Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Pilares de mi fe cristiana (II)

III. Cristo

En el centro y como cumbre de la Biblia veo la figura esplendorosa del Señor Jesucristo. La encuentro en predicciones más o menos explícitas, así como en personajes, hechos y objetos simbólicos del Antiguo testamento; en la información fidedigna que sobre la vida, muerte y resurrección del Salvador nos proporcionan los Evangelios; en el tremendo impacto espiritual que Cristo produjo en la iglesia apostólica, como atestiguan el libro de los Hechos y las epístolas; en el Apocalipsis, donde sobresalen la soberanía de Cristo sobre su Iglesia y sobre los reinos de este mundo y su triunfo sobre todos los poderes que se oponen a su Reino.

Pese a que de Cristo se han tenido conceptos muy dispares (un gran maestro, un reformador social de ideas avanzadas, un líder pacifista, un mártir, el fundador de la más pura de las religiones), todas esas apreciaciones quedan muy por debajo de la realidad. Jesucristo es único, incomparable, si lo contemplamos a la luz de los testimonios que de él nos han dejado los evangelistas. Partimos del hecho de que tal testimonio existe: los cuatro evangelios. éstos, sin ser biografías en sentido estricto, nos suministran información adecuada para que sepamos quién fue Jesús, qué enseñó, que hizo, cómo fue su carácter, qué pretensiones tuvo, etc. Y de toda esa información surge una figura colosal, infinitamente superior a los más insignes personajes de la historia. Tan extraordinaria es esa figura que algunos críticos han negado su objetividad. Es -dicen- producto de la imaginación enfervorizada de los primeros discípulos, quienes aureolaron a su Maestro con la gloria de la divinidad. Pero una crítica desapasionada, nos impide llegar a esa conclusión. Si el Cristo de los evangelios, con sus milagros, sus enseñanzas maravillosas y su perfección moral hubiese sido un «invento» de los evangelistas, la obra de éstos habría sido un verdadero milagro, muy poco creíble en hombres sencillos, escasos de comprensión, de mentalidad terrena (Mr. 8:14-21), mucho más dados a la duda y la incredulidad que al ensalzamiento romántico de un ser amado. Sería creer lo increíble pensar que los seguidores del hombre más puro y amante de la verdad, hubiesen desfigurado la imagen de Jesús, y que en defensa de su testimonio adulterado hubiesen arriesgado -y en algunos casos dado- su propia vida. Resultaría, además, que un falsedad tuvo una fuerza moral y espiritual que ha transformado a millones de seres humanos. ¡Un prodigio inconcebible! Es mucho más razonable creer en la veracidad de los primeros testigos y en sus palabras. He aquí lo declarado por los apóstoles Pedro y Juan: «Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas ingeniosamente inventadas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.» (2 P. 1:16). «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos acerca del Verbo de vida... lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos» (1 Jn. 1:1-3).

Si nos atenemos a lo escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento, pronto nos percatamos de la grandeza humana y sobrehumana de Cristo. Los discípulos obraron milagros en el nombre de Jesús, pero él los realizó por el poder que encarnaba en su persona. Sus enseñanzas, recibidas del Padre, las impartía con su autoridad personal («oísteis que fue dicho... mas yo os digo...», Mt. 5:21-22, Mt. 5:27-28, Mt. 5:31-32). Para el hombre en su estado de perdición sólo ve un remedio: un nuevo nacimiento por obra del Espíritu mediante la fe (Jn. 3:3, Jn. 3:5-6, Jn. 3:16). Descubrimos asimismo lo extraordinario de sus palabras y de su obra. Su mensaje es «buena nueva». Proclama la salvación y la incorporación al Reino de Dios. A través de sus enseñanzas revela la grandiosidad de Dios, de su justicia y su amor. Ahonda en los abismos de la naturaleza humana, creada «en el principio» a imagen de Dios, pero desfigurada, corrompida y ensuciada por el pecado. Presenta su obra redentora como la meta de su vida en la tierra («El Hijo del hombre vino a salvar lo que se había perdido», Mt. 18:11). En cuanto a sus enseñanzas morales, a cuya altura vivió él siempre, nadie jamás ha podido igualarlas, mucho menos superarlas. En sus máximas y en su conducta fue el ejemplo perfecto de lo que debe ser todo ser humano. Aun hombres no cristianos como Gandhi han hallado en el Sermón del Monte las normas éticas más elevadas que ha conocido la humanidad.

