Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Mayo 2005
Apologética y Evangelización
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¿Réquiem por la fe cristiana?

El título que encabeza el presente «tema del mes» puede suscitar juicios contradictorios. Algunos posiblemente contestarán interiormente con un Sí sin titubeos. La Iglesia cristiana parece seriamente amenazada por las corrientes de pensamiento postmodernas. Da muestras de debilitamiento, especialmente en el mundo occidental, donde no pocos templos están prácticamente vacíos en las horas de culto. En algunos países de Europa templos hay que han dejado de serlo; vendidos para aliviar la penuria económica de las iglesias locales propietarias, se han convertido en centros de actividades culturales, comerciales o incluso lúdicas. En muchos casos, los creyentes viven un cristianismo frío, desangelado, con escasas convicciones sólidas y débil testimonio cristiano. ¿Sería una exageración decir que la fe de tales personas agoniza? Pero ese cuadro tiene un reverso. El mensaje del Evangelio está ganando cientos de miles de almas para Cristo en muchos países de Latinoamérica, áfrica y Asia. Se ven iglesias llenas de creyentes que gozosamente alaban a Dios y dan testimonio entusiasta de su fe. Su vida espiritual, lejos de aparecer amortecida, en peligro de extinción, vibra vigorizada.

A la vista de ese doble panorama, ¿qué podemos decir? ¿Que la Iglesia cristiana está viviendo su ocaso o, por el contrario, que está a las puertas de un gran avivamiento? La respuesta no podemos darla guiados por lo poco que sabemos de lo que acontece en el mundo. Tampoco podemos formularla por la dirección de nuestros anhelos e ilusiones y menos aún por nuestras decepciones y nuestros temores, fruto por lo general de un pesimismo innato. La realidad no es ni negra como el azabache ni luminosa como el amanecer de un día sin nubes. Y la realidad en lo que concierne a la fe es variopinta y variable. Si nos atenemos a las indicaciones de la Palabra de Dios, veremos que la experiencia del creyente y -por extensión- de la Iglesia se vive en un campo de batalla. Hay fuerzas que combaten para destruir la fe y fuerzas que pugnan para sostenerla y vigorizarla.

Fuerzas anticristianas actuales

A nadie debe sorprender que en algunos momentos de su historia la Iglesia parezca retroceder en el campo de batalla y que la fe se vea nublada. Debemos recordar las palabras del Señor: «Cuando el Hijo del hombre venga ¿hallará fe en la tierra?» (Lc. 18:8), y «por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará» (Mt. 24:12). Lo mismo sucederá con la fe a causa de falsos profetas (Mt. 24:5, Mt. 24:11): El apóstol Juan nos enseña que «ya es el último tiempo»; y que «tal como oísteis que el Anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos» (1 Jn. 2:18). Identifiquemos por su nombre algunos de los «anticristos» más peligrosos de nuestro tiempo:

El relativismo

Los maestros de esta escuela enseñan que la verdad varía de una persona a otra, según sea la cultura y la época en que se vive. No hay, por consiguiente, una verdad objetiva, sólida y definitiva. No hay -dicen- verdades absolutas. Todos los conceptos están sometidos a variación constante. Todo lo que expresan es relativo. Este principio puede ser «verdadero» y aconsejable en el campo científico, pero no en el religioso y en la esfera moral. Obviamente el relativismo elimina toda certidumbre; destruye los elementos más sólidos de la confianza cristiana. Si la realidad de Dios hoy puede desfigurarse o desaparecer mañana, se desmorona la «Roca de los siglos». ¿Dónde clavaremos el ancla de nuestra confianza?

La filosofía relativista es la negación más absoluta de lo enseñado por Cristo: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn. 8:32). La verdad de Dios, de su existencia, no es una realidad mutable que incluso puede dejar de existir. El Dios cristiano es el eterno «Yo soy», la Verdad suprema e inmutable que la Iglesia cristiana retiene siglo tras siglo como fundamento de su fe.

