Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Febrero 2010
Psicología y Pastoral
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Ser antes que hacer (I)

Buscando las prioridades de la vida

«Hizo de su vida el mejor de sus libros»

Esta frase, que alguien dijo del filósofo judío cristiano Emmanuel Levinas cuando murió, me causó un notable impacto. Pensaba en mi propia vida. ¿Puede haber mejor resumen y elogio? Me hizo reflexionar sobre un principio bíblico muy importante para el creyente: lo más importante en esta vida no es hacer, sino ser.

Sí, el ser antecede al hacer. Para Dios es más importante el cómo somos que lo que hacemos. El hacer tiene su valor, pero siempre que sea resultado de un corazón –un ser– limpio. Esta idea queda clara en las palabras de Dios a Samuel cuando escogió a David para ser rey: ¿Cuál fue la instrucción básica que le dio al profeta? «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... porque Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón» (1 S. 16:7). ¿Qué era lo fundamental a la hora de buscar al hombre idóneo para dirigir al pueblo? La respuesta no deja lugar a dudas: «no mires... mira...». Para Dios había algo que evitar y algo que buscar: evitar lo externo, lo aparente porque es secundario, buscar lo que hay dentro, el corazón, el ser, porque desde siempre «Dios escudriña la mente y el corazón» (Jer. 11:20).

A simple vista parece que todos coincidimos, tanto creyentes como no creyentes, en este principio: la valía de un ser humano no depende tanto del hacer como del ser. El escritor Oscar Wilde, por ejemplo, dijo: «La obra de uno es uno mismo». Pero, ¿estamos hablando de lo mismo? Cuáles son las ideas del mundo al hablar del ser. Ser, ¿qué? Al ponerle «nombre y apellido» es donde las posturas divergen profundamente y necesitamos entender lo que piensa la sociedad de nuestros días sobre este tema porque se aleja claramente de la enseñanza bíblica.

Caminos sin salida: las opciones seculares

Estas opciones se le presentan al creyente como caminos atractivos de entrada, pero que, en último término, no llevan a ninguna parte más que a la frustración, al sentido de absurdidad tan bien descrito en el libro del Eclesiastés. Por ello los llamamos caminos vacíos, sin salida. El peligro radica en su atractivo inicial que seduce. Seducen porque halagan al ego con unas propuestas de autorrealización y de libertad que deslumbran al corazón humano, ávido de gloria y de autosuficiencia. En este sentido son tentaciones que nos pueden extraviar del buen camino, del auténtico sentido bíblico del ser.

No olvidemos cómo entró el pecado en el mundo; la promesa fue «seréis como Dios» (Gn. 3:5). El diablo apela precisamente a la tentación del «llegar a ser» para seducir –engañar– a Adán y Eva. No estamos por tanto ante un tema trivial, sino -nada más y nada menos– que ante la misma tentación por la que entró el pecado en la tierra. Así pues, cuidado con las ofertas del ser que provienen del mundo porque son instrumento favorito del maligno para apartar al hombre de su Creador, para extraviar al creyente y a la Iglesia del propósito esencial del Evangelio: la opción de «ser nuevas criaturas en Cristo» (2 Co. 5:17), como consideraremos en la última parte de esta serie.

¿Cuáles son estos caminos seductores que ofrece la sociedad hoy? Hemos escogido los tres que nos han parecido más relevantes, aunque puede haber otros.

  • La opción humanista: «seréis como Dios» (Gn. 3:5)
  • La opción autonomista: «somos libres» (Jer. 2:31)
  • La opción materialista: «soy rico y de ninguna cosa tengo necesidad» (Ap. 3:17)

La opción humanista: «seréis como Dios» (Gn. 3:5)

Esta opción, muy en boga en nuestros días, puede presentar diferentes formas, cada una de las cuales refleja distintos énfasis. Veámoslas:

La autoglorificación: ser famoso-ser admirado

El deseo de hacerse un nombre y «que todos me recuerden y hablen de mí» es muy antiguo. Lo encontramos ya descrito en el libro de Génesis cuando los hombres deciden construir la torre de Babel con un propósito tan claro como reprobable: «Edifiquémonos una ciudad y una torre... y hagámonos un nombre» (Gn. 11:4). No es de extrañar que semejante motivación enojara a Dios, quien «confundió el lenguaje de toda la tierra y desde allí los esparció» (Gn. 11:9). Es cierto, sin embargo, que este culto al yo se ha agravado desde fines del siglo XX hasta convertirse hoy en una verdadera religión, en parte por la influencia de las llamadas psicologías humanistas (Karl Rogers, A. Maslow, Eric Fromm, entre otros) que parten de una premisa teórica tan halagadora para el ego como equivocada a ojos de Dios: el ser humano es poco menos que omnipotente. Por ello, la aspiración a llegar a ser grande, famoso es muy coherente con esta filosofía.

Esta tentación no es exclusiva de gobernantes que ostentan un poder colosal y se hacen construir estatuas o mausoleos para perpetuar su nombre. No hay que ser un Lenin, un Bokassa o alguno de los megalómanos de la Historia. Alguien tan sencillo como Salieri, el músico contemporáneo y rival de Mozart nos ha dejado un notable ejemplo del poder de seducción de la vanidad. En la película Amadeus se cita esta oración atribuida a Salieri: «Señor hazme un gran compositor. Permíteme celebrar tu gloria a través de la música y celebrarme a mí mismo. Hazme famoso en todo el mundo, hazme inmortal. Después que yo muera, permite que la gente pronuncie mi nombre por siempre con amor gracias a lo que he compuesto».