Entre todas estas facetas del mensaje tienen especial relieve algunas pretensiones de Jesucristo que en cualquier otro hombre serían absurdas, hilarantes, síntoma de megalomanía paranoica. Un ejemplo: su plena identificación con Dios («El Padre y yo somos una sola cosa», Jn. 10:30). Fue sin duda este concepto de su identidad lo que le llevó a hacer de sí mismo la clave de la revelación divina y de la salvación humana. Los fundadores de las grandes religiones han basado su mensaje en unas doctrinas determinadas. Jesús lo basó en su propia persona, a la que dio atributos inauditos. él dijo: «Yo soy el pan de vida» (Jn. 6:35), «el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente de agua que salte para vida eterna» (Jn. 4:14), «yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). Nunca dijo: «El que cree en mi doctrina se salvará», sino «el que cree en mí tiene vida eterna» (Jn. 3:16).

Otra prerrogativa divina que Jesús se atribuyó fue la facultad de perdonar pecados. Tenían razón los fariseos cuando dijeron que nadie puede hacer tal cosa sino sólo Dios; pero Jesús dijo al paralítico: «Tus pecados te son perdonados»; y sin ambages, para demostrar que poseía tal facultad, lo sanó.

La pretensión de divinidad se puso asimismo de manifiesto al aceptar ser objeto de adoración. él, que había rechazado al diablo citando un texto áureo del Antiguo Testamento («Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás», Mt. 4:10), permitió la adoración fervorosa de la mujer hemorroísa (Mt. 15:25), del endemoniado gadareno (Mr. 5:6) y de sus propios discípulos (Mt. 14:33, Mt. 28:9, Mt. 28:17). En todos estos casos o estaba usurpando un honor correspondiente sólo a la Divinidad o realmente, además de hombre, era Dios. ¿Era todo fruto de una fantasía incontrolada? Si así hubiese sido nos hallaríamos ante lo más insólito: un hombre víctima de un grave desorden mental habría originado el movimiento espiritual más poderoso que ha conmovido el mundo y se habría convertido en fuente de paz, certidumbre y esperanza para millones de hombres y mujeres en todos los países a lo largo de los siglos. En el transcurso del tiempo se han desmoronado y han desaparecido sucesivos imperios. Se han debilitado y desvanecido poderosas ideologías que en su tiempo parecían destinadas a imponerse en toda la tierra. Pero el reinado de Cristo perdura aún en la vida de millones de sus seguidores. Tenía razón Napoleón cuando, preso en la isla de Santa Elena, declaró:

«Alejandro, César, Carlomagno y yo mismo hemos fundado grandes imperios; pero ¿de qué han dependido? De la fuerza. Sólo Jesús fundó su imperio sobre el amor, y hoy millones morirían por él... todos aquellos fueron hombres, y yo soy hombre; nadie más es como él; Jesucristo es más que hombre... Este fenómeno es inexplicable... El tiempo, gran destructor, es impotente para extinguir esta sagrada llama; el tiempo no puede ni agotar su energía ni limitar su extensión. Esto es lo que más me impresiona... lo que me demuestra convincentemente la divinidad de Jesucristo.»

Y Renan, renombrado filósofo y teólogo francés del siglo XIX, pese a su rechazo del elemento sobrenatural en la vida de Cristo, se vio forzado a afirmar que, «sea lo que sea que el futuro nos depare, Jesús nunca será superado».

Yo hago míos esos testimonios y los de muchos más hombres ilustres que han reconocido la grandiosidad inigualable de Jesús, y los suscribo con un fervoroso «Amén», un amén que significa no «así sea», sino «así es ». En los inicios de la experiencia religiosa que me llevó a la conversión la lectura de los evangelios fue para mí decisiva. La figura del Hijo del hombre se me hacía cada vez más fascinante. Y más cautivadora. Quedé «prendado y prendido de Jesucristo». Desde entonces, él ha sido el soporte más sólido de mi fe.

