Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Febrero 2007
Psicología y Pastoral
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Aceptando los «aguijones» de la vida (III)

3.- Aprender a vivir diferente

«Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado...»

En un viaje a la isla de Menorca descubrí una realidad muy ilustrativa de lo que es la reacción ante el aguijón. Paseando por la playa en un paraje protegido, observé cómo la vegetación, tanto arbustos como árboles, estaba fuertemente inclinada. El recio viento del norte que caracteriza esta parte de la isla ha moldeado un paisaje realmente curioso y altamente simbólico. Era espectacular contemplar los gruesos troncos de los pinos doblados como si de un juguete de goma se tratara. ¿Por qué hay árboles que se parten cuando sopla el huracán y otros, por el contrario, se adaptan a la fuerza agresora del viento inclinándose? La respuesta es importante porque ahí radica su capacidad de sobrevivir. La palabra clave es flexibilidad. Cuanto más rígido sea un árbol -lo mismo que un objeto- tantas más posibilidades de quebrarse bajo el efecto de una presión o un impacto fuertes. Por el contrario, cuanta más flexibilidad o elasticidad, tanto más se adapta a la presión agresora sin romperse.

Ante el trauma del aguijón, las personas somos como los árboles: tenemos una capacidad de adaptación que nos permite resistir y reorganizar la vida después del impacto de la experiencia traumática. A esta capacidad elástica se la conoce hoy con el nombre de resiliencia. Podríamos definir la resiliencia como la facultad de recuperarse después del trauma. El término se emplea en dos grandes áreas: en la metalurgia se aplica a la capacidad de un material de recuperar sus condiciones iniciales después de haber sufrido un golpe fuerte. De manera parecida, en física alude a la resistencia de los materiales a la presión y la recuperación de su estructura. El psiquiatra y etólogo francés Boris Cyrulnik ha sido el pionero en introducir esta idea en el campo de la psicología y aplicarla, en especial, a los niños víctimas de grandes traumas infantiles (por ejemplo, haber sobrevivido a los campos de concentración nazis). Cyrulnik nos viene a decir que una infancia infeliz no determina la vida. Sus conceptos nos sirven también para los adultos, en especial su énfasis en el amor como fuerza terapéutica suprema.

Una persona resiliente viene a ser como los árboles de Menorca: ante el embate del viento, se adapta. Instrumentos clave para ello son la reorganización y la adaptación. Veamos ahora de qué maneras prácticas puede reorganizarse la persona afligida por el aguijón.

La práctica de la adaptación. El ejemplo de Pablo.

Volvamos ahora a la experiencia de Pablo. En el pasaje de Filipenses 4, nuestra referencia en todo el tema del contentamiento, el apóstol menciona situaciones concretas que ha tenido que aprender: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado» (Fil. 4:12). Aunque Pablo aquí alude sobre todo a su situación material, sabemos que su vida constituye un excelente ejemplo de adaptación a uno o varios aguijones. Veamos con detalle tres aspectos que Pablo tuvo que aprender y que son elementos clave en toda adaptación al aguijón:

Disposición a cambiar. El cambio es parte integral de la vida. De hecho, nuestra supervivencia como raza depende en gran medida de la capacidad de cambiar para adaptarnos a las circunstancias nuevas. Sin embargo, a la mayoría de personas los cambios nos producen ansiedad porque nos abocan a situaciones desconocidas. Es la llamada ansiedad de abordaje o de inicio, fenómeno que en mayor o menor medida nos afecta a todos y que es normal. ¿Qué puede ayudarnos a asimilar los cambios que todo aguijón conlleva? El primer requisito es la flexibilidad como ya apuntábamos antes. Ser flexible es esencial para aprender a convivir con la nueva situación porque disminuye el estrés del cambio y nos permite, así, luchar mejor. Por el contrario, su opuesto que es la rigidez nos lleva a quedar anclados en el pasado añorando «lo que antes era o tenía» y lamentando, como el poeta español, «que cualquier tiempo pasado fue mejor». Una persona rígida no sabe adaptarse al presente, teme al futuro y se refugia en el pasado. Esta actitud es un gran obstáculo para la adaptación.

