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Febrero 2005
El Cristiano, la Sociedad y la Ética
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El horror del tsunami

El horror del tsunami

Ha transcurrido algo más de un mes; pero las imágenes se resisten a desaparecer de nuestras retinas. ¡Fue tan horrible! Primeramente un fuerte terremoto. Después, como consecuencia, un maremoto imponente; una masa gigantesca de agua alzándose a una altura insólita, avanzando a velocidad vertiginosa hacia las playas y abatiéndose inmisericorde sobre cuanto había en ellas: personas, casas, cobertizos, hoteles, coches... Como una inmensa garra devastadora, una vez arrasado cuanto halló a su paso, la ola fatídica retrocedió al seno de los océanos, dejando las costas cubiertas de desolación y muerte. Confusos, como alucinados, hombres, mujeres, niños, corrían sin rumbo fijo, sin acabar de entender lo que estaba sucediendo. Muchos ya no corrían. Yacían tendidos sobre el suelo inmóviles, muertos. Más de doscientos mil. Y muchos más, vivos, aún lloran desolados a seres queridos a los que no volverán a ver. ¡Qué horrendo, Dios mío!

Es difícil saber cuántas personas se han detenido a reflexionar en torno a catástrofe tan descomunal. Muchas prefieren no pensar. Otras creen que no hay lugar para reflexiones; sólo para una solidaridad generosa que alivie el sufrimiento de quienes, vivos aún, necesitan auxilios urgentes. Las más racionales consideran que lo sucedido en el sudeste asiático fue un fenómeno natural, semejante a otros del mismo carácter, aunque de mayores proporciones. La única conclusión a que llegan es que científicos y gobernantes deben hacer todo lo posible para prevenir y aminorar los efectos calamitosos de una naturaleza descontrolada. No han faltado quienes han involucrado a Dios en la tragedia. «Si Dios existe, ¿por qué la ha permitido?» Esta pregunta, sumamente seria, suele formularse frívolamente, incluso con irreverencia, fruto de un agnosticismo teñido de ateísmo beligerante. ¿Es eso todo lo que puede dar de sí la capacidad pensante de la mente humana? Afortunadamente, no.

José Reinoso, en un reportaje aparecido en el periódico español EL PAÍS (11 de Enero de 2005), bajo el título «El maremoto como castigo divino», comenta la reacción de Tantawi, un creyente musulmán: «Sólo encuentra una explicación a la tragedia: la ira de Dios». Y cuenta una historia para justificar la magnitud del tsunami tal como se vivió en Aceh: «La noche antes del maremoto una persona con un gorro blanco (como el que llevan algunos imanes) se presentó en un local situado a un kilómetro de aquí, en el que había gente bailando sin ropa, y les dijo: "Por favor, no hagáis eso. Si seguís, seréis castigados". A continuación, se dirigió al mar y desapareció. Pero la fiesta continuó hasta el amanecer. Esa misma mañana se produjo el maremoto». Aunque se tengan dudas sobre la veracidad de este relato, es un hecho conocido que Indonesia y otros países de la región tenían fama por la profusión de prostíbulos que atraían a multitud de clientes del mundo occidental. A ello los nativos añaden otros pecados, destacando los cometidos por líderes políticos corruptos. La explicación de esos musulmanes religiosos puede parecernos a los cristianos cruda y dura. Pero es digna de consideración. Al fin y al cabo, nos conduce a uno de los temas más inquietantes de la teología cristiana: la teodicea, el modo como Dios gobierna y controla cuanto acontece en el mundo, tanto en el comportamiento de los elementos naturales como en el de los seres humanos. Cuando tratamos de adentrarnos en ese campo de la teología nos enfrentamos a misterios y a preguntas de muy difícil respuesta. Nos gustaría encontrarnos con un Dios todo bondad y misericordia, perenne bienhechor y protector. ¿No dice la Biblia que «Dios es amor»? Si el amor es la esencia misma de la divinidad, ¿por qué Dios permite catástrofes, sufrimientos horribles y muertes espantosas? O, pregunta más inquietante aún, ¿está en él mismo la causa de tanta fatalidad? ¿Acaso, más que un Ser pasivo ante el sufrimiento humano, es agente activo que lo produce?

Personalmente yo también me siento estremecido, no sólo por lo destructivo del tsunami, sino también por los problemas teológicos que plantea. También yo prefiero pensar en el Dios «todo amor», siempre perdonador y salvador, el Dios cuya misericordia permanece para siempre (Sal. 138:8). Pero ese Dios ¿sería un Dios perfecto? En un mundo plagado de egoísmos, injusticias, soberbia, corrupción, violencia, un Dios que permaneciera impasible ante tantos males ¿sería realmente un Padre amoroso? ¿No sería más bien un «abuelo» senil, débil, impotente para disciplinar a los agentes humanos del mal? Pero, por otro lado, la idea de que todas las hecatombes que ocurren en el mundo son acciones punitivas de Dios nos sitúa en un terreno peligrosamente resbaladizo. Somos muchos los creyentes que no compartimos la interpretación dada por el musulmán Tantawi. No podemos afirmar tan rotundamente como él que el maremoto fue castigo divino. Solamente Dios podría explicar el porqué de las calamidades que sufrimos los seres humanos. Yo, por mi parte, me abstendré de juzgar a Dios, tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer. Sólo él posee todos los elementos de juicio necesarios para tomar decisiones judiciales. No obstante, hecha esa salvedad, necesitamos en estos tiempos de laxitud moral reflexionar sobre la perfección de la justicia divina.

