Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Junio 2010
Vida Cristiana y Teología
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Jesucristo, el buen Pastor

Juan 10:1-30

En esta porción del Evangelio de Juan hallamos una de las metáforas más hermosas para describir la persona y la obra de Cristo. Habla por sí sola; pero sólo captaremos toda la profundidad de su significado si nos situamos en el contexto del momento histórico en que Jesús pronunció las palabras de su enseñanza.

La metáfora del pastor, en tiempos antiguos, se refería a una persona con autoridad religiosa o política, un gobernante o un líder destacado. En el Antiguo Testamento Yahvéh (nombre de Dios en Israel) era el pastor de su pueblo (Gn. 49:24; Sal. 23:1). El propósito de Dios era pastorear a su pueblo por medio de sus gobernantes. Algunos de estos líderes fueron modelos, dechados de fidelidad, dignos de ser imitados. Tal fue el caso de Moisés, Josué, David, los profetas, etc.

Pero no todos los pastores fueron en Israel dignos de la confianza divina. Jeremías (Jer. 2:8, Jer. 10:21) y Ezequiel (Ez. 34) entre muchos otros pasajes nos hablan del peligro de los «malos pastores». Éstos, sin embargo, no prevalecerán; su ambición y su maldad será contrarrestada por la justicia de Dios que ensalza al Pastor por excelencia: su Hijo amado. Cuando Jesús repite: «Yo soy el buen Pastor» sus palabras están cargadas de contenido en un contexto de dramatismo. De las autoridades religiosas de Israel tuvo Jesús una opinión muy poco edificante; veía al pueblo, objeto de su solicitud, víctima de la soberbia y la malevolencia de sus dirigentes. A ellos se refirió el Señor con estas duras palabras: «Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores, pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta, el que por mi entrare, será salvo» (Jn. 10:8-9). Esta salvación que Cristo ofrece a los seres humanos es hoy tan preciosa como la de sus días en la tierra.

El texto de Juan podemos dividirlo esquemáticamente en dos partes: en la primera se nos muestra al Pastor en relación con las ovejas, la obra del Pastor; en la segunda, lo que las ovejas hacen en relación con el Pastor, su reacción. En el presente artículo nos centraremos en el primer aspecto.

La obra del Pastor

La grandiosidad del contenido de esta obra contrasta con la sencillez de su descripción: el Pastor conoce a sus ovejas, las llama, las conduce sabiamente y con amor, protegiéndolas de robo y destrucción, poniendo finalmente su vida por las ovejas (Jn. 10:1-15).

1. Conoce a sus ovejas (Jn. 10:14)

Aunque todas parezcan iguales, cada una posee sus rasgos característicos inconfundibles, y a cada una la llama por su nombre (Jn. 10:3). Este detalle es tan singular como inaudito: el cristianismo es la única religión en la que Dios es el Todopoderoso, trascendente, y al mismo tiempo el Padre cercano, el Abba íntimo que nos conoce por nombre. En la Biblia el verbo conocer tiene esta connotación afectiva y de intimidad que alcanza su máxima expresión en el buen Pastor que nos conoce.

De esta manera, el Pastor distingue la valía de cada uno de nosotros individualmente. Me conoce a mí y a cada uno de sus redimidos, conoce todos nuestros defectos, nuestra tendencia a la incredulidad, nuestras pasiones, todo lo que escondemos para salvar nuestra deteriorada imagen. Pero también nos alienta como se nos enseña de forma tan memorable en el salmo del pastor por excelencia, el Salmo 23.

¡Qué gran consuelo que el Señor me ama a pesar de lo que soy en mi condición de «oveja perdida»! Por este amor pude llegar a ser una oveja hallada y rescatada por el amante Pastor.

2. Las conduce

¿Cómo lo hace?

• «las llama» (Jn. 10:3)

Es un un llamamiento triple: a la salvación, al seguimiento y al servicio. Sólo así se autentifica el discipulado cristiano.

