Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Octubre 2005
Vida Cristiana y Teología / Psicología y Pastoral
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¡Juventud!, ¿divino tesoro?

Rubén Darío comenzó su famosa «Canción de otoño en primavera» con las palabras que encabezan nuestro artículo, pero sin interrogante, como si no le cupiese la menor duda de que la juventud es un don precioso, todo belleza, todo lirismo. Sin embargo, la vida en el periodo de la juventud no es para el eximio poeta nicaragüense un paraíso siempre plácido en el que «la historia sonríe como una flor». Con realismo se percata de que su experiencia juvenil la ha vivido «en un mundo de duelo y de aflicción». El alba pura de los años mozos tenía «cabellera oscura, hecha de noche y de dolor»; a la ternura se ha unido «una pasión violenta». La conclusión de Darío no podía ser más patética: «La vida es dura. Amarga, y pesa». ¿Es cierto esto en los días de la juventud?

Las respuestas por fuerza han de ser variadas, frecuentemente contrapuestas. No hay estereotipos aplicables a las experiencias de los jóvenes. Innumerables factores determinan el curso y las características de la vida de cada uno. En unos casos los años de la juventud son plácidos, serenos, fructíferos; en otros, turbulentos, angustiosos, pródigos en fracasos y amargas desilusiones.

¿Por qué?

La juventud, incluida la adolescencia, es probablemente la época más difícil en la vida de una persona. Con su comienzo se hace evidente el acabamiento de la infancia y el principio de una nueva etapa en el curso de la vida. Este nuevo tramo en la senda de la existencia se caracteriza normalmente por una creciente inclinación a la autonomía, al distanciamiento del hogar paterno y la adhesión al grupo (amigos, pandilla, club, etc.). Distinguen al adolescente las ansias de saber más y vivir experiencias nuevas. También se despiertan en él los impulsos sexuales con fuerza insospechada. Esta edad se caracteriza en muchos por la inseguridad, el temor al futuro, la inestabilidad emocional. Una vez la adolescencia ha concluido, la juventud va adquiriendo progresivamente estabilidad y plenitud (de virtudes o de vicios y defectos).

Iniciada su plenitud a la edad (convencional) de los dieciocho años, una vez asumidos conceptos, creencias y principios fundamentales, se van tomando decisiones según postulados más o menos afines a los de una filosofía existencial o a principios morales o religiosos. Un joven reflexivo, dentro de sus posibilidades, elige el camino de la superación a todos los niveles: de formación profesional, de solidaridad generosa en proyectos de tipo social, de fe y práctica religiosa, de relaciones amorosas serias, etc. Como resultado, su vida adquiere solidez y belleza moral, con lo que proporciona satisfacción profunda, tanto a sí mismo como a quienes le aman. Es el tipo de joven del que más de uno de sus admiradores (o admiradoras) se sentirá prendado.

Ese joven ideal no es, sin embargo, el más común. Por el contrario, son incontables los que malogran su mocedad, víctimas de perniciosas influencias, de propensiones innatas no deseadas, de experiencias traumáticas o simplemente de complacencia en prácticas poco ejemplares que a menudo se convierten en hábitos destructivos. Piénsese, por ejemplo, en el joven atraído por el «grupo» e introducido en ambientes tan poco formativos como el de muchas discotecas u otros trampolines desde los que el joven se precipita en la drogadicción, en la promiscuidad sexual, en formas diversas de delincuencia. Todas estas prácticas muestran el deterioro moral a que puede llegar una persona cuando yerra en la asunción de su concepto de la vida y en la determinación de su responsabilidad social.

Por supuesto, las causas de esas formas de comportamiento no siempre se hallan -al menos de modo absoluto- en el joven mismo, en sus criterios y en sus decisiones. En la mayoría de los casos ha habido experiencias traumáticas en la infancia y en la adolescencia: niño no deseado por sus padres, «patito feo» en el seno de la familia, en la escuela, prácticamente en la totalidad de su entorno, hasta que encuentra los «amigos» , que le abren los ojos a un mundo nuevo, fascinador... pero engañoso. A ello debe añadirse la influencia fortísima de una sociedad que no se distingue precisamente por sólidos valores morales. Las peculiaridades del posmodernismo son determinantes en la interpretación del sentido de la vida. Prevalecen el materialismo, el hedonismo y el egocentrismo. Los valores éticos y religiosos se cotizan muy a la baja. El relativismo los debilita hasta el punto de que pierden su consistencia y su vigencia. De ahí la flojedad de muchos jóvenes en sus convicciones o la facilidad con que la gran mayoría de ellos se ve impelida a seguir la corriente de las modas, tanto en el vestir como en el hablar, en las aficiones deportivas o culturales (delirio de multitudes juveniles que aclaman enardecidas a los cantantes de más renombre, por ejemplo). Algo parecido sucede en la aceptación o rechazo de ideas políticas o religiosas.