El apóstol Pablo fue un verdadero maestro de la flexibilidad y la disposición a adaptarse –contentarse- a nuevas situaciones. Su dramática conversión supuso un cambio tan radical que afectó hasta lo más profundo de su identidad, simbolizado en un nombre nuevo. Saulo, el perseguidor, pasó a ser Pablo el perseguido; de una posición social respetable, pasó a ser un paria para sus ex colegas fariseos; de tener autoridad, pasó a sufrir azotes y cárcel. En un memorable pasaje Pablo nos abre su corazón para compartir con detalle algunos de estos cambios tan significativos (Fil. 3:4-8). De igual manera en 2ª Corintios nos da algunas pinceladas de su estado emocional: «como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo» (2 Co. 6:9-10). ¡Formidables paradojas que nos describen con gran fuerza la profundidad del contentamiento! Es el contraste entre la apariencia -como... como...-, y la realidad profunda.

Aprender "idiomas" nuevos. El segundo instrumento imprescindible para adaptarnos es el aprender nuevas habilidades, formas de vida que disminuyan el impacto del aguijón. Viene a ser algo así como aprender idiomas distintos que nunca antes habíamos hablado. A veces este aprendizaje es literal, como el invidente que debe aprender el braille. Otras veces es un aprendizaje manual, técnico: el discapacitado que debe aprender a andar de nuevo en su silla de ruedas. En ocasiones se trata de una forma de relación nueva, distinta a las anteriores, como los padres que han de aprender a comunicarse con un hijo afecto de una minusvalía mental. La lista de ejemplos podría ser muy larga. Prácticamente no hay aguijón que no requiera un lenguaje nuevo.

Característica común al aprendizaje –adaptación- de todos estos idiomas es que nos hacen sentir como niños otra vez. Hay que aprender a andar, a hablar, a leer o a relacionarse de formas que nunca antes habíamos hecho. Por ello el requisito fundamental aquí es doble: humildad y perseverancia. Al principio, el obstáculo parece insalvable. Es normal. También el niño que da sus primeros pasos caerá una y diez veces antes de coger la soltura suficiente para andar con seguridad. El adulto que empieza a hablar un idioma extranjero se siente tan limitado en su vocabulario como un niño que balbucea sus primeras palabras. No importa que te sientas así, como de vuelta a la infancia. Pronto descubrirás que aquello que te parecía un problema se ha convertido en una oportunidad que te enriquece y te abre unas perspectivas de crecimiento personal insospechadas.

La adaptación a la pérdida de autonomía. Una de las consecuencias más molestas de muchos aguijones es el no poder valerse por uno mismo. Tener que depender de los demás es, probablemente, la experiencia más dura en todo el proceso. La autonomía personal es un bien precioso del que no somos muy conscientes hasta que lo perdemos. Los ancianos conocen muy bien este sentimiento. Es necesario aprender a pedir ayuda. ¿Acaso para pedir ayuda hay que aprender? Sí, sin duda, cuando esta petición nace de la persona impotente que quiere pero no puede. Está claro que el aguijón genera un grado de incapacidad que nos obliga a depender de otros. No hay por qué avergonzarse ni sentirse humillado por tener que pedir ayuda cuando se necesita. En el fondo, esta es la esencia misma del Evangelio: «este pobre clamó y le oyó Dios» (Sal. 34:6).

El requisito esencial aquí es la confianza. En la lucha contra el aguijón, tan importante como aprender a confiar en ti mismo, es saber confiar en los demás. Por supuesto que no nos referimos a confiar en cualquier persona o en todo el mundo. Se trata más bien de establecer vínculos especiales, sólidos, con unas pocas personas muy significativas. Éstas llegarán a ser como una extensión de ti mismo en una relación que puede ser preciosa. En realidad, la fuerza misteriosa de este vínculo es bilateral. También los cuidadores llegan a establecer esta confianza intensa. Nunca olvidaré el impacto que me produjo la relación que unos padres, amigos míos, tenían con su hijo afecto de parálisis cerebral infantil en grado profundo. ¡Qué comunicación más inefable, cuánto afecto había contenido en aquellos besos, en las caricias suaves en cada palabra que el niño parecía no entender con la cabeza, pero sí con el corazón!

