Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Diciembre 2007
Navidad
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Desfile de Navidad

El curso implacable del tiempo nos sitúa una vez más ante el magno acontecimiento del nacimiento de Jesús. ¿Qué decir sobre el mismo que no se haya dicho ya? Renunciando a todo intento de originalidad por nuestra parte, nos limitamos a convocar a seis personajes, los más destacados por su protagonismo en la encarnación del Hijo de Dios. Los situaremos imaginariamente en un escenario virtual. Con tal carácter vendrán a ser representantes de todo el pueblo cristiano en una marcha todavía inacabada. En él estamos llamados a participar nosotros hoy, haciendo nuestra la bendición que entraña el advenimiento de Cristo al mundo. Las seis figuras bíblicas que «desfilan» en los primeros capítulos de los Evangelios de Mateo y Lucas, en experiencia singular, destacan la gloria incomparable del Hijo de Dios que asume naturaleza humana. Y cada uno de ellos muestra una faceta radiante de la experiencia cristiana.

Zacarías: El sacerdote-profeta anunciador de la salvación mesiánica (Lc. 1:67-79)

El sacerdote Zacarías había sido favorecido con el anuncio milagroso de su hijo Juan (el Bautista), quien sería precursor del Mesías. Por revelación divina, entiende que el nacimiento de tal Mesías es el de un poderoso Salvador (Lc. 1:69). Este acontecimiento es el cumplimiento de lo prometido por Dios a los «padres» del antiguo Israel y oconfirmado mediante pacto (Lc. 1:72-74). La salvación que el Ungido divino traería al mundo no se limitaría a una liberación física de inveterados enemigos (Lc. 1:74). Lo más glorioso sería que «librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días». ¡Todo un sistema de vida acorde con los principios del Reino de Dios!

Y Zacarías resume su mensaje profético con palabras dignas de ser inscritas en una pancarta altamente significativa. El Cristo de Dios viene «para que brille su luz sobre los que están en tinieblas y en sombra de muerte». Zacarías explica lo esencial de su mensaje con palabas que revelan el contenido de la salvación: el perdón de los pecados (Lc. 1:77), «la santidad de vida y rectitud de conducta» (Lc. 1:75), luz para los que están en tinieblas. Y para nuestros pies, guía que nos conduzca por camino de paz» (Lc. 1:79).

Con razón el ángel declaró a los pastores de Belén: «Os doy noticias de gran gozo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, Cristo el Señor» (Lc. 2:11). ¿Podía haber motivo más justificado para regocijarse?

José, hijo de David: La fe supera a la razón (Mt. 1:18-25)

Para José no había lugar a dudas. La doncella con la que estaba desposado (María) había concebido y esperaba el nacimiento de un hijo. ¡Mayúsculo problema! La única explicación razonable era que María había tenido una relación ilícita con otro hombre. José, que respetaba y amaba a la virgen de Nazaret, no queriendo denunciarla -esta decisión la habría expuesto a muerte por lapidación-, «resolvió dejarla secretamente» (Mt. 1:19). Según toda lógica, no había disyuntiva a la decisión de José. Podemos imaginarnos la perplejidad, la angustia agónica de aquel justo varón. Pero Dios estaba obrando de modo sobrenatural: la concepción del niño alojado en el seno de María era fruto del Espíritu Santo (Mt. 1:20).

La experiencia de José nos enseña que la razón humana tiene unos límites. Quien no tiene límites es Dios, infinito en recursos para cumplir sus propósitos, lo entiendan los hombres o no.

María: «He aquí la sierva del Señor» (Lc. 1:38)

El incomparable cántico conocido como el Magnificat de María es una expresión de fe, gozo y sumisión a los propósitos divinos. Cuando el ángel acaba de afirmar que «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc. 1:37), María declara: «He aquí la sierva del Señor: hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lc. 1:38), frase que se completa con el texto del cántico: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador» (Lc. 1:47). El cántico es también una exaltación de la gracia soberana de Dios. Se ve María como un ser débil, insignificante, comparable en su condición a una esclava sobre la cual ha puesto Dios sus ojos con complacencia. (Lc. 1:48). El Dios que en su justicia «deshizo los planes de los orgullosos y derribó a los reyes de sus tronos» es «el que puso en alto a los humildes» (Lc. 1:51-53). María agradece lo que Dios le está concediendo, y se siente feliz; así lo expresa: «pues he aquí que desde ahora me tendrán por dichosa todas las generaciones» (Lc. 1:48). A sus propios ojos era muy poca cosa; pero se le concede el gran privilegio de ser la madre del Hijo de Dios.

En el Reino de Dios, todo lo concerniente a ensalzamiento por obra del Altísimo viene precedido del anonadamiento de quienes han de ser sus siervos. El que se ensalza a sí mismo carece de sabiduría espiritual; sólo el humilde es honrado por el Señor y encumbrado al privilegio insuperable de estar a su servicio. Esto con frecuencia implica renovada entrega y doloroso sacrificio, pero también entra en el plan divino. A María le fue dicho: «Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan y muchos se levanten. Será un signo de contradicción (...). Todo esto va a ser para ti como una espada que te atraviese el alma» (Lc. 2:34-35). La crucifixión del amadísismo Hijo revelaría lo acertado de aquella espada.

