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Febrero 2008
Vida Cristiana y Teología
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¿Quién soy yo...?

Esta fue la pregunta que un día se hizo David (1 Cr. 17:16). Revelaba mucho más de lo que a primera vista podía parecer. No era un simple reconocimiento de pequeñez o indignidad ante la grandeza de la gracia de Dios -que lo era-. En el fondo entraña un enfrentamiento con la propia identidad de cada ser humano.

En el fondo, cuando se ahonda en la cuestión con seriedad, difícilmente puede evitarse un estremecimiento interior, pues la pregunta en cuestión lleva aparejada otra no menos inquietante: Al «Quién soy yo» sigue el «qué soy yo». Llegados a este punto, las preguntas se multiplican: ¿Soy un simple átomo flotando en la inmensidad del universo o soy un ser diseñado por un Creador maravilloso? ¿Soy fruto de un azar ciego o de un propósito divino, sabio y bondadoso? ¿Soy un creyente fervoroso o un agnóstico enredado en un ovillo de dudas? ¿o soy ambas cosas alternativamente? Las reflexiones van sucediéndose y las conclusiones pueden variar según prevalezcan la fe o la incertidumbre.

Viene a mi mente un poema del pastor alemán Dietrich Bonhoeffer escrito en la cárcel poco tiempo antes de ser ejecutado en 1945 por su testimonio de cristiano comprometido. El título de dicho poema es precisamente el mismo que encabeza erste artículo:

¿Quién soy yo? me preguntan con frecuencia
(...) ¿Soy realmente lo que otros hombres dicen de mí
o soy solamente lo que yo mismo de mí conozco?
¿Quién soy yo? ¿éste o el otro?
¿Soy una persona hoy y otra mañana?
¿Soy ambas a un tiempo, un hipócrita ante otros
y ante mí mismo un cobarde despreciable?
¿O es que aún hay algo en mí comparable a un ejército derrotado
que, desordenado, huye de la victoria ya alcanzada?
¿Quién soy yo? Se burlan de mí estas solitarias preguntas mías.
Pero, quienquiera que sea, tú sabes, oh Dios, que soy tuyo.

Podrían multiplicarse esas disquisiciones y otras parecidas; pero importa poco lo que yo, u otros como yo, piense de mí. Lo importante es lo que piensa Dios. Como el salmista sé que Dios me ha examinado y conocido aun en lo más recóndito de mi ser y en lo más escondido de mi conducta (Sal. 139:1-2). Esta realidad tiene mucho de inquietante, pues veo cuánto hay en mí que le ofende. Pese a todo, él me ama hasta el punto de entregar a su Hijo a la muerte para expiar mis pecados y así asegurar mi salvación. Ahora ¿qué soy yo? Un hijo suyo, heredero de una gloria eterna.

Si me examino a la luz de mi pensamiento y de mis sentimientos, descubro mucho que es reprochable. Puedo hacer mía la confesión del cisterciense Guillermo de Teodorico: «Me miro, me discierno, me juzgo, y me convierto en una laboriosa y tediosa cuestión para mí mismo». Pero todo cambia cuando me examino como Dios me ve: a través de su Hijo amado y de sus méritos infinitos. Entonces descubro no sólo que soy un hijo amado de Dios, sino que él me ve «santo, santificado en Cristo» (1 Co. 1:2) que quiere guardarme y usarme para su gloria en su obra de extensión del Evangelio.

¿Quién y qué soy yo? - Un hijo de Dios rescatado del pecado y la condenación para servirle en la expansión de su Reino. No puede haber mayor privilegio. Ni mayor bendición.

¡Gracias, Señor, por hacer de mí lo que realmente soy!

José M. Martínez


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