A la fuerza de esas peculiaridades de la sociedad de nuestro tiempo se suma el impacto tremendo que los medios de comunicación tienen sobre la gran masa de la población, especialmente sobre la juventud. ésta, a medida que va avanzando en años siente un deseo más vivo de apurar la copa de placer que las circunstancias ponen a su alcance. Abultadas mayorías, sin juicio crítico previo, adoptan como bueno y deseable, cuanto ven en la pequeña pantalla del televisor. Aspiran a conseguir todo lo que la publicidad, siempre sagaz y consumista, pone ante los ojos del telespectador. Y el consumismo imperante en los medios genera innumerables frustraciones; unas veces porque no se alcanza lo que se desea; otras porque, si se consigue, resulta insatisfactorio. Es que la dicha del ser humano, como enseñó el Señor Jesucristo mediante la parábola del rico necio, no depende de la abundancia de bienes o del goce de placeres. (Lc. 12:15-21). Tiene raíces mucho más profundas

El joven y el camino de la fe

En el fondo del ser humano, a menos que el materialismo lo haya degradado, palpitan anhelos de rectitud moral y trascendencia que en un momento u otro, con mayor o menor intensidad, afloran en forma de inquietudes religiosas. Esos anhelos y esas inquietudes suscitan preguntas de capital importancia: ¿Existe Dios? ¿Es justo y bondadoso? ¿Se preocupa de los seres humanos? ¿Es verdad que hay otra vida después de la muerte y que habrá un juicio final? Los jóvenes en su mayoría, contrariamente a lo que muchos piensan, no son ajenos a esas cuestiones, y alguna vez se las plantean con gran seriedad. Es un hecho estadísticamente demostrado que la edad de la juventud es la más favorable a la experiencia de la conversión, experiencia que se confirma en un proceso posterior de maduración espiritual. De este modo la fe pronto se ve robustecida con razones convincentes derivadas de la Palabra de Dios. En ella encuentra las lecciones más saludables para enriquecer su vida.

Sirva como botón de muestra el libro de Eclesiastés, destinado a instruir al joven en su búsqueda del sentido de la vida. El autor parece dominado por una concepción pesimista de la existencia; la resume en una frase desalentadora: «todo es vanidad» (Ec. 1:2): la sabiduría (Ec. 1:13, Ec. 1:17), el placer (Ec. 2:1-3), la acumulación de riquezas (Ec. 2:4-11; Ec. 4:7), la aparente futilidad de la vida (Ec. 2:15-22), las anomalías que se observan en el orden social (Ec. 4:1-5, Ec. 4:8), etc. Con todo, el autor no se propone llevar a sus lectores a un pesimismo enervante o a un riguroso ascetismo. Precisamente al joven le dice: «Gózate, de tu mocedad y tome placer tu corazón en los días de tu juventud. Anda según los caminos de tu corazón...» (Ec. 11:9). Sin embargo, esta libertad tiene un límite: la responsabilidad: «Recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios». El Predicador lo expresa con una conclusión solemne dirigida a su joven oyente: «El fin de todo el discurso que has oído es: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre, pues Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda obra oculta, sea buena o mala"» (Ec. 12:13-14).

De los textos bíblicos citados y de muchos más que podríamos mencionar, se deduce el valor de la juventud a ojos de Dios, quien ha llamado a su servicio a jóvenes destinados a ser faros de luz y fuentes de bendición para su pueblo y para el mundo. Recordemos a Samuel, David, Jeremías, siervos de Yahveh desde su infancia o de su mocedad. En el Nuevo Testamento sobresale Timoteo, conocedor de las Escrituras «desde la niñez» (2 Ti. 3:15) y colaborador de Pablo con fidelidad y eficiencia ejemplares (Fil. 2:19-23).

La fe proporciona al joven el sentido supremo de su existencia, pues viene a ser uno de los valores esenciales de su vida y puerta a campos de servicio admirable. No puede olvidarse lo mucho que la humanidad debe a personas que, movidas por su fe cristiana, vinieron a ser eminentes filántropos tan reconocidos y estimados como David Livingstone, explorador y misionero en áfrica, Jean Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja y uno de los fundadores de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA. Young Men Christian Association), Florencia Nightingale, fundadora de la profesión de enfermeras, o el pastor bautista Martin Luther King, líder y víctima en la lucha contra la segregación racial en los Estados Unidos. A esos nombres podrían añadirse muchos más, entre ellos los de multitud de jóvenes que se han tomado en serio la fe y el compromiso cristianos.

Grande es la riqueza espiritual que posee el joven creyente; y honda la satisfacción que le produce la fe, generadora de amor y buenas obras (Gá. 5:6; Ef. 2:10). Asimismo en el trabajo cristiano, cualquiera que sea su forma, halla campo excelente para el cultivo de sus dones en la más grande de las empresas: el adelanto de la obra de Dios.

De ese joven y de su juventud sí puede decirse: «¡Divino tesoro!»

José M. Martínez


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