IV. Mi experiencia personal

Reconozco que hay un elemento de verdad en la objeción de que la experiencia es poco fiable si se usa como punto de apoyo de la fe. Tiene un carácter totalmente subjetivo y es susceptible de variaciones contradictorias. Las mismas vivencias que consolidan mi fe pueden destruir la fe de otros. Algunos supervivientes de los campos de concentración nazis salieron más creyentes porque veían la mano protectora de Dios en su liberación. Pero otros, como el judío Elie Wiesel, premio Nobel, sufrieron una honda crisis espiritual. Para una misma persona las pruebas de la vida pueden ser crisol purificador y enriquecedor de su fe (1 P. 1:6-7), pero también pueden sacudirla y debilitarla con dudas letales. Globalmente no podría decirse que la experiencia, por sí sola, es un puntal resistente de la convicción religiosa. A menos que esté sólidamente trabada a los pilares objetivos antes considerados (Iglesia, Biblia, Cristo), fácilmente puede la fe desmoronarse.

Sin embargo, como columna suplementaria, unida a las anteriores, la experiencia puede contribuir al afianzamiento de la fe. Pese a los altibajos que puede presentar, yo veo claramente que mi vida no está regida por un azar ciego. Se desarrolla conforme a un propósito sabio y amoroso de Dios. Percibo un hilo continuado que engarza admirablemente los acontecimientos más significativos de mi vida. Esta percepción está corroborada por la doctrina bíblica de la providencia divina, según la cual «todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios» (Ro. 8:28). También en la Escritura descubro que, como en los casos de Jeremías (Jer. 1:5) y Pablo (Gá. 1:15), aun antes de mi nacimiento mi destino estaba en las manos de Dios, y puedo decir con el salmista: «Mi embrión lo veían tus ojos, mis días estaban previstos, escritos todos en tu libro, sin faltar uno» (Sal. 139:16). Veo clarísimamente que un día Dios empezó una buena obra en mí, y su Palabra me asegura que «el que empezó la buena obra» (en mí) «la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6).

A lo largo de mi existencia he vivido experiencias de todo tipo. Sin duda, en el plan divino para mí no entraba un camino inacabable de rosas. Muchas veces el camino se ha hecho difícil, árido, penoso. He experimentado la pobreza, el hambre, el frío, la enfermedad (delicadas operaciones quirúrgicas incluidas), la humillación de la intolerancia religiosa. Por la senda de mi vida ha transitado a menudo, muy cerca de mí, el maligno con insidiosas tentaciones. Y no siempre he salido totalmente indemne de sus ataques. He conocido el límite de mis fuerzas, y mis debilidades. También las de otros compañeros de viaje. He vivido horas de bajamar espiritual. He sufrido, he orado, a veces agónicamente, y no he sido ajeno a la experiencia del desfallecimiento y de la sequía espiritual. Momentos ha habido en que espiritualmente todo se volvía oscuro. Todo parecía tambalearse. Pero siempre ha habido una recuperación. Ha vuelto a lucir el sol. La conmoción ha cesado. En algunos trechos del camino he vivido experiencias que parecían auténticos milagros. La mano bondadosa del Señor se veía claramente. Resultado final: una fe confirmada que me permite decir con el apóstol: «Yo sé a quién he creído y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día (el día de Jesucristo)» (2 Ti. 1:12). De hecho mi confianza, en realidad, descansa mucho más en el poder de Dios que en el valor de mi experiencia.

Más de una vez he pensado -y sigo pensando- que a estas alturas de mi vida, dada la solidez de los pilares de mi fe, me resulta imposible renunciar a ella. Como Jefté, aunque en un contexto muy diferente del suyo, digo: «He dado palabra al Señor y no puedo volverme atrás» (Jue. 11:35).

José M. Martínez

Septiembre 2001: Pilares de mi fe cristiana (I)


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