Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Julio/Agosto 2010
Vida Cristiana y Teología
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¿Qué es el hombre?

«¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites?
Le has hecho poco menor que los ángeles,
Y lo coronaste de gloria y de honra.
Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos;
Todo lo pusiste debajo de sus pies.»
(Salmo 8:4-6)

La pregunta «¿Qué es el hombre?» también se podría formular de la siguiente manera: «¿Quién soy yo?». Es importante saber quiénes somos. Si no sabemos qué o quiénes somos, tampoco podemos saber para qué existimos. ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Qué significado tiene nuestra existencia? Muchos filósofos y psicólogos han intentando buscar respuestas a estas preguntas y muchas personas hoy en día, después de tantos años buscando, aún no han encontrado la respuesta. Quizás no están buscando en el lugar adecuado. ¿Dónde mejor buscar la respuesta que en la Biblia? ¿Quién podrá darnos una explicación más acertada que el propio Creador del hombre?

Vamos a hacer un viaje por la Biblia, desde el principio hasta el final, como el vuelo de un águila que lo observa todo desde lo alto. Y podemos encontrar tres momentos clave y muy significativos que analizaremos seguidamente.

La creación

En la primera página de la Biblia encontramos la historia de la creación (Gn. 1). Es tan conocida que muchas veces perdemos de vista la importancia y lo maravilloso de la creación. Dios creó todo con un objetivo muy claro. Y para llegar a ese objetivo todo fue creado en un cierto orden. En seis días lo creó todo, y cada día añadía algo para llegar finalmente a la culminación en el sexto día: la creación del hombre. ¿Cómo es este orden?

1º día: La luz (Gn. 1:3-5)
2º día: El cielo (Gn. 1:6-8)
3º día: Los mares y la tierra seca, plantas y árboles (Gn. 1:9-13)
4º día: El sol, la luna y las estrellas (Gn. 1:14-19)
5º día: Los peces y las aves (Gn. 1:20-23)
6º día: Los animales en la tierra, y finalmente el hombre (Gn. 1:24-31)

Al final del sexto día todo estaba preparado para el último paso: la creación del hombre. El hombre no fue creado el primer día. Si hubiese sido creado el primer día, no habría tenido luz para ver, no habría tenido tierra seca para caminar, no habría tenido frutos de los árboles para comer y no habría tenido animales para hacerle compañía. Hoy en día se llama animales de compañía solamente a algunos animales domésticos en contraste con los animales salvajes. Pero en el principio no existía tal diferenciación, así que todos los animales (elefantes, cocodrilos, tigres, leones e incluso serpientes, etc.) eran animales de compañía para el primer hombre.

Dios preparó toda la creación para poder recibir al hombre. De esta manera cualquier necesidad que pudiera tener el ser humano ya podía suplirse. Esto demuestra que todo lo creado anteriormente fue creado para servir al hombre, para su bien y disfrute. El hombre es la corona de la creación y todo aquello tan maravillosamente creado, que era bueno en gran manera (Gn. 1:31), lo creó Dios para nosotros.

Y después Dios reposó el día séptimo (Gn. 2:2). ¿Por qué descansó Dios al acabar su obra de creación? ¿Acaso estaba cansado? No, Dios no reposó porque estuviera cansado, sino porque la obra era completa. No faltaba nada a la creación. Ya nunca más Dios tuvo que crear cosa alguna, la creación era auto-sostenible.

Un ejemplo nos ayuda a entenderlo. El hombre podía comer del fruto de los árboles. Dios no creó solamente un árbol para dar de comer al hombre. Si así hubiese sido, una vez consumido el fruto de ese árbol, Dios hubiese tenido que crear un árbol nuevo. Pero no fue así. Había muchos árboles, con muchos frutos diferentes, con sabores diferentes para que el hombre pudiera disfrutarlos. Y además, Dios creó los árboles con la semilla que estaba en ellos (Gn. 1:12), que les daba la capacidad para reproducirse. De esta manera Dios proveyó comida continua. Es en este sentido que la creación era completa, ya no era necesario crear nada nuevo, y por eso Dios pudo reposar.

¿Nosotros habríamos sido capaces de pensar en una creación tan maravillosa y auto-sostenible? Esto nos debería llenar de admiración hacia la grandiosa sabiduría de Dios, y de gratitud a Él por su inmenso amor hacia nosotros.

Una nueva creación

Pero el hombre pecó (Gn. 3) y estropeó lo bueno que Dios había creado. Por eso, Jesús, en su conversación con el fariseo Nicodemo, dijo que «nos es necesario nacer de nuevo» (Jn. 3:7). Nicodemo no lo entendía y le preguntó: «¿Cómo puede hacerse esto?» (Jn. 3:9). No es un nuevo nacimiento literal, físico, no es una reencarnación o algo por el estilo, sino que es un nuevo nacimiento espiritual. Nuestro ser consiste de espíritu, alma y cuerpo (1 Ts. 5:23), y es nuestro espíritu el que tiene que nacer de nuevo.

En el conocido versículo Juan 3:16 encontramos la clave de este «nuevo nacimiento»: creer en Jesucristo, lo cual obra la salvación. Jesucristo es nuestro Salvador, y «si confesamos con la boca que Jesús es el Señor, y creemos en el corazón que Dios le levantó de los muertos, seremos salvos» (Ro. 10:9). Así se produce el milagro de la nueva creación. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Co. 5:17).

