Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Mayo 2006
Vida Cristiana y Teología
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La ira, efluvio del infierno

Una de las pasiones más perniciosas que amenazan la integridad del comportamiento humano es la ira. Su significado más generalizado es difícil de expresar verbalmente, pero resulta claro si recurrimos a sus sinónimos: cólera, indignación, enfurecimiento, arrebato que escapa al control de la razón, irritación extremada, estallido. Este último nos hace pensar en la inflamación de un explosivo o en la erupción de un volcán, bien que la intensidad de ambos puede variar. Por lo reprobable de su esencia y lo destructivo de su acción, podemos ver en la ira humana -salvo excepciones- una emanación infernal. Cuando la ira escapa al dominio de la sensatez puede ser causante de gravísimos males, desde los que se causa a sí mismo el iracundo hasta los que alcanzan a sus víctimas: odio, rencillas, enemistades, agresiones violentas, guerras. La historia de la humanidad e infinidad de acontecimientos violentos dados a conocer por los actuales medios de comunicación nos brindan numerosos ejemplos de ello.

Es verdad que no todas las personas son igualmente propensas a la ira, y que no todas las manifestaciones de irritación alcanzan el mismo grado de furor; pero todos estamos más o menos expuestos a esa debilidad. ¿Quién no se ha airado jamás?¿Quién no se ha encendido en una reacción furibunda, desproporcionada a la causa que la ha provocado? Entonces, si la cólera puede producir en todos nosotros reacciones malignas, es importante reflexionar sobre el tema que nos ocupa.

Causas y efectos de la ira dañina

La envidia. Aparece este motivo claramente en el comportamiento de Caín. Dios miró con agrado a Abel y su ofrenda, cosa que no hizo con la ofrecida por Caín. La reacción de éste no pudo ser más negativa: «se enojó en gran manera, y decayó su semblante» (Gn. 4:4-5). Esta última frase es traducida en la Nueva Biblia Española por «y andaba cabizbajo»; ¿pensando que era intolerable su humillación o intuyendo que Dios, en el ejercicio de su soberanía, haría de Abel el objeto predilecto de su elección? Lo más probable, a juzgar por la información del narrador sagrado, es que en su enfado empezaba a planear el modo de deshacerse de su hermano, molesto competidor. Caín no pide a Dios una explicación; ni suplica un acto de misericordia a su favor. Prefiere tomarse la justicia por su mano. Alevosamente, en la soledad de un campo sin testigos, «Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató» (Gn. 4:8). Así de simple. Y así de horrendo. Aquella perfidia, fruto de un furor incontenido, fue el comienzo de un derramamiento de sangre que en el transcurso de los siglos regaría todos los pueblos de la tierra. ¡A cuánto sufrimiento ha conducido la envidia en muchos otros casos!

Seguramente muchos no se verán reflejados en el crimen de Caín. Se consideran incapaces de cometer semejante felonía; pero con su propia exculpación demuestran su escasa sensibilidad moral. No puede ser más radical la enseñanza de Jesús, a la que ya nos hemos referido, sobre esta cuestión: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: "No matarás, y cualquiera que mate será culpable de juicio". Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio» (Mt. 5:21-22). Ese enojo, aunque no se valga del arma asesina en su sentido literal, siempre encuentra modos y medios para destruir al rival, o por lo menos para intentarlo: la difamación, la calumnia, el desprestigio, la zancadilla malévola... ¡Hay tantas maneras de herir gravemente y aun matar...!

El despecho. Frecuentemente nos airamos cuando pensamos que las circunstancias -o una persona determinada- nos han tratado injustamente, con lo que se han frustrado algunas de nuestras más caras ilusiones, sin que lleguemos a discernir los propósitos y la providencia sabia de Dios, que no siempre coinciden con nuestras esperanzas. éste fue el caso de Esaú, hermano de Jacob. El primero, por ser el primogénito, en circunstancias normales había de ser el heredero de las promesas hechas por Dios a Abraham e Isaac, lo cual equivalía a ser heredero de la bendición de Dios con todo lo que ésta conllevaba. Valiéndose de una artimaña ideada por la madre (Gn. 27:5-29), la bendición de Isaac le fue otorgada a Jacob. Pronto se puso al descubierto el ruin engaño. Lo que aconteció como consecuencia era de esperar: «Aborreció Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido». Su ira -sin duda avivada por el diablo- «homicida desde el principio» (Jn. 8:44) sólo la reprimiría Caín pensando en el momento en que daría muerte al usurpador (Gn. 27:41-42).