La relación de David con Jonatán es un ejemplo de este prinicipio. En su larga lucha contra el aguijón que significaba la persecución a muerte de Saul, David establece con Jonatán, su amigo del alma, un vínculo de confianza tan fuerte que llega a decir en aquella hermosa elegía (canción) póstuma: «Más dulce me fue tu amor que el de las mujeres». Y en otro texto leemos: «...el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo» (1 S. 18:1-3). Humanamente la vida de David dependió en muchas ocasiones de la ayuda y la información de Jonatán. Fue la clave que le permitió huir –adaptarse- durante tantos años de desierto absurdo. Sí, esta es la forma de actuar de Dios; Él raramente nos deja solos ante el aguijón. Dios suele proveer de un Jonatán que nos ayuda decisivamente en nuestra lucha. ¡Qué gran privilegio!

Pablo también tuvo que aprender este aspecto. Unas veces era por su dolencia en los ojos que le hacía depender de otras personas a la hora de escribir, tal como se nos relata en Gá. 6:11. Otras veces por sus experiencias de encarcelamiento, la expresión máxima de pérdida de autonomía y de libertad, como cuando escribe esta carta a los filipenses desde la cárcel de Roma. Ello le hizo dependiente de algunos colaboradores escogidos, personas de su confianza como Timoteo y Epafrodito entre otros, con los que llegó a tener este tipo de relación tan singular que antes hemos descrito. Es admirable comprobar los sentimientos de Pablo hacia Epafrodito en el pasaje de Fil. 2:25-30. Intenta descubrir quiénes son tu Jonatán o tu Epafrodito en tu lucha contra el aguijón. Ésta es una de las experiencias más enriquecedoras de una vida.

Alguien podría objetar que las aflicciones en la vida del apóstol fueron algo voluntario, fruto de una decisión -la conversión- que él tomo libremente, mientras que los aguijones de la vida, por lo general, nos vienen sin buscarlos ni desearlos. ¿Qué diremos a ello? Si, es cierto que algunos -no todos- de los aguijones de Pablo fueron consecuencia directa de su obediencia a Cristo. El «discípulo no es mayor que su señor» y, por ello, la vida cristiana está llena de experiencias duras que uno se habría ahorrado de no haber optado por el camino "estrecho". Como alguien ha dicho, la salvación es gratuita, pero en el discipulado no hay rebajas. Ello nos introduce en un tema fecundo: el aguijón por causa del nombre de Cristo, los sufrimientos y la persecución a causa de la fe. Por ello debemos concluir esta serie de tres artículos con el ejemplo de Jesús quien sufrió el mayor aguijón precisamente por su obediencia al Padre.

Cristo, modelo supremo de aceptación ante el mayor aguijón.

Hasta ahora hemos considerado la experiencia del apóstol Pablo. Hay, sin embargo, otro ejemplo que para nosotros constituye el modelo supremo de aceptación: Cristo ante el aguijón del pecado y de la muerte en la cruz. ¿Puede haber una experiencia más traumática tanto física como moralmente? En la cruz, Cristo experimentó una de las muertes más sádicas desde el punto de vista físico(1) y, sobre todo, la mayor injusticia y el mayor dolor moral que jamás hombre alguno haya sufrido. No debe ser casualidad que una de las escasas ocasiones en que aparece la palabra aguijón en el NT. se refiera precisamente a la muerte y al pecado (1 Co. 15:55-56). Cristo tenía que pasar por el mayor de los aguijones –experimentar la muerte y el peso del pecado- precisamente para librarnos a nosotros de su veneno mortal.

