Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Octubre 2006
Vida Cristiana y Teología
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¿Yo también santo?

La santidad no goza de sobrada simpatía en nuestros días. Algunos la consideran una cualidad especial propia de unos pocos que sobresalen por una insólita piedad, sin que el común de los cristianos ni siquiera la deseen. Sin embargo, renunciar a la santidad equivale a menospreciar la vocación con que Dios nos ha llamado. Ya en los tiempos remotos del Antiguo Testamento Dios ordenó a Moisés que convocara a todo el pueblo para transmitirle un mensaje de vital importancia: «Santos seréis, porque santo soy yo, Yahveh, vuestro Dios» (Lv. 19:2), frase sentenciosa seguida de un resumen práctico de la ética israelita (Lv. 19:3). En este resumen sentencioso salta a la vista que la santidad no era tanto una cuestión de ritos religiosos como una guía de conducta moral reguladora de las relaciones humanas (Lv. 19:3-37). En el Nuevo Testamento «santos» son todos los creyentes unidos a Cristo mediante una fe viva, es decir, todos los «santificados en Cristo Jesús, llamados santos» (Ro. 1:7; 1 Co. 1:2). El nombre de «santos» no es, pues, un calificativo reservado a cristianos supereminentes, una elite de creyentes distinguidos por sus virtudes extraordinarias y su consagración a Cristo. La santidad es inherente a la condición de redimido en Cristo, «según nos escogió en él para que fuésemos santos y sin mancha delante de él» (Ef. 1:4). Pablo añade que el gran propósito de Dios es que seamos «santos y sin mancha e irreprochables delante de él» (Col. 1:22). Y Pedro, en su primera carta, escribe: «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo» (1 P. 1:15).

Hasta tal punto se destaca la santidad en el Nuevo Testamento que viene a ser un elemento de identificación de todo verdadero cristiano. Quien tiene en poco vivir santamente tiene motivos para empezar a dudar de la autenticidad de su fe. Es muy solemne la exhortación de la carta a los Hebreos: «Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien para que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios» (Heb. 12:14-15). Miradlo «bien», con seriedad, sin caer en criterios y formas de cristianismo acomodadizos. No nos es concedida libertad para escoger el grado de piedad que mejor nos parezca. Menos podemos acomodarnos a una ética de permisividad, de manga ancha, en la que todo puede resultar aceptable. Al discípulo cristiano se le impone la renuncia a toda forma de autonomía moral; se ha de mantener siempre a la sombra de la cruz, atento a las palabras del Maestro, decidido a vivir en conformidad con ellas. Un cristiano light, sin compromiso, temeroso de que se le tilde de fanático o beato, suele asemejarse mucho a la sal que ha perdido su sabor peculiar; «no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres» (Mt. 5:13). Si invocamos a Cristo como SEÑOR, él -no nosotros- es quien ha de fijar los parámetros determinantes de nuestro modo de seguirle. La «gracia barata», a la que se refería el pastor alemán Bonhoeffer, acaba no siendo nada.

El concepto bíblico de santidad

Son muchos los textos de la Escritura que arrojan luz sobre el significado de la santidad cristiana; pero uno de ellos sintetiza magistralmente lo fundamental de la misma. Es el de Ro. 12:1-2: «Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»

Debe notarse atentamente el comienzo de este pasaje: Las palabras «por lo tanto» son un nexo de unión con todo lo que el apóstol ha enseñado en los capítulos precedentes de la carta (Ro. 1-11). Todo es una manifestación de las «misericordias de Dios»: la revelación del Evangelio, su rasgo de universalidad, la obra redentora de Cristo, la acción del Espíritu Santo, la liberación de la tiranía de la carne y la transformación del creyente a semejanza de su Salvador -con el que se ha identificado-, la seguridad de la salvación en el marco de la providencia, seguridad que Dios nos da en Cristo sin distinción de etnias, conforme a la elección divina. Todo ha sido planeado y realizado por el amor infinito de Dios. Esta gracia nos convierte en deudores. Si Dios tanto nos ha dado, es lógico que correspondamos a su bondad con nuestra gratitud, a su generosidad con nuestra consagración. Es lo que Pablo demanda de los creyentes con admirable delicadeza pastoral. No usa un tono de autoridad, como en su carta a los Gálatas. Se expresa en términos de apelación razonables, suaves, los más adecuados para que su ruego tenga efecto positivo: «Os ruego por las misericordias de Dios...»

El meollo de la conducta santa

«...que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto.» En el culto israelita el holocausto era el sacrificio más gráfico cuando se quería expresar la plena dedicación del oferente a Dios. La víctima era totalmente consumida por el fuego. Y aquí Pablo resalta el contraste entre el holocausto (animal muerto) y el «sacrificio vivo» del creyente que se consagra plenamente a Dios para vivir conforme a su voluntad. Esa es la mejor manera de adorarle.