Por la misericordia de Dios ese momento nunca llegó, pero los efectos de aquella ira fratricida afectaron inexorablemente a ambos hermanos: Esaú con el sentimiento de pérdida irreparable y con el punzante malestar que su decisión de vengarse le producía, y Jacob con el tormento de un miedo que perduraría hasta el día de su encuentro con el hermano agraviado muchos años más tarde. Confirmada por muchos otras historias parecidas, la de Jacob y Esaú nos muestra que cuando la ira clava sus aguijones, éstos se reparten casi por igual entre el ofendido y el ofensor.

La soberbia, que en el fondo siempre es altivez, sentimiento de superioridad, agresividad contra todo lo que a nuestro parecer merma nuestra supuesta preeminencia. Recordemos otro episodio histórico registrado en el Antiguo Testamento. Los judíos, por disposición del emperador persa Artajerjes, salieron de su cautividad babilónica para volver a su tierra y allí, bajo la dirección del intrépido Nehemías, reiniciar su vida como pueblo escogido de Dios. A ello se opusieron los sátrapas samaritanos, convencidos de que ellos eran bajo la soberanía del rey persa, la suprema autoridad. Por eso no podían tolerar la osadía de los judíos de edificar sin su permiso. Según Nehemías, «cuando oyó Sanballat (gobernador de Samaria) que nosotros edificábamos el muro, se enojó y se enfureció en gran manera» (Neh. 4:1). La oposición samaritana prosiguió de diferentes modos, pero nada consiguió; su cólera se trocó en humillación.

Igualmente ilustrativa es la historia de Jonás, el profeta que se enojó vivamente porque Dios había perdonado a los malvados ninivitas. Esta reacción del profeta ¿no era resultado de su amor propio herido? Con el perdón divino otorgado a los arrepentidos ninivitas ¿no quedaba Jonás desautorizado como profeta? Su predicación ¿no resultó una ridiculez? Por mandato de Dios, había anunciado la destrucción de la ciudad, pero la destrucción no llegó. Había para morirse, pensaba. Pero Dios le dio una lección inolvidable mediante una singular calabacera (Jon. 4).

Esta experiencia de Jonás nos muestra lo fácil que es descargar en último término nuestra ira contra Dios haciéndole responsable de lo que consideramos nuestras desgracias. Actitud pueril. Lanzar piedras al cielo sólo puede tener como resultado que las piedras caigan sobre nuestras cabezas.

Cuando la ira es justificada

No siempre la ira es condenable. No en todos los casos es pecado. El pecado sería no indignarnos cuando vemos actos de flagrante injusticia, cuando se atropella al débil, se agrede violentamente al indefenso o se despoja a alguien de sus derechos. El propio Señor Jesucristo se indignó al ver cómo el recinto sagrado del templo era profanado por cambistas de moneda y vendedores de animales requeridos para las ofrendas. Y de tal modo le irritó este escándalo que «haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del templo, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas» (Jn. 2:13-15). También Pablo se encolerizó, pese a estar lleno del Espíritu Santo, cuando en su primer viaje misionero tuvo que enfrentarse al mago Elimas (Hch. 13:6-11). En ambos casos la indignación estaba justificada. No menos motivos tenía Pablo para airarse cuando falsos maestros judaizantes presionaban a los cristianos de Galacia para que abandonaran el Evangelio de la gracia y se volvieran al legalismo rabínico. Por eso su carta a los Gálatas es una explosión de cólera incontenida (cf. Gá. 3:1-4). Pero era una explosión necesaria, plenamente razonable.

Sin embargo, ante la posibilidad de que la ira justa degenere en ira pecaminosa, el apóstol muestra especial tiento cuando exhorta: «Airaos, pero no pequéis» (Ef. 4:26), sin duda porque las más de las veces nuestra ira es la descrita en lo que más arriba hemos expuesto como sus causas; este tipo de enojo es lo más frecuente en el comportamiento humano. Pablo añade en su exhortación a los Efesios una admonición que no deja lugar a dudas: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia y toda malicia. Antes bien sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef. 4:31-32). Dejarse llevar por la ira puede conducirnos a verdaderos desastres. Es muy sabio el consejo del teólogo e historiador inglés Thomas Fuller: «No acometas obra alguna en la furia de la pasión; equivale a hacerse a la mar en plena borrasca».