De nuevo vemos el amor de Dios hacia nosotros. La salvación no la podemos conseguir por nuestras obras, «por cuanto todos pecaron» (Ro. 5:12) y «la paga del pecado es la muerte» (Ro. 6:23). La única manera de recibir la salvación es reconocer que somos pecadores y que merecemos la muerte, pero «por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8-9). Dios nos ha ofrecido su gracia mediante el sacrificio de Jesucristo en la cruz, y nosotros tenemos que responder en fe aceptando esta salvación.

Esto es el evangelio, la buena nueva. ¡Así de sencillo y así de profundo! Si tuviéramos que conseguir la salvación por nuestras obras, nunca la conseguiríamos. En todas las otras religiones cuentan las obras de los hombres para conseguir la salvación. En el cristianismo cuenta la obra de Dios y su hijo Jesucristo, que nos ofrece la salvación como un regalo que debemos aceptar.

Y así como la primera creación en Génesis fue completa, de tal modo que Dios pudo reposar el séptimo día, también la nueva creación en Jesucristo es completa. Si nosotros somos hechos una nueva creación, entonces también somos completos. No es que seamos completos o perfectos en nuestro físico (cuerpo y alma). Sino que, al ser el nuevo nacimiento en nuestro espíritu, es en el espíritu que somos «hechos perfectos» (Heb. 12:23). «Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (Heb. 10:10), y «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Heb. 10:14).

Tenemos que aprender que en nuestro espíritu somos perfectos y que Dios ya ha suplido todas nuestras necesidades mediante el sacrificio de Jesucristo en la cruz. «Todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas» (2 P. 1:3). Si dice «todas las cosas», entonces quiere decir «todas las cosas», no falta nada. Además dice que «nos han sido dadas» y no dice «nos serán dadas». En el siguiente versículo añade que «nos ha dado preciosas y grandísimas promesas» (2 P. 1:4). ¡Qué palabras tan hermosas y qué «salvación tan grande» (Heb. 2:3)! Es una lástima que muchas veces no somos conscientes de lo que ya nos ha sido dado, y no hemos aprendido a aceptar y recibir todas las bendiciones de tener a Dios como nuestro Padre celestial, y a Jesucristo como nuestro Salvador.

El nuevo nacimiento nos capacita para vivir en «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza», porque es «el fruto del Espíritu» (Gá. 5:22-23). Si no tenemos amor, no sabemos «de qué manera amó Dios al mundo» (Jn. 3:16). Si no tenemos gozo, no sabemos que nuestro espíritu «está siempre gozoso» (1 Ts. 5:16). Si no tenemos paz, no conocemos «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7).

Todas estas cosas nos han sido dadas con el nuevo nacimiento y están en nuestro espíritu. No están en nuestro cuerpo, ni en nuestra alma. ¿Cómo podemos entonces conocer nuestro espíritu? No podemos ver, oír, tocar, oler o saborear nuestro espíritu. Con nuestros cinco sentidos no podemos percibirlo, pero podemos conocerlo a través de la Biblia. «Las palabras que Jesús nos ha hablado son espíritu y son vida» (Jn. 6:63). Debemos leer la Biblia para descubrir las preciosas y grandísimas promesas y apropiárnoslas.

Cielos nuevos y tierra nueva

Al pecar el hombre, toda la tierra cayó en pecado y destrucción. «Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 P. 3:13). «El primer cielo y la primera tierra pasarán» (Ap. 21:1). La Biblia deja claro que habrá un fin a la vida tal como la conocemos y que los creyentes tenemos «vida eterna» (Jn. 3:16).

Jesús se fue a la casa de su Padre, donde hay muchas moradas, para preparar lugar para nosotros. Y cuando venga otra vez nos tomará a sí mismo, para que estemos donde Él está (Jn. 14:2-3). Tenemos una morada celestial esperándonos, y estaremos eternamente con Él. ¡Qué privilegio!

Pero, ¿cómo será esta vida eterna en el cielo nuevo y en la tierra nueva? La Biblia nos proporciona unas pinceladas básicas de este gran cuadro, pero los detalles quedan fuera del alcance de nuestro saber. Ello es así, porque simplemente no podemos, con nuestra mente humana y limitada, captar lo maravilloso y grandioso de nuestra vida futura. Estar siempre en presencia de Dios será maravilloso, donde «Dios el Señor nos iluminará» (Ap. 22:5), donde «la calle de la ciudad será de oro puro» (Ap. 21:21) y donde «Dios mismo enjugará toda lágrima de los ojos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Ap. 21:4). Ni nos lo podemos imaginar.

Cuando hayamos disfrutado un millón de años de la vida eterna, podremos mirar atrás a la vida terrenal y nos daremos cuenta de que todas las dificultades y todos los problemas de nuestra vida aquí fueron solamente una «leve tribulación momentánea» (2 Co. 4:17).

Este futuro glorioso nos tiene que llenar de humildad y de adoración a Dios. Él nos consideró de tanto valor que fuimos, y somos, objeto de su amor infinito. «Él no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 P. 3:9) y que estemos con Él eternamente.

¿Qué es el hombre? Creación de Dios, y por medio de la fe una nueva creación en Cristo Jesús, con un futuro glorioso en los cielos nuevos y la tierra nueva.

«¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!»
(Salmo 8:9)

Job 't Hart


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