Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Enero 2005
Vida Cristiana y Teología
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Reflexión de año nuevo

Tu Dios va delante

Atrás ha quedado un año, uno más en el curso de nuestra vida. De él sólo guardamos recuerdos, gratos unos, amargos otros. En su curso hemos vivido experiencias placenteras; también desengaños y frustraciones; días de luz y días de oscuridad, de paz y de turbación. Yo veo ese año como una página de mi vida escrita con rasgos de diverso estilo. Algunos renglones delatan debilidad; otros, energía, dinamismo, fe... En el fondo todas las experiencias vividas contienen lecciones saludables por las que deberíamos dar gracias a Dios.

Pero el pensamiento que el comienzo de un nuevo año se impone en nuestra mente por lo general está repleto de interrogantes: ¿Qué nos traerá el 2005? ¿éxitos, alegrías, sorpresas agradables, curación de una larga enfermedad, bienestar estable en la vida familiar? ¿O, por el contrario vendrá cargado de frustraciones, de disgustos, de problemas económicos, de precariedad laboral, de alguna enfermedad grave, de un fracaso amoroso, de pérdida de un ser querido? El camino a lo largo del año ¿será recto y llano o escabroso y zigzagueante? Todo es posible. Y el pensamiento nos inquieta. Puede llegar a sumirnos en una ansiedad torturadora. ¡Si alguien pudiera realmente declararnos qué oculta nuestro futuro! Desde tiempos remotos los hombres han acudido a astrólogos, brujos, videntes y agoreros de toda laya en busca de una respuesta que ilumine lo que el destino les tiene reservado. A estas prácticas recurren no sólo personas simples, dotadas de escasas luces. También lo hacen hombres y mujeres de reconocido prestigio cultural, político o social. Pero ningún augurio humano tiene garantías de certeza. O es ambiguo, sagazmente expresado, como sucedió más de una vez en las consultas hechas a la famosa pitonisa de Delfos, o su fiabilidad es la misma que puede atribuirse a un juego de azar. Ningún humano conoce el futuro, propio o ajeno, el futuro sólo lo conoce Dios

El Dios del cristiano es el dado a conocer en la Biblia, un Dios omnisciente y todopoderoso que no sólo conoce el porvenir, sino que lo controla y determina. Quien en él confía, puede descansar tranquilo cuando se hace preguntas sobre sus años venideros. A la luz de la Sagrada Escritura aprendemos que DIOS VA DELANTE DE SU PUEBLO en el camino de su peregrinación (Éx. 14:19). Así se puso de manifiesto cuando el pueblo de Israel, salido de Egipto, tuvo que emprender la travesía del desierto para ir a la tierra prometida. En aquella ocasión, al igual que en otras semejantes, se ve el cumplimiento admirable de su promesa:

Dios va delante para guiar

Ni Moisés, ni Aarón, ni ninguno de los ancianos de Israel conocían el camino escogido por Dios, que no era la ruta usual para quienes querían viajar a Palestina (paralela a la costa mediterránea), sino un largo rodeo a través de una región árida, seca, transitada por pocos seres humanos, excepción hecha de beduinos que fácilmente podían convertirse en enemigos de los viajeros. ¿Qué hacer? No habían de preocuparse. Dios iría delante y los guiaría por medio de una nube milagrosa (de humo durante el día y de fuego durante la noche) (Éx. 13:21-22). Lo único que los israelitas tenían que hacer era seguir en pos de la nube. ésa debía ser su única preocupación.

Dios hoy sigue siendo el guía de sus redimidos. No nos indica lo que hemos de hacer mediante un nube visible; pero lo hace mediante su Palabra, la dirección de su Espíritu y circunstancias providenciales que no podemos cambiar, porque las ha determinado Dios. Esas circunstancias con frecuencia son tan dolorosas como incomprensibles. Pero Dios no se equivoca al trazar nuestro camino. Él es sabio. Y amoroso. Y poderoso. Lo es aun cuando permite en nuestra vida oscuridad y sufrimientos incomprensibles. Como el salmista podemos decir: «Me guía por sendas de justicia por amor de su nombre» (Sal. 23:3). Hoy los creyentes en Cristo, con más luz y suficiente experiencia, podemos decir a Dios: «Me has guiado según tu consejo y después me recibirás en gloria» (Sal. 73:24). Con toda seguridad, en la gloria celestial nos diremos: ¡Qué bien que el camino de mi vida no lo tracé yo! ¡Qué gran favor que Dios pasara por encima de mi ignorancia, mis torpezas y en ningún momento renunciara a ser mi Guía!