Otro ejemplo bien cercano. Llama poderosamente la atención un hecho: las profesiones más deseadas hoy por los niños «cuando sean mayores» son: futbolistas, actores, actrices, cantantes, modelos etc. Hace sólo 30 años la respuesta era bien diferente: médicos, ingenieros, bomberos, enfermeras, maestros. ¿Qué revela este cambio tan profundo y significativo? Los valores ahora no vienen motivados por un interés –solidaridad– social, sino por el simple deseo narcisista de triunfar y llegar a ser famoso. ¿Cómo se explica, si no, el éxito arrollador de programas televisivos como «Operación triunfo»? Es el espejo –el sueño– en el que se miran miles de jóvenes cuya meta en la vida es triunfar y triunfar es ser famoso.

La autorrealización: «busca para ti grandezas»

Esta variante de la opción humanista es, de hecho, la continuidad de la anterior. Si quieres ser grande, tienes que hacer algo grande. Por ello su oferta es un desafío a desarrollar al máximo tu potencial porque este es el camino para ser feliz. Su planteamiento resumido sería: «tú tienes una energía interior extraordinaria; piensa algo grande, un sueño, y desarróllalo; tú puedes hacer todo lo que te propongas; no hay límites para tu capacidad».

¿Acaso hay algo malo en esta ambición? Nos recuerda incluso un principio bíblico pues, como dijo el salmista, «el hombre es poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra; lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies» (Sal. 8:5-6). No olvidemos que el diablo reviste cada una de estas tentaciones con una apariencia de licitud moral, hasta se apoya en textos de la Biblia –citados fuera de contexto– tal como hizo al tentar al Señor. Por ello decíamos antes que podían deslumbrar y seducir. En realidad, mucho del lenguaje de las filosofías más populares hoy (Nueva Era, las nuevas espiritualidades, etc.) tiene ecos cristianos que pueden inducir a confusión.

¿Qué hay de malo en la autorrealización? Existe una forma de auto-realizarse que es bíblica. Cuando Dios pone a Adán y Eva en el Edén les da un mandato para trabajar y desarrollar al máximo su creatividad, sus talentos y sus dones. En un mundo sin pecado el trabajo era al mismo tiempo una fuente de satisfacción personal y glorificaba a Dios. El apóstol Pablo entendió muy bien esta forma legítima de autorrealización con una frase memorable: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil. 1:21). El creyente viene a decir como Juan el Bautista: «Es necesario que yo mengüe para que Él crezca» (Jn. 3:30). En cambio cuando la autorrealización busca primero engrandecer el ego olvidándose de cualquier referencia al Creador se convierte en un pecado. Recordemos bien la amonestación de Jeremías a su secretario Baruc: «¿buscas para ti grandezas? No las busques» (Jer. 45:5).

Cada uno de estos caminos tiene consecuencias. La opción humanista, en sus dos formas, suele llevar a un activismo desenfrenado ¡Significativa paradoja! Cuando la preocupación por el ser se centra en el «yo», lleva a un hacer frenético. Pero no es tan sorprendente. Tiene su lógica. Si uno vive prioritariamente para construir su torre, para hacerse un nombre y busca grandezas para sí, acaba viviendo de forma muy ajetreada. ¿Por qué? La respuesta bíblica es clara: porque nunca tiene suficiente, es devorado por la codicia, la ambición aparece como una sed insaciable que no encuentra límites. Qué interesante la correlación que el salmista traza en el Salmo 127 entre la casa edificada sin Dios y el ritmo de vida enloquecido: «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican... por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar; y que comáis pan de dolores...» (Sal. 127:1-2). Es un diagnóstico preciso de la enfermedad de nuestro mundo occidental. Muchas personas hoy no viven, simplemente hacen, están tan ocupadas que no tienen tiempo para vivir. Este estilo de vida, a la larga, les resultará vacío y frustrante porque prescinde de Dios, el arquitecto del edificio.

Ello explica que asistamos hoy a una inversión diabólica del orden bíblico: muchas personas no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar. Cierto que en algunos casos ello se hace por necesidad, para aliviar severas penurias económicas. Por desgracia, en un mundo tan materialista y competitivo muchos tienen que mal vivir para sobrevivir. Pero en no pocos casos, el activismo con sus consecuencias como el estrés, la ansiedad etc. es la factura de una ambición desmesurada y centrada en el yo. Los biógrafos dicen del escritor francés Marcel Proust que en los últimos años de su vida «no vivió, sólo escribió». Nada más lejos de mi intención que juzgar las motivaciones o la ambición del gran escritor francés. Pero nos sirve como recordatorio de que uno puede estar tan absorbido con lo que hace, con la construcción de su torre, que acaba produciendo una metamorfosis lamentable en la vida: sustituye el ser por el hacer.

Unas palabras de confesión y autocrítica aquí. Los creyentes no estamos del todo libres de este pecado. ¿Cuántos de nuestros esfuerzos tienen por meta, aun sin darnos cuenta, labrarse un nombre, mejorar la autoestima, conseguir el aplauso y el reconocimiento de los demás? ¡Cuidado con las motivaciones! Las palabras del Señor en Hageo «sembráis mucho, recogéis poco... meditad bien en vuestros caminos» (Hag. 1:6) siguen teniendo actualidad para nosotros como pueblo de Dios.

Pablo Martínez Vila

Marzo 2010: Ser antes que hacer (II)
Mayo 2010: Ser antes que hacer (III)


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