• «las saca fuera» (Jn. 10:3)

Se trata de una acción hondamente significativa del pastor. Las ovejas han estado en el aprisco para ser resguardadas de la intemperie. Pero sería un error quedarse indefinidamente en el refugio. Se debilitarían peligrosamente. Han de salir para evitar su anquilosamiento.

Esta metáfora es válida también para los seres humanos. Cuando estamos instalados en situaciones más o menos agradables nos gustaría quedarnos, perpetuar estos momentos. Recordamos a Pedro, Jacobo y Juan cuando querían permanecer en el monte de la Transfiguración indefinidamente con el Señor. ¡Imposible! Por toda respuesta a su petición, el Señor Jesús les mostró el cuadro de sus sufrimientos y su humillación (Mr. 9:6-12). Cada nueva situación, aunque de entrada nos parezca desagradable, nos abre la puerta a nuevas oportunidades con renovadas bendiciones.

La vida es una sucesión de situaciones nuevas; unas de bienestar; otras desagradables, más o menos dolorosas. Y todas llevan el sello de la transitoriedad. Tenía razón Ortega y Gasset cuando ahondó en la fugacidad del tiempo y todo lo que consigo lleva. Refiriéndose a un paisaje, a una amistad, a un evento agradable, afirmó:

Al tiempo que decimos «¡Ya vienen, ya vienen!»,
tenemos que empezar a preparar nuestros
labios para exclamar «¡Ya se van, ya se van!»

• Va delante de ellas (Jn. 10:4)

El Pastor no saca las ovejas para luego dejarlas solas. Está con ellas y va delante de ellas. Según Mateo, las últimas palabras del Señor fueron precisamente para recordarnos esta gloriosa realidad: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). Ésta es la inefable y constante experiencia del creyente en tanto que oveja del buen Pastor: «De ningún modo te dejaré ni te desampararé» (Heb. 13:5).

3. Las guarda (Jn. 10:28-29)

Las ovejas están sujetas a múltiples peligros y adversarios. Peligros en nuestra vida individual y peligros como pueblo de Dios. El mismo Señor Jesús dijo: «He aquí yo os envío como corderos en medio de lobos» (Lc. 10:3). Igualmente, en la oración modelo, el Padrenuestro, se nos enseña a pedir «líbranos del mal» (Mt. 6:13).

Pese a todo, las circunstancias de nuestra vida están bajo el control del Señor Todopoderoso, siempre sabio y bondadoso. El Pastor no saca del aprisco a sus ovejas para que caigan en un precipicio. A veces nos llevará por caminos ásperos y peligrosos. Él sabe cuándo ha de probarnos y cuándo ha de consolarnos y confortarnos en «lugares de delicados pastos y de reposo». (Sal. 23:2). Como ya apuntamos, este precioso salmo atesora una riqueza espiritual inagotable y es un complemento ideal del texto que estamos considerando. El creyente hará bien en retenerlo en su mente y en su corazón.

4. Les da vida (Jn. 10:10)

«Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. así como yo conozco al Padre y pongo mi vida por las ovejas» (Jn. 10:15).

El clímax de la obra de Jesús como el buen Pastor se encuentra en su faceta redentora. Quizás un pastor humano fiel llegue arriesgar su vida por el rebaño, enfrentándose a un lobo o a cualquier situación de sumo peligro. Pero cuando Jesús da su vida por las ovejas las está salvando de la condenación para darles vida eterna (Jn. 3:17-18). La dimensión redentora del buen Pastor -Jesucristo- es única e insustituible. Nadie más, ningún otro pastor, puede llegar a decir: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». La vida que Cristo nos ofrece es abundante no sólo por su duración -vida eterna-, sino por su calidad.

¡Qué gran privilegio ser oveja del buen Pastor! Él nos conoce por nombre, nos guía, nos protege y con su muerte nos da la vida. Ante estas preciosas realidades nos unimos al autor del conocido himno y exclamar:

«Dios mío, cuando pienso en las mercedes que tu bondad sin par me prodigó, mi corazón se enciende en alabanzas, en gratitud y amor...»

José M. Martínez


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