La misma Biblia que nos habla de un Dios de amor nos presenta su reverso: un Dios de justicia que juzga y retribuye (en este mundo y en este tiempo o en un juicio escatológico al final de los tiempos) según el comportamiento de los humanos. Numerosos textos de la Escritura nos enfrentan a la «ira» de Dios. He de confesar que esta expresión más de una vez me ha producido desazón. Acostumbrado a ver las reacciones iracundas de muchas personas y las mías propias, veía en la cólera un defecto, una señal de debilidad más que de fuerza. Pero la ira de Dios no es como la nuestra, sentimiento de furor desmesurado mezclado con aborrecimiento y ansias de desquite hacia quien de algún modo me ha ofendido. En esa ira siempre hay un elemento pecaminoso. No es así la cólera de Dios, quien aborrece el pecado, pero ama al pecador. Su ira es una reacción justa contra toda forma de iniquidad o injusticia de los hombres, reacción que ha de moverle a reprimir el mal. Esto incluye el juicio condenatorio de quienes han cometido esos males. El Dios Creador, el Padre de misericordia, es también el Gobernador del universo y el Juez de quienes han de obedecerle como seres responsables. En la Biblia encontramos ejemplos de la acción judicial de Dios. Sirvan como botones de muestra el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, las plagas de Egipto, la muerte de Coré, Datán y Abiram (Nm. 16), la deportación de los judíos a Babilonia, la muerte de Ananías y Safira, la de Herodes Agripa (Hch. 12:20-23). Pero el Nuevo Testamento pone ante nosotros otro ejemplo infinitamente más significativo: la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. También sobre él recayó el juicio condenatorio de Dios, no porque el Hijo amado hubiese cometido pecado alguno, sino porque -conforme a las Escrituras del Antiguo Testamento- había cargado sobre sí los pecados del mundo (Is. 53:4-6; Jn. 1:29). Y por esos pecados hubo de sufrir el peso de la indignación divina que el pecado produce. Ese es el significado de las palabras de Pablo cuando se refiere a la muerte de Cristo como un sacrificio propiciatorio (Ro. 3:25). «Era necesario» (Lc. 24:46) para vindicar la perfecta justicia de Dios, quien «ni aun a su propio Hijo escatimó, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros» (Ro. 8:32). Si Cristo asumía en la cruz nuestra culpa y pagaba nuestra deuda, sería impensable que Dios nos castigara a nosotros por los mismos pecados que él expió. El apóstol Pablo expresó una gran verdad cuando escribió: «Ahora ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1).

Téngase presente, sin embargo, que esa liberación sólo la otorga Dios a «los que están en Cristo», es decir, creyentes que confían en él, le aman y le obedecen. No significa esa salvación que el cristiano esté exento de sufrir calamidades e incluso infortunios tan horripilantes como lo causados por el tsunami. Pero todo esto quiere Dios transformarlo en bendición. Son casi conmovedoras las palabras de Dios a su pueblo a través de Isaías; «En un arranque de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti... Porque los montes se apartarán y los collados serán sacudidos, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Yahvéh, el que tiene compasión de ti.» (Is. 54:8-10). No obstante, era necesario que el pueblo se arrepintiera de sus pecados y se volviera con fe viva a su Creador y Señor. Dios quiere que «el impío se vuelva a él de su camino y viva» (Is. 55:7); que el rico egoísta colabore en la eliminación de las diferencias escandalosas existentes entre ricos y pobres; que el occidente opulento ayude al tercer mundo a salir de su atraso y miseria; que los hombres y sus gobernantes no traten de resolver sus conflictos con las armas, sino con equidad y justicia; que los jueces no prevariquen; que la violencia doméstica cese para dar lugar a la armonía; que el libertino renuncie al prostíbulo y controle sus instintos; que el ateo y el indiferente busquen a Dios hasta encontrarlo, pues sólo en él y de él puede recibir el conocimiento que da sentido a la vida y el poder para la práctica del bien. Con él aun la noche resplandece; la desesperación da lugar a renovada esperanza; aun las aguas más turbulentas pueden ser calmadas y dejar sobre la tierra un sedimento vivificador. Y el maremoto más aterrador puede producir frutos de reflexión y conversión a Dios, principio de una vida nueva. La Biblia nos enseña que Dios, de las ruinas de una creación devastada por el pecado, está sacando una creación nueva (2 Co. 5:17; Ap. 21:1). Pese a todas las apariencias, a la larga, la inmensa ola de la gracia de Dios será infinitamente más poderosa que todos los tsunamis que puedan amenazar la seguridad de nuestro planeta.

Así afronta el cristiano la adversidad: «Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?... Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida... ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús» (Ro. 8:31, Ro. 8:37-39). Así lo han experimentado miles de creyentes cuando olas imponentes de adversidad se han abatido sobre ellos. Puede ser la experiencia de muchos más si se vuelven a Dios por el único camino que es Cristo (Jn. 14:6; 1 Ti. 2:5).

José M. Martínez


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