¡Cuántas lecciones admirables nos enseña María! Si queremos ser co-participes de su dicha, hemos de pagar el precio: humildad, fe, amor, abnegación, entrega; cueste lo que cueste.

Los pastores de Belén: Testigos maravillados de lo visto y oído (Lc. 2:8-20)

Plácidamente aquella noche habían estado guardando sus rebaños en las cercanías de Belén cuando súbitamente hizo su aparición el ángel del Señor que les comunicó el gran acontecimiento: el Salvador acababa de nacer. También habían visto la multitud de ángeles que habían alabado a Dios con la exclamacción que resonaría en el mundo entero a lo largo de los siglos: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!». Maravillados por la experiencia que acababan de vivir, deciden sin titubeos ir a Belén para comprobar la veracidad de lo que habían visto y oído los pastores. Éstos «regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc. 2:20). A partir de aquel momento, los pastores se convirtieron en testigos del «Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre» (Jn. 1:14).

Si algo necesita hoy la Iglesia cristiana es la presencia de testigos de Cristo. No tanto testigos de nuestras experiencias como de la obra que Cristo realizó para nuestra salvación. Infinitamente más importante que lo experimentado por los salvados es lo que hizo y dijo el Salvador.

La profetisa Ana: Evangelista infatigable (Lc. 2:36-38)

Es uno de los testigos a los que hemos aludido. El texto bíblico no nos da muchos detalles de lo que hizo, pero hay en ella facetas de su vida realmente aleccionadoras. Mujer viuda hondamente piadosa, a sus 84 años es un ejemplo admirable de perseverancia: «Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones» (Lc. 2:37). Ejemplo admirable.

No es difícil ver creyentes que en tiempos pasados de su vida cristiana fueron ejemplo notable de celo, dedicación, servicio abnegado, entusiasmo santo; pero con el paso de los años, quizás a causa de desengaños, de dudas no superadas o simplemente de fatiga física, han ido decayendo. Dichoso el creyente que, con Pablo, puede decir: «Nuestro hombre exterior se va desgastando, pero el interior se renueva de día en día» (2 Co. 4:16).

Sin duda, el momento más luminoso en la vida de Ana es el vivido en el templo con motivo de la presentación del hijo de María, momento en que comenzo a dar gracias a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc. 2:38).

Hoy la celebración de la Navidad es una excelente ocasión para que todos los creyentes testifiquemos de Cristo dando a conocer su naturaleza divino-humana, su carácter, sus palabras pletóricas de sabiduría divina, sus obras de poder y bondad, su muerte expiatoria en la cruz para limpiarnos de todo pecado, su resurrección gloriosa, fundamento de nuestra esperanza eterna. Nadie a nuestro alrededor debería ignorar el significado de la Navidad. Todo ser humano debería enfrentarse seriamente con Jesucristo, con lo que Cristo ofrece y lo que demanda. En la decisión de seguirle radica la suprema dignificación de toda persona.

Simeón: El varón justo y devoto (Lc. 2:25-35)

Poco se sabe de este hombre aparte de lo que se indica en el texto de Lucas; pero la parvedad biográfica respecto a él en nada empaña su lustre espiritual. Tres son los rasgos principales que lo caracterizan: a) Era justo y piadoso, es decir, recto en su conducta ante los hombres y fervoroso en su relación con Dios. b) El Espíritu Santo estaba sobre él de modo especial. c) Vivía en la esperanza mesiánica que animaba a los fieles de Israel. Fue por particular revelación del Espíiritu Santo que Simeón tuvo conocimiento de su privilegio: «no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc. 2:26). El anciano tiene la certidumbre de que ese momento precioso ha llegado. Por eso, cuando el niño en brazos de su madre es introducido en el templo para cumplir lo preceptuado en la ley mosaica, el anciano, con ternura y emoción inefable toma en sus brazos al niño para invocar sobre él la bendición divina. Este acontecimiento le inspira uno de los cánticos más bellos que se hallan en la Biblia. Conocido con el título de Nunc dimitis, está cargado de lirismo y emotividad: Simeón ha estado esperando la llegada del Mesías. Ahora el Mesías está ahí. Simeón ya puede morir en paz. Sus ojos han visto la salvación que Dios ha empezado a realizar (Lc. 2:29-32).

¡Dichoso el creyente que persevera hasta el fin en su fe y en su dedicación a Cristo! ¿Qué más bello que una vida consagrada al Salvador y una partida de este mundo «en paz»?

Reflexión final

Por la calzada de la revelación bíblica (el testimonio de dos evangelistas) hemos visto el «desfile de Navidad», es decir, la participación de hombres y mujeres temerosos de Dios que dejaron su huella de fe. A ellos debemos unirnos incorporándonos al «desfile» con gratitud y gozo en el corazón, un cántico en los labios y rectitud en nuestra conducta, proclamando la buena nueva de salvación a cuantos de algún modo estén cerca de nosotros, anunciando que «en el cumplimiento del tiempo Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para que redimiese a los que están bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gá. 4:4-5).

Con esa disposición de ánimo, en nuestra celebración de la Navidad, digamos a los primeros protagonistas del desfile: «Con la ayuda de Dios, seguiremos con firmeza vuestras pisadas, camino marcado por vuestras huellas».

Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra paz.

José M. Martínez


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