El individualismo

Puede considerarse hijo natural del relativismo. Si no hay ideas y valores absolutos, universales, si las corrientes de pensamiento van y vienen sin que quede nada estable, ¿a quién o a qué nos asiremos para ordenar nuestras creencias y las pautas de nuestro comportamiento? En la actualidad el mundo de las ideas es un galimatías, por lo que resulta difícil decidirse por una opción determinada. Aun en el «mercado» religioso la oferta es tan diversa y tan poco atractiva en opinión de muchos que va en aumento el número de quienes preparan su menú espiritual «a la carta». Ellos deciden a qué confesión religiosa se van a adherir, que doctrinas van a creer y de qué modo van a vivir. Pero esta decisión choca frontalmente con la enseñanza bíblica que presenta a Dios como el Señor de nuestra vida. En su misericordia, de una creación arruinada por el pecado, está sacando una nueva creación en Cristo; está formando un pueblo, un cuerpo del que Cristo es cabeza. En el cristianismo no cabe el individualismo. Pero debemos reconocer que éste tiene una fuerza poderosa y que aun el cristiano está expuesto a su influencia.

El laicismo

Prevalece hoy en el mundo democrático el principio de laicidad del Estado, según el cual éste debe mantenerse en absoluta independencia de toda confesión religiosa. Este principio en sí es recomendable, pues la historia nos ha enseñado que la alianza trono-altar no es buena ni para el Estado ni para la Iglesia. Sucede, sin embargo, que la laicidad ha dado lugar al laicismo, término que nació en el siglo XIX en oposición al de clericalismo. Y en nuestro tiempo, de modo creciente y pese al respeto teórico hacia todas las creencias, el laicismo, en el fondo, se convierte en repudio despectivo de todo lo religioso. Más y más se piensa que la fe ha de vivirse en un ámbito rigurosamente privado, el propio de la conciencia de cada individuo. Finalidad: que la Iglesia no alce su voz fuera de sus templos y deje a las instituciones del Estado la regulación de las normas políticas y morales. Amplios sectores de la sociedad ven en la fe religiosa un residuo del pasado que conviene sustituir por ideas más racionales, más progresistas; y, aunque no lo confiesan abiertamente, combaten en la medida de sus posibilidades toda idea de trascendencia. Al servicio de su causa movilizan los modernos medios de comunicación para influir en amplias masas de población. Característica de su modo de actuar es que no siempre mantienen su discurso en un plano serio y respetuoso, sino que sutilmente introducen en él elementos mordaces con lo que, al parecer, pretenden ridiculizar y desprestigiar los valores religiosos, particularmente la fe cristiana.

Todavía hay países en los que los cristianos son perseguidos abiertamente; pero más peligrosa que ese tipo de oposición es la de un laicismo intolerante. Contra estos ataques la Iglesia cristiana ha de perseverar en su testimonio, con sabiduría, humildad y coraje.

El hedonismo

En todos los tiempos el ser humano ha tenido ansias de placer. Ya los antiguos romanos tenían un lema cautivador: «Panem et circenses» (pan y circo). En el transcurso de los siglos las fuentes de placer se han multiplicado, aunque en el fondo son las mismas, pues el mundo no puede dar lo que no tiene. Sobresale la posesión de bienes materiales (materialismo), lo cual lleva a la envidia, la ambición insaciable; finalmente al tedio. No menos cautivador es el goce sexual, que frecuentemente carece de verdadero amor y degenera en mera animalidad.

Las redes del hedonismo han sido una trampa en la que se han enredado multitud de seres humanos, incluidos no pocos creyentes.

Efectos de la influencia de esas fuerzas en la Iglesia

Mundanalidad

Desde los primeros siglos del cristianismo ha sido constante el peligro de una infiltración del mundo en la Iglesia con las corrientes de pensamiento de la época, sus estilos de vida, la propensión a formas de diversión de moralidad pagana, la pasión por los bienes, honores y poder, propia -por naturaleza- de todo ser humano. Juan, en su primera carta, expone este peligro claramente «No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn. 2:15). En muchos momentos los cristianos damos la impresión de que en vez de que le Iglesia penetre en el mundo es el mundo el que penetra en la iglesia debilitándola en su espiritualidad y en su testimonio. Con excesiva frecuencia apenas se ve diferencia entre el cristiano y el no creyente (a veces personas sin fe superan en rectitud y bondad a muchos que se confiesan seguidores de Cristo), con lo que la evangelización pierde toda eficacia. Es en este campo donde el pueblo cristiano está perdiendo batallas decisivas.

