Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Marzo 2006
Apologética y Evangelización
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Un ateo se descubre

«Dios vuelve y amenaza nuestras libertades».

Con esta afirmación tremebunda, el escritor Michel Onfray, en «la contra» de La Vanguardia (17-01-2006), resume sus creencias religiosas. En su opinión, la fe es una «neurosis de Dios» a la que el hombre progresista debe combatir con la razón. Parece haber olvidado el testimonio de los muchos sabios que, como Blas Pascal, matemático, físico y filósofo eminente, han compaginado su saber científico con una fe cristiana sólida y profunda. Sin poder demostrarlo -no puede hacerlo-, afirma Onfray que «fe y razón son enemigos por naturaleza». Sus referencias a Freud no tienen en cuenta que las ideas del renombrado psiquiatra austriaco han sido superadas y en gran parte rechazadas. Y las referidas a textos bíblicos aparecen sin el rigor exegético que merecen, basadas en apriorismos injustificados, como el de atribuir a la finalidad de esos textos «servir a intereses políticos coyunturales».

Interpretaciones arbitrarias de la Biblia

Igualmente clara es la falta de objetividad de Onfray cuando sugiere que Dios bendijo la esclavitud, pues lo que realmente hizo Dios fue mitigar con sus leyes los rigores de ese estado. Esa lacra social no fue idea de Dios, sino fruto de la inhumanidad de los hombres. Y para evitar una crueldad desmedida en el maltrato de los esclavos, Dios dictó normas que ponían de relieve la dignidad de todo ser humano, incluido el esclavo, y el respeto debido a sus derechos naturales (Éx. 21:1-11; Lv. 25:39-43; Ef. 6:5-9). Algo más: ¿en qué texto bíblico basa Onfray su afirmación de que «Dios nos obligó a odiar nuestro cuerpo impuro»? El Dios de la Biblia no es un asceta, y si es verdad que condena el cuerpo como instrumento de injusticia, también ve en él la posibilidad -y la necesidad- de que se convierta en instrumento de moralidad y justicia (Ro. 6:12-13). Si prescindimos del rigor hermenéutico, a la Biblia podemos hacerle decir lo que nos plazca. A sus textos nos hemos de acercar no con tergiversaciones exegéticas, sino con el deseo sincero de oír a través de sus páginas la voz de Dios.

«Dios ha muerto»

Sin el menor recato, recurre Onfray a tópicos tan manidos como el de la «muerte de Dios»: «Dios no ha muerto, porque nadie puede matar a Dios, que como el unicornio o las sirenas no morirá porque no existe». Dios sí ha muerto, pero sólo en la mente de quienes le rechazan y se rebelan contra su autoridad asumiendo el grito de un ateísmo milenario: «Rompamos sus ligaduras y echemos de nosotros su yugo» (Sal. 2:3). Pero son millones las personas para las que Dios es una realidad que da sentido pleno a su vida.

Ateísmo batallador

Pese a todo, el ateo militante lucha por extirpar la idea de Dios de toda mente humana para implantar ¿qué? Veamos un ejemplo: el resultado del ateismo comunista en la Unión Soviética del siglo pasado fue una represión aterradora de toda forma de disidencia. Lo más destacado de sus triunfos fue el gulag, de tristísimo recuerdo. Algo parecido se ha visto en otros países dominados por la ideología marxista, donde los cristianos aún son perseguidos. Es verdad que muchos de los ateos de nuestros días están en desacuerdo con los métodos soviéticos de combatir la idea de Dios; pero el laicismo que propugnan está impregnado de intolerancia, y en la práctica recurren a armas condenables para triunfar sobre los creyentes. Harto frecuente es el uso de términos tan despectivos como hirientes: un cristiano comprometido, consecuente con su profesión de fe, es un fanático, un fundamentalista, un intolerable freno al progreso. Por tales «razones», hay que aislarlo y anular su influencia en la sociedad, ya que no es posible exterminarlo. Se ha puesto de moda la idea de que la fe debe relegarse al ámbito de lo privado, vedándole el acceso a toda forma de influir en la sociedad y orientar la cultura.

¿Y si los ateos están equivocados?

No entra en el propósito de este artículo una exposición apologética de argumentos favorables a la creencia en el Dios cristiano. Me limitaré a algunas consideraciones que no pueden ser desechadas a la ligera.