La cólera divina

Son casi incontables los textos de la Biblia en los que se menciona la ira de Dios. Y, sin embargo, para muchos lectores esos textos son motivo de tropiezo. ¿Cómo podemos explicarnos que un Dios que se revela de mil maneras como un Dios de amor, infinitamente misericordioso, sea asimismo un Dios iracundo, semejante a las divinidades del paganismo? La respuesta se encuentra en la perfección necesaria del Ser supremo. ¿Qué clase de Dios sería el que se mantuviera impasible ante las injusticias y la impiedad de los hombres? Lo cabal de su carácter le obliga a reaccionar con intervenciones correctivas cuando los seres humanos se entregan a la práctica del mal. Esa reacción determinó sus actos retributivos, entre otros, el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, las plagas de Egipto, la ruina de Jerusalén y el cautiverio subsiguiente de los judíos en Babilonia. Tan frecuentes son las referencias a la ira de Dios en el Antiguo Testamento que algunos han llegado a pensar en una dualidad de dioses: el del Antiguo Testamento, riguroso, justiciero, inmisericorde, juez implacable que condena y destruye, y el del Nuevo, todo amor, conmiseración y perdón. Pero ese modo de ver a Dios también es incorrecto. Es verdad que en el Nuevo Testamento adquiere un relieve maravilloso la misericordia divina; pero es igualmente cierto que tan gloriosa imagen no esconde la justicia de Dios, su santa «ira» contra el pecado (Jn. 3:36; Ro. 1:18; Ro. 2:5; Mt. 3:7; Col. 3:6).

Quienes tienen esa idea de un doble Dios se olvidan del modo como Dios se reveló a Moisés: «¡Yahvéh! ¡Yahvéh! Dios fuerte, misericordioso y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia, que guarda su misericordia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por inocente al malvado» (Éx. 34:6-7) y los muchos textos en los que se reitera esa presentación del Dios. justo, pero también autor de toda gracia

También en el Nuevo Testamento hay casos en los que se hace evidente el enojo santo de Dios ante conductas humanas a todas luces injustas o inmorales (anuncio de las calamidades que sobrevendrían al pueblo judío a causa de su rechazamiento de Jesús como el Mesías (Mt. 24)), la muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1-11), la muerte repulsiva del cruel Herodes (Hch. 12:20-23), la ceguera del mago Elimas (Hch. 13:8-11). Y en el Apocalipsis, libro eminentemente cristológico, la gracia y la salvación no eclipsan el enojo divino frente a la rebeldía de los hombres. Curiosamente la «ira» de Dios es «la ira del Cordero» (Ap. 6:16-17), la víctima propiciatoria que, mediante su sacrificio en la cruz expió los pecados del mundo y abrió así para cuantos confían en él y le sirven la vía de la reconciliación con Dios. Curioso: el Cordero, símbolo de mansedumbre, aparece en el Apocalipsis como agente principal de la ira de Dios, de acuerdo con el propósito eterno del Padre. ¡Y de qué modo! Al identificarse con los seres humanos, pecadores, asumía la culpa de ellos. Consecuentemente, la reacción divina de enojo ante el pecado había de recaer sobre él. Por un momento la comunión de Jesús con el Padre quedó interrumpida y completamente a solas sufrió «como azotado por Dios» (Is. 53:4). En aquella hora Jesús sufría el suplicio de una oscuridad infernal. De ahí su clamor angustioso: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27:46). A la hora de manifestar su indignación e intolerancia respecto al pecado con el que su Hijo había cargado, Dios no podía eximirlo de la pasión y muerte que hubo de padecer. Llegado el momento supremo en la obra de la redención, Dios «no escatimó ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Ro. 8:32). ¡Tan seria y tan sublime es la ira de Dios!

Lo que acabamos de considerar sobre el enojo de Dios a causa del pecado debe movernos a analizar nuestros propios sentimientos de ira. ¿Son justos? ¿Responden a un móvil santo? ¿Honran nuestra profesión de fe cristiana? O, por el contrario, ¿es nuestra ira un pecado, fruto de las debilidades de nuestro carácter? Habida cuenta de nuestra responsabilidad, haremos bien en recordar la reflexión del autor de Proverbios: «El que se deja arrebatar por la ira llevará el castigo, y si usa de violencias, añadirá nuevos males» (Pr. 19:19), a la par que aceptamos la exhortación del salmista: «Deja la ira y depón el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo» (Sal. 37:8), pues «el que tarde se aira es grande de entendimiento; mas el de genio pronto está lleno de necedad» (Pr. 14:29).

Sírvannos de resumen unas inspiradas frases del pastor presbiteriano Clarence E. Macartney: «La ira es uno de los pecados más comunes, y uno de los más peligrosos y dañinos para la paz y el bienestar del hombre. Mas que cualquier otro pecado, marchita la flor de la amistad, excluye a los hombres del Edén, destruye la paz y la concordia en el hogar, invita al crimen y a la violencia, y convierte el amor y el afecto en odio.»

José M. Martínez


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