Teología moderna

Es triste reconocerlo, pero uno de los peligros más sorprendentes es la influencia de algunos profesores de Teología que, imbuidos de ideas filosóficas de corte racionalista y amantes de la crítica histórico-literaria, han desvirtuado las enseñanzas bíblicas hasta el punto de que sus interpretaciones de la Escritura y sus formulaciones teológicas son auténticas herejías. Este mal se ve en muchos seminarios -afortunadamente no en todos-, lugares en los que no pocos creyentes fieles han sufrido el naufragio de su fe. No es una exageración decir que a menudo las ideas de algunos teólogos modernos, exhibidas como signo de erudición, han causado más daño a las iglesias que los ateos más corrosivos. Estas personas han sido críticos más que defensores de la fe. Y eso dentro de la comunidad creyente. ¿Nuevo «caballo de Troya»?

La carnalidad de muchos cristianos

Pablo describe la lucha contra este enemigo con gran precisión: «El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí...» (Gá. 5:17). La carne no son solamente los apetitos sensuales en la esfera corporal (Gá. 5:19); incluye también los llamados «pecados del espíritu»: «enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, sectarismos, envidias» (Gá. 5:20-21). En Corinto poco faltó para que estos pecados arruinaran la iglesia (1 Co. 1:11-12, 1 Co. 3:3). Muchas comunidades cristianas han sido desgarradas -algunas incluso destruidas- por la carnalidad en forma de rivalidades, ansias de poder, dogmatismo, intolerancia, luchas intestinas. ¿Sería una hipérbole afirmar que la carnalidad daña a la Iglesia cristiana más que las más fieras persecuciones?

Poderes malignos invisibles

El apóstol Pablo nos revela que la Iglesia cristiana no sólo tiene enemigos visibles. También ha de enfrentarse a fuerzas invisibles, «huestes espirituales» diabólicas (Ef. 6:12), las cuales, en alianza con los adversarios mencionados, tratan de destruir la obra de Dios.

Visto en su conjunto el campo de los enemigos que pugnan contra la fe del creyente, y habida cuenta de nuestra debilidad humana, parecería justificado el desaliento e incluso el miedo a que la Iglesia del Señor llegue a desaparecer. Pero es ya hora de que fijemos nuestra vista en las fuerzas que actúan en favor del «ejército» cristiano.

Aliados en la defensa

Universalidad del instinto religioso

Este factor es de índole natural, y común a las más variadas creencias. Lo ha sido en todos los países y en todos los tiempos. Aun los pueblos más primitivos dedujeron de los fenómenos naturales la creencia en una divinidad poderosa que, para bien o para mal, influía decisivamente en los asuntos propios de la humanidad. Es que en el espíritu humano ha habido siempre un anhelo de trascendencia tan profundo como intenso. Nada ni nadie puede extinguirlo. En el siglo pasado el comunismo marxista intentó acabar con la religión, «opio del pueblo», pero tan pronto como cayó el telón de acero levantado en sus fronteras, la religión resurgió con renovado vigor. Curiosamente el colapso de la URSS comunista se debió en gran parte a la resistencia de iglesias cristianas. En Rumanía el inicio de la revolución en 1989 tuvo lugar precisamente por la acción de los creyentes de Timisoara, liderados por un pastor reformado. En la China la represión antirreligiosa todavía subsiste en forma de controles y prohibiciones, complementados con la difusión de una ideología atea; pero en el transcurso de las últimas décadas el número de de cristianos evangélicos se ha multiplicado por cincuenta. En el momento actual esa cifra se eleva a varios millones, en su mayoría miembros de la «Iglesia subterránea». La historia de todos los tiempos apoya la idea de que, sin Dios, el alma humana queda inmersa en un vacío desolador. Dios existe; pero, si no existiera, el hombre tendría que crearlo. Ha intentado hacerlo cuando no ha tenido mayores luces y su religiosidad, fundamentalmente fenoménica, ha sido dominada por la superstición.

Hoy el fenómeno religioso se distingue por la pluralidad, profusa en credos y formas de culto. Algunos lo ven como una nueva Babel. Sin embargo, la persona que examina esa diversidad con objetividad y discernimiento llegará a descubrir la superioridad del mensaje cristiano. En él se encuentra la quintaesencia de la verdad religiosa. Y, dentro de la cristiandad, esa persona configurará su credo a la luz de las enseñanzas bíblicas, centradas en la persona y la obra de Jesucristo.