Nuestras experiencias de dolor pueden ser muy duras y difíciles de sobrellevar, pero quedan relativizadas ante el aguijón por excelencia que fue la cruz. Ningún aguijón humano puede ser mayor que éste: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él y por su llaga fuimos nosotros curados». Este vívido pasaje profético de Is. 53 nos presenta a Jesús como un experto en el sufrimiento, "doctorado en aguijones": «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebrantos...» (Is. 53:3). Todo ello porque Dios «cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6). Una lectura detenida de este capítulo nos ofrece una impresionante descripción del sufrimiento por amor. Es ahí donde empezamos a vislumbrar los poderosos rayos de luz que el Evangelio arroja sobre el misterio del sufrimiento injusto. Personalmente se me hace difícil leer este pasaje sin emocionarme.

En aquella noche oscura de angustia, vemos al Señor en Getsemaní ante el aguijón de su muerte atroz siguiendo los mismos pasos que hemos visto en el apóstol Pablo:

  • «Padre, si es posible, pase esta copa de mí». Lucha por eliminar el aguijón. Como hombre, Jesús tiene la misma reacción que cualquiera de nosotros: procura evitar aquel trauma, busca cambiar las cosas. Es la fase legítima y natural de lucha.
  • «Con gran clamor y lágrimas». Oración ferviente al Padre. El autor de hebreos nos describe con gran realismo, casi de forma cruda, la intensidad emocional de la lucha en oración de Jesús con el Padre: «Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.». (Heb. 5:7). Por el relato de los Evangelios sabemos que «se angustió en gran manera» y «estando en agonía oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lc. 22:44). Y en Mateo se lee: «mi alma está muy triste hasta la muerte» (Mt. 26:38).
  • «Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya». Una disposición plena a la obediencia: «pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mt. 26:39). El sometimiento de Cristo a la voluntad del Padre era completo, ya desde el comienzo mismo de su vida en la tierra. El cántico de Filipenses 2 nos lo describe con estas palabras: «...se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil. 2:8).

La lucha por cambiar las cosas y la oración ferviente al respecto siempre deben venir enmarcadas por la sumisión a la voluntad de Dios, aunque nos parezca misteriosa y oscura. A primera vista nos sorprende la afirmación de que Jesús «fue oído a causa de su temor reverente» (Heb. 5:7). ¿En qué sentido fue oído? Dios no le libró de la muerte. Cristo tuvo que pasar por el trago amargo de la cruz. Desde nuestra perspectiva humana, ser oído por el Padre debería implicar una respuesta afirmativa a su petición, es decir librarle de la copa de la muerte. Pero sabemos que esto no fue así. Dios le oyó en el sentido de que envió un ángel del cielo para fortalecerle. Es muy evidente en el texto de Lucas la relación causa efecto entre la petición de Jesús «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa» (Lc. 22:42) y la respuesta inmediata del Padre: «Se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle» (Lc. 22:43). Gran lección para nosotros: Dios no siempre nos va a librar del aguijón, pero siempre nos dará los recursos necesarios para luchar contra él.

Concluimos. Cristo sufrió y superó de forma admirable el más grande aguijón. Por ello «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades» (Heb. 4:15). Cristo nos ayuda en nuestros aguijones de dos grandes maneras: por un lado, porque nos da un ejemplo supremo, es nuestro modelo a seguir. Pero también, y sobre todo, porque su gracia sobrenatural nos fortalece en nuestra debilidad. Cristo, a diferencia de un gran maestro humano, como podría ser Gandhi, nos proporciona la fuerza que nos hace exclamar con Pablo «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Dependemos de Cristo porque su gracia se hace perfecta en nuestra debilidad.

Pablo Martínez Vila

Notas

(1) La muerte de un crucificado era lenta, duraba hasta 18-20 horas, y se consideraba la forma más atroz de ejecución en el Imperio Romano. volver

Julio/Agosto 2006: Aceptando los «aguijones» de la vida (I)
Noviembre 2006: Aceptando los «aguijones» de la vida (II)


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