Dios va delante para proteger

Porque Dios iba delante cuando Israel salió de Egipto y llegó a orillas del Mar Rojo, el Salvador de Israel hizo que las aguas se separasen, abriendo así camino para que el pueblo pasase a pie sin sufrir daño alguno. Pero una vez los israelitas hubieron pasado al otro lado del mar el peligro subsistiría si tras ellos avanzaban las tropas del faraón para darles alcance, cosa que no aconteció gracias a otra intervención de Dios. En el relato bíblico se dice que «el ángel de Dios (expresión que se usa para significar Dios mismo) que iba delante del campamento de Israel se apartó e iba en pos de ellos; y asimismo la columna de nube que iba delante de ellos se apartó y se puso a sus espaldas e iba entre el campamento de los egipcios y el de Israel; y era nube y tinieblas para aquéllos, y alumbraba a Israel de noche; y en toda aquella noche nunca se acercaron los unos a los otros» (Éx. 14:19-20). Es que el Dios que va delante, cuando es necesario, también se coloca detrás; pasa de la vanguardia a la retaguardia para evitar sorpresas, aunque sin dejar de ir al frente de su pueblo peregrino. De hecho, Dios va siempre delante y siempre detrás, siempre a la derecha y siempre a la izquierda. Su omnipresencia es ilimitada, por lo que en todo lugar y momento asegura el amparo de los suyos. De este modo, no hay nada que llegue a convertirse en desastre irreparable; por el contrario, las situaciones más comprometidas son las que Dios suele escoger para mostrar la magnificencia de su poder y su fidelidad. A cada uno de sus hijos le dice: «He aquí, yo envío mi ángel delante de ti para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado.» (Éx. 23:20). En ese camino, todas las contingencias están previstas y controladas por él de modo que se truequen en bendición. ¡Bendito protector!

La presencia de Dios reporta descanso y paz

A Moisés le dijo Dios: «Mi presencia irá contigo y te haré descansar» (Éx. 33:14). No le dijo: «Todo te será plácido; tu camino será suave y llano; los oasis se sucederán uno tras otro. Tu vida será como un retorno al paraíso». Dios no inspira nunca falsas esperanzas de constante prosperidad y felicidad. Más bien, a juzgar por lo que Moisés hubo de experimentar, es muy probable que en el curso de nuestra vida se multipliquen los contratiempos dolorosos, las enfermedades, los quebrantos y las fatigas. Moisés, harto de la rebeldía de los israelitas, encontraba que su tarea como líder de Israel era una misión imposible. No sólo se sentía cansado por los inconvenientes físicos de la peregrinación. Lo que le abrumaba era el peso de su pueblo, desobediente a Dios y hostil a él, su guía. ¡Si al menos Dios le diese un compañero que le ayudase a soportar la carga de su misión! (Éx. 33:12), Fue entonces cuando Dios le dijo: «Mi presencia irá contigo y te haré descansar». No un ángel, ni una legión de ángeles le acompañarían, sino Dios mismo con su poder infinito y su gracia maravillosa. Infinidad de creyentes han experimentado esa realidad. Verdad es que algunas veces hemos desconfiado llegando a pensar que Dios nos había abandonado. Ha sido debilidad nuestra. Pero Dios no nos ha dejado. Ha continuado asistiéndonos. Y finalmente, cuando exhaustos nos rendimos a él, sumisos a su voluntad, la fatiga desaparece para dar lugar al descanso, a la paz (Fil. 4:6-7). Sí, aun en medio del conflicto podemos tener sosiego. Esta verdad fue confirmada y hecha realidad por nuestro Salvador. él sigue diciéndonos a nosotros hoy lo que un día dijo a sus discípulos: «La paz os dejo; mi paz os doy... Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn. 14:27; Jn. 16:33). Es otra versión de una promesa anterior: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados y yo os haré descansar» (Mt. 11:28).

Dios, siempre presente para acompañar

No solamente para proteger, guiar o tranquilizar. él quiere acompañarnos simplemente para estar con nosotros, para hacernos compañía. Desea que mantengamos una comunión viva con él, que cultivemos el sentido de su presencia. Invisible, está presente, muy cerca de nosotros, en una relación de amor sublime. Un texto del Apocalipsis, ilustrado con atinadas metáforas, resalta este hecho. Son palabras del Señor Jesús: «He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo» (Ap. 3:20).

De esa comunión con nuestro Dios y Salvador brotará a través de nuestros labios una aclamación gozosa, una expresión de alabanza, una plegaria con acción de gracias, una confesión: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn. 21:17), o simplemente un silencio reflexivo, apacible, sugeridor de los más dulces pensamientos... ¡Qué gran fiesta en el corazón!

Con un Dios que va delante, que me protege, me guía, me da descanso y me acompaña en todo momento como fiel amigo, bien puedo adentrarme en el nuevo año sin temores de ningún tipo, con confianza y buen ánimo, en paz, diciéndole desde lo profundo del alma lo que cantamos en un precioso himno:

Señor, heme en tus manos, dirígeme,
y hasta el fin de mis años
mi Guía sé.

José M. Martínez


Copyright © 2005 - José M. Martínez

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