Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Junio 2005
El Cristiano, la Sociedad y la Ética
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«Si el mundo os aborrece...»

Los cristianos ante la oposición y el rechazo

¿Se han reído alguna vez de tu fe? ¿Se burlan de tus principios morales, de tu conducta y te tildan de «anticuado»? ¿Has llegado a tener problemas en el trabajo, incluso hasta el punto de perder oportunidades de mejorar profesionalmente a causa de tu testimonio? ¿Se ha roto una buena relación por ser coherente con tus principios cristianos? La respuesta afirmativa a estas preguntas significa que has experimentado formas de oposición a tu fe, abiertas o sutiles.

Por ello necesitamos refrescar nuestras fuerzas cansadas de bregar en un mundo cada vez más hostil al cristianismo. Con este propósito nada mejor que recurrir a la llamada Carta Magna del Evangelio -el Sermón del Monte (Mt. 5:1-12)- y recordar el consuelo que el Señor da a todo al que sufre algún tipo de oposición a causa de su fe.

Bienaventurados los que padecen persecución

Las Bienaventuranzas no son un conjunto de frases o exclamaciones aisladas; forman un todo que se va desarrollando progresivamente hasta alcanzar un clímax. Podríamos compararlo a los peldaños de una escalera que nos lleva a un lugar alto. Cada peldaño tiene relación con el anterior y con el que le sigue, son interdependientes e inseparables. Esta secuencia natural se inicia, de forma lógica, con la identidad básica del discípulo de Cristo: declararse «pobre en espíritu» es algo así como el carnet de identidad del creyente. El concepto que yo tenga de mí mismo va a ser la pauta que moldee todas mi relaciones con los demás y, en especial, con Dios. Si me siento rico, no voy a necesitar a Dios; ésta es la razón por la que tantas personas hoy dicen no tener necesidad de un Dios personal, porque al igual que la iglesia de Laodicea afirman, llenos de autocomplacencia, «yo soy rico y me he enriquecido y de ninguna cosa tengo necesidad» (Ap. 3:17). La autosuficiencia ha sido siempre una de las raíces de la rebeldía del hombre con Dios y fuente de la mayoría de sus problemas de relación con el prójimo.

Por tanto, el inicio de las Bienaventuranzas parece lógico porque nadie puede acercarse a Dios si no es de rodillas, con la humildad del «pobre en espíritu». También los peldaños siguientes de la escalera nos parecen naturales porque describen una serie de cualidades esenciales del discípulo de Cristo, la mayoría de ellas relacionadas con el carácter moral del creyente. En la vida cristiana las actitudes vienen antes que los actos, el ser antes que el hacer. La ética del discípulo, su conducta, es siempre consecuencia de su nueva naturaleza espiritual. Invertir este orden puede llevar al activismo o a un mero humanismo.

Sin embargo, la «escalera» de las Bienaventuranzas termina de forma sorprendente. Nos lleva a un clímax inesperado. Después de referirse a los pacificadores, la mención de la persecución parece, a primera vista, extraña. Pero no lo es. Y aquí es donde se hace evidente la relación estrecha de cada Bienaventuranza con la inmediata anterior. Jesús sabía muy bien que cuando el discípulo vive a la altura de las demandas morales de estas Bienaventuranzas y refleja el carácter de Cristo, se convierte en sal y luz (Mt. 5:13-16), lo cual es molesto para muchos. El hombre natural, no regenerado, no soporta que el creyente alumbre a su alrededor poniendo al descubierto la suciedad moral en tantas áreas de su vida. Por ello reacciona con frecuencia haciéndole «la vida imposible» al creyente, con una oposición que puede revestir las más diversas formas, desde el martirio hasta la burla cínica. Una fe comprometida, aplicada a cada área de la vida, molesta. Por el contrario, una fe «descafeinada» pasa inadvertida y no despierta ninguna reacción alrededor. En este aspecto, el grado de oposición que un creyente experimenta se convierte en un buen termómetro –no el único, por supuesto- de la coherencia de nuestra vivencia cristiana.

La oposición es algo natural en la vida del creyente

Según la enseñanza de Jesús en este texto, sufrir persecución forma parte del grupo de ocho cualidades morales que definen el carácter del discípulo. No va aparte como algo excepcional, sino que es algo normal en la vida cristiana. La oposición, la burla y el rechazo serán una característica tan propia del discípulo como la de ser manso, pacificador o limpio de corazón.

