Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Los cinco regalos de la Navidad

«Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.» (Is. 9:6)

¿Qué es la Navidad? ¿Qué y cómo se celebra? En un mundo cada vez menos familiarizado con el mensaje de la Biblia, la Navidad es una forma más de folklore religioso. Pero, si en esencia, la Navidad es el aniversario de un nacimiento, obviamente necesitamos conocer al protagonista de tan famoso cumpleaños. Hemos de entender quién fue Jesús. El pasaje de Is. 9:1-7 nos presenta un retrato formidable a través de los nombres de Cristo. Este retrato se hizo varios siglos antes de su nacimiento; tal dimensión profética le imprime un valor añadido al texto porque las profecías cumplidas siempre refuerzan nuestra fe.
Son cinco los nombres que se le dan a Jesús: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. A pesar de esta diversidad, nos sorprende que el profeta utiliza el singular -«llamarás su nombre»- no el plural, «sus nombres». ¿Por qué? Los atributos que definen el nombre de Cristo forman un todo inseparable e interdependiente como los eslabones de una cadena: no podemos coger aisladamente uno de ellos y rechazar los demás. En otras palabras, no podemos hacernos un «Jesús a la carta». Jesús es todas estas cinco realidades a la vez. Recordemos que para los hebreos el nombre tenía mucho significado porque revelaba alguna faceta especial del carácter de la persona. Por ello, con Cristo hemos de aplicar el principio de «todo o nada».
Además, estos nombres siguen un desarrollo progresivo. Es como una ventana que se va abriendo poco a poco y cada vez entra más luz, hasta el clímax final cuando se describe como el Príncipe de paz. Esta fue la razón última de la venida de Cristo al mundo y esta es la esencia de la Navidad: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz». Es una realidad frecuente y triste que muchas personas abren la ventana sólo a medias: para ellos Jesús fue «Admirable» o un sabio «Consejero-Maestro»; pero no dejan que entre toda la luz de la identidad de Cristo, la rechazan, y se quedan en la penumbra existencial, viviendo sin la plenitud del que afirmó ser «la luz del mundo».

Analicemos cada uno de estos nombres.

Admirable

Este es el primer atributo de Jesús. Algunas versiones lo traducen por «maravilloso». Así lo hizo Händel en su inolvidable composición del «Mesías». La persona de Jesús fascina tanto al creyente como al no creyente. La primera reacción al conocerle como hombre es de admiración. No nos sorprende que alguien tan inteligente como Einstein, judío pero no cristiano, se expresara en estos términos: «La figura radiante de Jesús ha producido en mí una impresión fascinadora. En realidad sólo hay un lugar en el mundo sin oscuridad: la persona de Jesús».
Admirable fue su vida. Jesús vivió constantemente para hacer el bien: ayudó a los necesitados, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, se entregó sin reservas a los demás. Su compasión y empatía no conocían límites. Es significativa la síntesis que Pedro hace de su vida en Hch. 10:38: «...cómo Jesús anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos».
Admirable o maravilloso fue su carácter. Su bondad, su capacidad para amar, su sensibilidad, su humildad, su dominio propio, su mansedumbre adornaron en todo momento su vida. Dos testimonios son bien elocuentes. Por un lado, los judíos que estaban presentes cuando Jesús lloró al ver el cuerpo exánime de Lázaro exclamaron: «..mirad cómo le amaba». Y es que el Señor, momentos antes, «se estremeció en espíritu y se conmovió» (Jn. 11:33-36). Estos dos verbos reflejan en el original una intensidad de sentimiento mucho mayor que la de un duelo habitual. El otro testimonio fue el de Pilato, incapaz de encontrar una sola mancha en la vida de Jesús «yo ningún delito hallo en él» (Jn. 19:4).
Admirables fueron también sus enseñanzas: «...la gente se admiraba de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mr. 1:22). Y así podríamos seguir la lista de razones que hicieron de Jesús un personaje «admirable».
Pero algunos hechos singulares de su vida -a primera vista, extraños- van más alla de lo humanamente maravilloso. La forma milagrosa cómo salvó su vida escapando in extremis a la feroz persecución que Herodes desencadenó precisamente para matar a este recién nacido. Su muerte contradictoria como un malhechor cuando había vivido como un santo. El testimonio del centurión junto a la cruz, habituado a docenas de ejecuciones, quien observó durante su larga agonía aspectos nada «normales» y que le llevaron a exclamar: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc. 23:47). Y qué diremos del relato de los Evangelios sobre su resurrección, sus apariciones posteriores y su ascensión final al cielo.
Así pues, Jesús fue admirable no sólo por su biografía, su carácter o sus enseñanzas, sino también por estos hechos singulares que escapan a la mera explicación natural y nos estimulan a abrir más la ventana y dejar que la luz de sus nombres nos permita profundizar en su identidad.