La presentación del cuerpo se refiere a la totalidad del mismo y a cada una de sus partes. El cuerpo en su conjunto debe ser considerado con mente abierta a la sensibilidad cristiana. La concepción cristiana del cuerpo dista mucho de la filosofía griega, que veía en él una abominable cárcel del alma. En sí el cuerpo no es ni bueno ni malo. Su naturaleza moral depende del uso que de él se haga. Antes de la conversión, los miembros del cuerpo eran «instrumentos de iniquidad» (Ro. 6:13), de impureza y desorden (Ro. 6:19); pero la conversión lo transforma todo. Los mismos miembros que habían estado al servicio del pecado se convierten en «instrumentos de justicia» (Ro. 6:13). «Ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por fruto la santificación, y por fin la vida eterna» (Ro. 6:22). La boca que en otro tiempo se había abierto para injuriar a Dios y para difamar o engañar, ahora se abre para alabarle y proclamar la salvación en Cristo; las manos que habían ejecutado numerosas acciones malas abundan en «buenas obras que de antemano dispuso Dios que las practicáramos» (Ef. 2:10); los pies que habían corrido para unirse a los impíos en sus caminos de maldad, ahora se dirigen a la casa de Dios y al encuentro de la persona necesitada de consuelo y ayuda. El «yo», que en el pasado había sido centro de la vida se ha rendido al señorío de Cristo. Pero no sólo los miembros en su particularidad deben ser santificados. La totalidad del cuerpo, como unidad indivisible, ha de ser una ofrenda presentada a Dios diariamente.

Ese modo de entender la ofrenda corporal a Dios es de especial importancia en un mundo en el que frecuentemente se ensalza el culto al cuerpo. ¿Qué vemos en el espejo ante el que pasamos ratos prolongados? Por lo general, un Narciso enamorado de sí mismo que busca enamorar a otros. ¿En qué se inspiran, si no, las modas en el vestir con sus peculiaridades de provocación sexual? No debe olvidarse que es el cuerpo el campo en que se libran duros combates contra «el demonio, el mundo y la carne». No es extraño que en muchos periodos de la historia de la Iglesia se haya visto el cuerpo como encarnación del mal. ¡Error injustificable!. La abominación del cuerpo como algo intrínsecamente malo tiene sus raíces en antiguas filosofías de los primeros siglos. Pero el cuerpo en sí carece de identidad moral. El cuerpo del primer hombre fue obra de Dios, «y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno en gran manera» (Gn. 1:31). Y del cuerpo del creyente en Cristo se nos dice que es «templo del Espíritu Santo» (1 Co. 3:16, 1 Co. 6:15). Pero ese templo puede ser profanado, y lo es siempre que hacemos de él un instrumento de pecado. Pero tal profanación está vedada a quienes han pasado de las tinieblas a la luz, de la inmundicia a la pureza, del desvarío a la sensatez, de la muerte espiritual a una vida nueva. Pablo se regocija por el cambio operado en los creyentes: «Gracias a Dios que, aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia» (Ro. 6:17-18).

Esa liberación es la clave de la santificación. Dios espera que ésta sea la experiencia de todo hijo suyo. Ello es signo de la verdadera identidad cristiana. No es, pues, algo que podemos aceptar o soslayar según nuestro humano criterio. No lo olvidemos: «Sed santos, porque yo soy santo».

¿Qué forma de cristianismo viviremos?

Pablo amplía su pensamiento cuando dice: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Ro. 12:2). El verbo «con-formar-se» aquí significa adoptar la forma -el modo de ser- del mundo, como si éste fuese un molde. Lo que Pablo quiso decir es: «No adoptéis las ideas, los criterios, los valores, las prácticas, del mundo». La razón de esa abstención es que el mundo equivale al «presente siglo malo», dominado por «el dios de este siglo» (Gá. 1:4, 2 Co. 4:4). En el mundo occidental, pero también en otros lugares, de manera abierta o solapada, el mundo vive en oposición a Dios. Los valores morales y religiosos se subestiman o se diluyen en un laicismo inoperante. Están en auge el materialismo, el hedonismo, el placer de las drogas, la obsesión sexual. Y todo agravado por la arrolladora influencia de los medios de comunicación. Multitud de personas quedan atrapadas en el «molde» de esa situación y reproducen en sus ideas y en su modo de vivir -y aun de vestir- lo que ven en los «famosos» de turno. Resultado: una vida vacía, intrascendente, amargamente insatisfactoria. Caer en los moldes del mundo es reconocer una pérdida de la propia identidad, de la capacidad para discernir y decidir. El cristiano debe evitar a toda costa ese empobrecimiento de la propia personalidad.

Por el contrario, ha de tomarse en serio la segunda parte de la exhortación de Pablo: «..., sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». El verbo que usa aquí el apóstol es «metamorfo», del cual se deriva la palabra «metamorfosis». Ello nos hace pensar en una transformación profunda, total. No podemos darnos por satisfechos con un cambio parcial (abandono de ciertas prácticas impropias de un cristiano, asunción de algunas prácticas piadosas, etc.). Se trata de hacer de Cristo nuestro molde moral y espiritual a fin de que su imagen se reproduzca fielmente en nosotros. Así lo entendía Pablo al escribir otro de sus textos:

«Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Co. 3:18).

¿Yo también?

Si soy cristiano coherente, ¡por supuesto!

José M. Martínez


Copyright © 2006 - José M. Martínez

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