De hecho, llama la atención que se le da un énfasis especial porque es la única Bienaventuranza que aparece repetida dos veces (Mt. 5:10-11). La primera vez, Mt. 5:10, aparece en tercera persona: «ellos o aquellos», al igual que en las otras. Luego, Mt. 5:11, se usa la segunda persona: «vosotros sois bienaventurados cuando por mi causa os vituperen y os persigan....». No debe ser casualidad que ésta sea la única Bienaventuranza que recibe un trato especial con este doble énfasis.

Un creyente no debe sorprenderse de la oposición a su fe o incluso del rechazo a su persona. En realidad, es una anomalía que el discípulo de Cristo no lo experimente en algún momento de su vida: «¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» dijo el mismo Señor precisamente en el pasaje paralelo de Lucas (Lc. 6:26). El apóstol Pablo le recuerda a Timoteo con gran naturalidad: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Ti. 3:12).

Una última referencia que nos muestra la normalidad de la oposición y el rechazo que sufre el creyente nos la da el apóstol Pedro: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los sufrimientos de Cristo... Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros» (1 P. 4:12-14). ¡Qué promesa más estimulante para todos aquellos que están viviendo este tipo de situación!

Formas contemporáneas de persecución

Por desgracia, son todavía muchos los países donde los creyentes sufren persecución física y son encarcelados, torturados e incluso muertos por su fe. La Iglesia es perseguida hoy en algunas zonas del mundo tanto como los primeros cristianos bajo el yugo del Imperio Romano. Sabemos que ha habido más mártires cristianos en el siglo XX que a lo largo de todos los siglos anteriores. No podemos olvidar esta triste página de la Historia en el siglo aparentemente más «civilizado». La sangre de los mártires no es un una reliquia del pasado, sino una tremenda realidad hoy.

Sin embargo, para nosotros en Occidente, la persecución adquiere formas mucho más sutiles: el rechazo social como colectivo evangélico, la burla, el comentario cínico del compañero de estudios por nuestra moralidad diferente, la ironía en el trabajo por nuestros principios éticos, incluso la discriminación flagrante por parte de las autoridades. No digamos ya nada de la reacción beligerante de algunos colectivos dispuestos a llevar a juicio y si procede a encarcelar a todo aquel que no piense como él.

Se ha dado un caso reciente en Suecia donde un pastor evangélico fue encarcelado varios meses por afirmar que la homosexualidad es un pecado. Es una de las paradojas más llamativas de nuestra sociedad: es tolerante con todos menos con los cristianos; todo el mundo tiene derecho a expresar sus opiniones menos los que creemos que Jesucristo es el «único camino al Padre, la verdad y la vida» tal como él mismo expresó (Jn. 14:6). Como decía alguien, «el único absoluto permitido hoy es la insistencia absoluta en que no hay absolutos». Por supuesto, el creyente no está de acuerdo con esta intolerancia disfrazada de hipertolerancia y, al oponerse, va a sufrir las consecuencias. «Nada nuevo bajo el sol», como diría, el autor del Eclesiastés, «porque el siervo no es mayor que su señor, y si a mí me han perseguido, a vosotros también os perseguirán» (Jn. 15:20).

Nuestra reaccion ante la oposición

«Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mt. 5:12).

Jesús, una vez más nos sorprende. Lo último que uno esperaría en momentos de tribulación es una invitación al gozo y la alegría. Pero la enseñanza de Jesús en general y el Sermón del Monte en particular tiene mucho de revolucionario o, como se diría hoy, de «contracultural».

Antes de observar la reacción correcta, veamos cómo no hay que reaccionar ante la persecución. Estos errores a evitar son reacciones humanas, espontáneas y naturales, pero impropias del discípulo de Cristo:

La venganza (ver Ro. 12:17, Ro. 12:19-20). La reacción más frecuente es la revancha, tomarnos la justicia por nuestra mano. En la tercera Bienaventuranza –«los mansos»- ya se nos advierte de cómo deben ser nuestras reacciones, incluso ante sufrimientos injustos o inmerecidos. La mansedumbre consiste precisamente en el control de nuestros actos y palabras en situaciones de injusticia, donde nosotros tenemos «toda la razón». (Para una ampliación de este tema ver el «Tema del mes» de Marzo y Abril de 2005).