Nadie puede probar que Dios no existe, pues nadie ha podido escrutar todo el universo ni disponer de instrumentos adecuados para detectar la presencia del Ser supremo. Era pueril el «no» del astronauta ruso, Gagarin, cuando a su regreso de su vuelo orbital alrededor de la tierra alguien le preguntó si en algún momento había visto a Dios. «Dios es Espíritu» (Jn. 4:24) y sólo llegamos a conocerle a través de la revelación que en Cristo nos ha dejado él mismo (Jn. 11:25-27).

El cuadro tenebroso de un mundo sin Dios. Mentes privilegiadamente esclarecidas han contemplado ese cuadro. Y se han estremecido. Tal fue el caso de Pascal, quien en sus famosos «Pensamientos» presenta al hombre como un enigma desconcertante. En su opinión, el hombre es una contradicción en sí mismo. Es como nada en medio de un universo infinito que no llega a conocer plenamente. «¡Cuántos reinos nos desconocen! El silencio eterno de esos espacios infinitos me espanta». Sin Dios, el hombre queda reducido a la «miseria» en todos los órdenes: físico, mental y moral. Es dominado por el amor propio, el orgullo, la ambición. «El yo se hace el centro de todo». «La naturaleza del hombre es toda naturaleza, omne animal (toda animal)». Y añade Pascal a modo de conclusión: «Al ver la ceguera y la miseria del hombre, al contemplar el universo mudo y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviado en este rincón del universo, sin saber quién lo ha puesto ahí, qué ha venido a hacer, qué será de él cuando muera, incapaz de todo conocimiento, me sobrecoge un pavor comparable al de un hombre que hubiese sido llevado dormido a una isla desierta, donde se despierta sin saber dónde está y sin ver manera de salir». Ignorancia. Confusión. Temor. Tal es, por lo general, la situación de quien excluye a Dios de su vida. Más próximo a nosotros, Dostoievsky, sin entrar en detalles apologéticos, simplemente por razones morales, ve como imperativo el reconocimiento de la existencia de Dios, pues «si Dios no existe, todo nos está permitido». Tenía razón el poeta austriaco Nikolaus Lenau cuando decía: «Suprimid a Dios y se habrá hecho la noche en el alma humana».

¿Quién es el que realmente ha muerto?

Tras el fogonazo ateo de Nietzsche que amenazaba al hombre con ser eliminado y sustituido por el «super-hombre», filósofos existencialistas como Sartre y Camus han descrito de modo estremecedor el horizonte de la vida del hombre sin Dios: el absurdo, la nada. Y Karl Jaspers se vio impresionado por el tema del «naufragio» humano. No menos impresionados nos sentimos nosotros cuando vemos que el progreso científico y tecnológico, fuente de bienestar material, no va acompañado de progreso moral, sino más bien todo lo contrario. Como un lúcido pensador cristiano ha señalado, «el hombre moderno pensaba que librándose de Dios se había liberado de todo lo que le reprimía y embarazaba. Pero ha descubierto que al matar a Dios se ha matado a sí mismo.» (W.L. Craig)

La historia ha demostrado que, una vez eliminada la idea de Dios, el hombre carece de freno para controlar instintos brutales. El pastor evangélico rumano Richard Wurmbrand, cruelmente torturado en cárceles comunistas, dejó el siguiente testimonio: «La crueldad del ateísmo es difícil de creer cuando no se cree en el premio del bien y el castigo del mal. No hay limitación para el mal existente en las profundidades del alma humana... Los torturadores comunistas a menudo decían: "No hay Dios; no hay un más allá, ni un castigo del mal. Podemos hacer lo que nos plazca". He oído decir a uno de ellos: "Doy gracias a Dios, en el que no creo, porque he vivido hasta este momento en que puedo expresar todo el mal que hay en mi corazón"».

La gran liberación

No es la propugnada por Onfray: liberación de Dios por obra y gracia de la razón. Es la expuesta y ofrecida por Jesucristo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn. 8:31-32). ¿Libres de qué? Del «pecado», que equivale a decir ambición, orgullo, endiosamiento, odio, lujuria, insolidaridad, intolerancia. Jesús completó esa declaración al decir: «Todo aquel que practica el pecado es esclavo del pecado... Si el Hijo (de Dios) os liberta seréis verdaderamente libres» (Jn. 8:34-36).

Innumerables creyentes dan testimonio de los efectos de esa liberación. Han pasado de las tinieblas a la luz, de la muerte espiritual a la vida, de la vanidad, del vacío y el absurdo de una vida sin sentido a la plenitud de la vida en Cristo. En él culmina la revelación de Dios, el Dios que existe, ama al mundo (los ateos incluidos) y salva.

Dios no está volviendo, como afirma Onfray. Ni volverá. No se ha ido nunca.

José M. Martínez


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