Sin embargo, hay fuerzas que superan con creces la del instinto y contribuyen coordinadamente a la defensa de la fe y a su triunfo final:

El poder de Cristo

Fue él mismo quien dijo de su Iglesia: «Las puertas del Hades (el imperio de la muerte) no prevalecerán contra ella» (Mt. 16:18). Y después del triunfo de su resurrección añadió: «Toda potestad me es dada en el cielo y sobre la tierra» (Mt. 28:18). Pablo, por su parte, declara que «es preciso que él (Cristo) reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies» (1 Co. 15:25). Y el libro del Apocalipsis, que nos muestra con singular dramatismo el conflicto de la Iglesia cristiana contra las fuerzas hostiles a la fe, no deja lugar a dudas: la victoria será de Cristo, quien un día será proclamado «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap. 19:16). El Salvador de la Iglesia ruega por sus redimidos para que su fe no falte (Lc. 22:32); restaura al discípulo que en una hora de debilidad le niega (Jn. 21:15-19), y asegura que está con sus discípulos «todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt. 28:20). Con él como Rey supremo, su pueblo puede sufrir retrocesos y derrotas parciales; pero la victoria final está asegurada.

El Espíritu Santo

El Señor Jesucristo, tras anunciar a sus discípulos que debía volver al Padre, les prometió la venida del Espíritu Santo, que estaría con ellos -y en ellos- para guiarlos en el conocimiento de la Verdad (Jn. 14:16, Jn. 15:26, Jn. 16:7) y para darles el consuelo y aliento que en todo momento necesitarían. El término griego que Juan usa preferentemente para designar al Espíritu Santo es Parákletos que significa «persona que está al lado de otra para ayudarla» (Jn. 14:16). La acción de este Paracleto tiene mucho de misterioso. Comparable al viento, no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Deducimos su presencia y su auxilio por los efectos que produce en el creyente: capacidad para superar las dudas, inspiración en la mente de pensamientos santos, valor para testificar de Cristo, poder y fuerzas renovadas en las horas de bajamar espiritual, convicción y sensación de que Cristo mismo, por medio de su Espíritu, está al lado para auxiliar en la lucha de la fe.

La Palabra de Dios

Pese a lo mucho que en el mundo se ha hecho para ridiculizar, desacreditar e incluso destruir físicamente las Escrituras Sagradas de la Iglesia cristiana, el Libro por antonomasia ha sido desde los tiempos de Gutenberg el más leído, el traducido a más lenguas, el más comentado, el más amado por millones de creyentes que, al igual que el salmista, han hallado en sus páginas «lámpara para sus pues y antorcha para su camino» (Sal. 119:105): instrucción, consuelo, estímulo, fuerza moral para abandonar formas de conducta condenadas por su conciencia, ideales nuevos, ennoblecedores... En el sentido más pleno, la Palabra de Dios resumida en el Evangelio es «poder de Dios para dar salvación a todo aquel que cree» (Ro. 1:16)

La Biblia ha sido y sigue siendo el medio de que Dios se vale para la conversión y transformación de innumerables seres humanos. Asimismo la usa para irradiar al mundo la luz de su Verdad. Los enemigos pueden luchar contra la divina Palabra, pero, como cantamos en el himno de la Reforma escrito por Lutero, «sin destruir la dejarán, aún mal de su grado, esta Palabra del Señor. él lucha a nuestro lado».

La providencia

Una de las doctrinas bíblicas más consoladoras, bien que también de las más insondables, es la de la providencia divina, la reiterada afirmación de que todas las cosas, todos los acontecimientos, están bajo el control de Dios; y que todo, incluida el libre actuación de los hombres, de alguna manera contribuye a la realización de los soberanos propósitos de Dios. En algunos casos él ha permitido que las fuerzas hostiles a su pueblo avanzaran peligrosamente (los periodos oscuros en la historia de la Iglesia); pero siempre Dios ha sostenido a sus fieles y los ha revigorizado mediante avivamientos maravillosos. Así ha sido siempre, y así será hasta que Cristo vuelva. Al final de las edades, cuando todos los adversarios hayan sido derrotados y «la gran Babilonia» haya caído, la multitud de los redimidos clamará: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso ha establecido su reinado!» (Ap. 19:6).

Si ese reinado ya ha comenzado en Cristo, ¿por qué no unir nuestras voces ya ahora al gran coro celestial y seguir «firmes y adelante» en la lucha por la fe?

José M. Martínez


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