El estoicismo, en una línea más propia de las religiones orientales, por ejemplo el budismo, donde uno logra «aguantar» porque ha aprendido a ser impasible, a estar por encima del bien y del mal y ya nada le afecta. El concepto bíblico de paciencia y de contentamiento está muy lejos del «nirvana» budista.

La autocompasión. Es la actitud que dice: « pobre de mí, qué desgraciado soy, no me lo merezco». Esta actitud, aunque no es frecuente en la persecución abierta, sí ocurre en las formas más soterradas de oposición, por ejemplo en las injusticias. El secreto está en no poner los ojos en la injusticia humana y levantar la mirada a Cristo, «quien cuando padecía... encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 P. 2:23).

La rebeldía contra Dios o la amargura. Hay ciertamente lugar para preguntarle a Dios «por qué». Pero la queja ante Dios siempre debe hacerse desde una postura de lealtad y sumisión. A Dios no le ofende la perplejidad sincera de un hombre agobiado por la presión de una muerte inminente, como fue el caso de Juan el Bautista; tampoco las dudas de Habacuc o las lamentaciones de Jeremías. Muchos de los profetas vivieron persecución y hostilidad y, sin embargo fueron «ejemplo de aflicción y de paciencia» (Stg. 5:10-11).

El gozo del discípulo

¿Qué significa la expresión «gozaos y alegraos»? ¿No es un contrasentido? ¿Cómo puede alegrarse una persona cuando sufre persecución? ¿Acaso el Señor nos está invitando a algún tipo de masoquismo?

El gozo del creyente es mucho más que un sentimiento, no implica reír ni sonreír; va más allá de las emociones. El gozo es un estado profundo, una actitud de serenidad y de confianza que puede llorar sin sentirse desolado, que puede sufrir sin sentirse abandonado, que puede perder una batalla, pero se sabe ganador del combate porque Cristo venció en la cruz. Pablo lo expresa de manera inigualable en Ro. 8:28-39: «en todas estas cosas (tribulaciones) somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó».

El mismo Pablo y Silas nos dan un ejemplo extraordinario de gozo en la persecución cuando en la cárcel de Filipos no pueden dejar de cantar aun teniendo el cuerpo maltrecho y herido por los severos azotes del día anterior. Ciertamente el gozo del discípulo no es una emoción humana, es algo sobrenatural, es fruto del Espíritu.

¿Qué razones tenemos para gozarnos? El Señor menciona dos tipos de motivo por los que el creyente experimenta gozo al sufrir oposición por causa de su nombre:

«Porque de ellos es el reino de los cielos... porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mt. 5:10, Mt. 5:12).
La primera razón tiene que ver con el futuro, concretamente con nuestra herencia en el cielo. Podemos perderlo todo aquí en la tierra, aun la vida física, pero hay algo que nadie puede quitarnos: «la herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros». «Por esto –sigue Pedro- vosotros os alegráis aunque ahora por un poco de tiempo si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas» (1 P. 1:4, 1 P. 1:6). Encontramos la misma idea en 2 Co. 4:18-5:1 y Ap. 21:7. Es significativo que la promesa que se le da a esta última Bienaventuranza es la misma que en la primera: «de ellos es el reino de los cielos». ¿Puede haber mejor promesa que estar en el cielo mismo para toda la eternidad? Sin duda, éste es un «grande galardón».

«Porque así persiguieron también a los profetas que fueron antes que vosotros» (Mt. 5:12).
La segunda razón nos pone en la misma saga que los profetas. En este sentido, decíamos al principio, que la burla o el rechazo a causa de la fe constituye algo así como «el certificado de garantía», el control de calidad de nuestro compromiso con el Señor. Desde el simple comentario burlón de tu fe hasta la propia muerte como mártir, todos los grados y formas de oposición que puedas experimentar como creyente te hacen «bienaventurado», dichoso. Sufrir por Cristo es un grandísimo honor. Por esto constituye el clímax de las Bienaventuranzas, porque nos acerca no sólo a los profetas, sino sobre todo a nuestro modelo supremo, el Señor mismo.

Hacemos nuestra, a modo de oración, la conclusión que Jesús mismo dio a este memorable fragmento del Sermón del Monte:

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está e los cielos» (Mt. 5:16).

Pablo Martínez Vila


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