Consejero

Este atributo es consecuencia del anterior. Si Jesús tenía un carácter sensible y empático, capaz de escuchar, con un amor profundo por las personas y una sabiduría fuera de lo común, éstos son los requisitos idóneos para ser un buen consejero.
Así, las conversaciones personales de Jesús con diferentes hombres y mujeres constituyen un modelo de diálogo y de encuentro fecundo. Nicodemo, la mujer samaritana, la mujer pecadora en casa de Simón y muchos otros ejemplos nos muestran esta excelencia de Jesús como consejero. El fue el sanador de sus vidas, el que llenó sus vacíos, el que transformó sus desiertos en vergeles fecundos.
Hoy también, en pleno siglo XXI, la gente busca con ahínco orientación, algún tipo de guía que mitigue su soledad y su inseguridad. Para ello gastan mucho dinero en adivinos, echadores de cartas, médiums. Desean conocer su futuro, necesitan un fundamento para su vida. En este paisaje de niebla vital, Jesús se nos presenta como el Príncipe de los Consejeros: «Venid a mí todos los trabajados y cargados y yo os daré descanso»; «yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas».
En otro texto Isaías nos da la explicación al porqué Jesús es consejero supremo: «Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor» (Is. 11:2). Jesús es un extraordinario consejero porque, además de hombre excepcional, el Espíritu mismo de Dios está con él. Ello nos conduce de forma natural al tercer nombre.

Dios fuerte

Muchas personas cierran aquí «la ventana» y se quedan con un Jesús admirable y un maestro-consejero excepcional. Un gran hombre; nada más. Pero el nombre de Cristo tiene otros atributos que nos trasladan a una dimensión superior. La manifestación progresiva de su identidad nos revela que no fue sólo un hombre. «Dios fuerte» es el siguiente paso en nuestro conocimiento del Jesús de la Navidad.
Jesús era Dios y como tal es poderoso, fuerte. Así lo demostró en vida: fue poderoso para curar a los enfermos, para acallar la tempestad, para dar vida a los muertos, para dominar las fuerzas diabólicas. Y sobre todo fue fuerte para levantarse de la tumba y dejar el sepulcro vacío. El Jesús que nació en debilidad -la Navidad sola sería una historia de humillación y persecución- acabó venciendo a las fuerzas más poderosas de este mundo: la muerte, el pecado y el Diablo.
Por ello, los primeros cristianos no tenían ningún sentimiento de inferioridad: su Señor era vencedor. Nosotros hoy hemos de sacudirnos cierto complejo de perdedores en una sociedad que se complace en proclamar la «muerte de Dios» y tilda al cristianismo de obsoleto. Nuestro Jesús es Dios fuerte y un día «toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor» (Fil. 2:10-11). La Navidad no es tanto el recuerdo inocuo y algo ingenuo del nacimiento del niño Jesús, sino la memoria de que hay un Dios fuerte que es Señor de la Historia y de mi vida, que un día reinará sobre todo. En este sentido, la Navidad es fuente de esperanza y de fortaleza para el creyente.

Padre eterno

La idea aislada de un Dios fuerte podría transmitir cierta sensación de lejanía y frialdad. El soberano, el todopoderoso es tan grande que no tiene tiempo para ocuparse de mí. El es demasiado importante para prestar una dedicación personal a cada criatura. Esta era la noción que los griegos tenían de sus dioses.
En el cristianismo, sin embargo, encontramos un hecho singular, que no aparece en ninguna otra religión. Este Dios fuerte es al mismo tiempo un Padre íntimo, personal, que ama a cada ser humano como algo precioso y único. Jesús, aunque él mismo no es Dios Padre, comparte esta sensibilidad paternal. Ello es lógico puesto que Cristo es la «imagen del Dios invisible». En numerosas ocasiones durante su ministerio, Jesús muestra una ternura, un afecto y un cuidado profundamente paternales. La ilustración del buen pastor en Jn. 10 es un ejemplo excelente: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas... Mis ovejas son mías y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn. 10:11, Jn. 10:27-28). Y ya hacia el final de su vida, Jesús llora sobre Jerusalén exclamando: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!» (Lc. 13:34). ¿Puede haber una mayor expresión de amor maternal que la usada por el Señor en esta metáfora?
Este es un punto crucial de la fe cristiana. Dar el paso del tercer nombre «Dios fuerte» al cuarto «Padre eterno» es la esencia de la experiencia de conversión: Jesús deja de ser sólo el Dios todopoderoso que creó el universo para llegar a ser como un Padre. Es el paso de ser religioso a ser creyente nacido de nuevo. Dios -Jesús- deja de ser un concepto para ser un «tú» con el que tengo una relación viva, personal.

Príncipe de paz

La luz llega a su máxima intensidad. La ventana se ha abierto de par en par. El último nombre dado a Jesús es la consecuencia final de todos los anteriores. Cristo ha venido para traer paz. El Evangelio son buenas noticias. El mensaje de la Navidad resume perfectamente estas noticias: «Os doy nuevas de gran gozo... que os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo el Señor» (Lc. 2:10-11). Es un príncipe -aunque nació en humillación- y ha venido para traer paz.
Es una paz en tres niveles. Ante todo, paz con Dios: «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21) porque su tarea central como Salvador es reconciliar al hombre con Dios. También paz entre los hombres. En un mundo sangrante, con una violencia sin límites, Jesús es el único que puede derribar los muros llenos de alambradas que separan familias, pueblos, razas, porque él es fuente de perdón y reconciliación. Y, por último, paz interior, con uno mismo, porque él prometió «mi paz os dejo, la paz os doy». La paz y la pacificación son inherentes a la persona de Cristo y, por tanto, privilegio y responsabilidad de sus seguidores el vivirla y proclamarla.

Este Jesús es el mejor regalo de Navidad. Es el regalo que Dios mismo nos dio y el que nosotros podemos compartir con otros. Que viva y que vibre en nuestro corazón el Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno y Príncipe de paz.

Pablo Martínez Vila


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