). En el fondo del fondo, la causa de la primera muerte violenta en el mundo se debió al amor propio herido de un hombre. Su YO había sido insufriblemente lesionado. Se imponía la venganza. El egocentrismo, que había perdido a Adán, perdió a Caín, y sigue perdiendo a la humanidad. El egoísmo incontrolado engendra ambición, con ansias irrefrenables de posesión, poder y placer. En ese afán, algunos seres humanos son encumbrados a cimas de prosperidad y honor, mientras que otros, menos favorecidos, se entregan al resentimiento, a la hostilidad, a la ferocidad salvaje. Esta disparidad de destinos se da igualmente entre pueblos. De ahí las guerras, abiertas o solapadas. Y el terrorismo.

Algunos pensadores optimistas han cantado las excelencias del hombre y su capacidad para el progreso, lo que le llevará finalmente a acabar con la agresividad y establecer relaciones de concordia y prosperidad en una Arcadia venturosa. No parece que esta idea llegue algún día a convertirse en realidad. Los dirigentes de los Estados han tratado repetidas veces de desterrar definitivamente los conflictos bélicos y han firmado acuerdos, tratados de paz, etc. que las más de las veces han tenido efectos efímeros. En el siglo XX se crearon asociaciones internacionales como la Sociedad de Naciones a raíz de la la Guerra Mundial y la ONU tras la segunda. Pero ya vimos lo limitado de su acción pacificadora. A la segunda Guerra Mundial, la más encarnizada y devastadora de la historia, siguió la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, controlada sólo por el fantasma de la bomba atómica. Más recientemente han ido proliferando movimientos terroristas de diversa índole que siembran pánico, destrucción y muerte en los lugares más insospechados de la tierra. ¿Es que no hay solución a tal problema? Al parecer, no, al menos mientras no se produzca en los seres humanos un cambio radical, el cambio que el Evangelio llama «nuevo nacimiento» por la fe en Jesucristo. Sólo de este modo podrá verse un día hecho realidad el anuncio profético escogido por las Naciones Unidas para esculpirlo a modo de lema en el muro frontal de su edificio en Nueva York: «Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. Is. 11:6».

Desde la perspectiva humana, no hay solución. La historia lo demuestra. Por eso el mundo hoy tiembla. Pero en la perspectiva divina se avistan «cielos nuevos y tierra nueva en los que mora la justicia» (Is. 65:17; Is. 66:22; 2 P. 3:13; Ap. 21:1). En esa nueva creación culminará la manifestación del Reino de Dios, que es «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14:17). De ese Reino será excluida radicalmente todo forma de injusticia, de inmoralidad y de violencia (Ap. 21:8). La manifestación del Reino de Dios ha empezado a verse en los seguidores de Cristo ya ahora, aunque borrosamente a causa de las imperfecciones y debilidades de ellos y de que los reinos de este mundo todavía están bajo el dominio del maligno (Ef. 2:2; Ef. 6:12). Pero cuando Cristo retorne en su segunda venida, el reino será visto en la plenitud de su perfección y gloria. Por algo el Señor Jesucristo incluyó en la oración del Padrenuestro el ruego «Venga tu Reino» y la Iglesia cristiana de todos los tiempos ha clamado: «Ven, Señor Jesús» (Ap. 22:20). Pero al mismo tiempo, mientras espera a su Señor, la Iglesia ha de ser luz del mundo y sal de la tierra, sembradora de amor, de concordia, de reconciliación. El día que los hombres entiendan y acepten el Evangelio ya no habrá lugar para el terrorismo con toda su carga de horror y muerte. Y en el día de Cristo tampoco lo habrá para las restantes secuelas del pecado. Ni muerte; ni llanto, ni clamor, ni dolor. Todo habrá sido cambiado por Aquel que dice: «He aquí yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:4-5).

José M. Martínez


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