Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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Septiembre 2010
Vida Cristiana y Teología / Apologética y Evangelización
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Ser cristiano, ¿de qué me sirve? (I)

El pragmatismo, un dios moderno

Nuestra sociedad se jacta de su laicismo, es decir de haberse liberado de las ataduras de la religión para vivir en verdadera libertad. El hombre moderno se cree libre de cargas religiosas sin darse cuenta de que se ha vuelto esclavo de los ídolos que ha creado. Son sus nuevos dioses a los que adora y ante los que se rinde y sirve con tanta pasión como servilismo. La evolución social le ha dado la razón al pensador inglés Chesterton quien, con su proverbial lucidez, afirmó: «Cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, cree en cualquier cosa».

El hedonismo, el relativismo y el pragmatismo son algunos de los principales dioses seculares de esta nueva religión laica. En los próximos dos temas del mes vamos a considerar el pragmatismo como una ideología que está moldeando muchas de las conductas y relaciones sociales de hoy y que llega a influir de forma sutil en la vida de la Iglesia. En este primer artículo analizaremos los rasgos distintivos de este nuevo ídolo; en el siguiente, veremos cómo afecta al creyente y cuál debería ser la alternativa cristiana.

En cierta ocasión, estando en Galicia, una periodista se me acercó al final de una conferencia para una breve entrevista. «¿El cristianismo funciona?» me preguntó con sinceridad. Debió observar un gesto de sorpresa en mí porque me repitió la misma pregunta hasta dos veces más con otras palabras: «¿para qué sirve?, ¿qué resultados podéis dar a la sociedad?».

Lo cierto es que nunca antes me habían planteado la validez del cristianismo en estos términos. Mis esquemas de apologética se movían por unas coordenadas diferentes. Han pasado ya varios años, pero la pregunta de aquella joven periodista no se me ha olvidado. Fue mi primer contacto «en directo» con el pragmatismo. La mentalidad pragmática se acerca a la realidad con esta idea: «¿Me sirve o no me sirve?», «¿me funciona o no me funciona?». No se pregunta: «¿es bueno o malo?», «¿verdad o mentira?», «¿moral o inmoral?». De esta forma lo ético queda supeditado a lo útil, los principios a los resultados. El rasero para evaluar una situación, una relación, una persona o incluso una idea es que funcione y que me sea útil. Los resultados prácticos, sobre todo en lo que a mí concierne, son la norma suprema de «fe y conducta» de los seguidores de este nuevo dios.

El pragmatismo deja ver su rostro en muchos programas de televisión, en la calle, en el trabajo, en la prensa, incluso en las modernas redes sociales tipo facebook. Como lluvia fina que va calando hasta empapar por completo, así moldea la filosofía pragmática muchas áreas de la vida diaria. Es nuestra responsabilidad descubrir sus elementos peligrosos, peligrosos no sólo para la fe del creyente, sino incluso para la convivencia social porque no estamos delante de una ideología neutra; tiene unas profundas implicaciones morales y existenciales.

¿Qué es? La naturaleza del pragmatismo

Este dios secular tiene varios rasgos distintivos:

Es un sistema egoísta

En primer lugar, está centrado en mis necesidades. El «yo» es el eje alrededor del cual giran mis decisiones. Es, por tanto, una filosofía profundamente egoísta. «Sólo quiero lo que necesito» sería su resumen.

A primera vista esta actitud puede parecer inofensiva, sobre todo en el campo material. Incluso podría favorecer un estilo de vida más sencillo, menos consumista. Pero sus implicaciones son muy negativas cuando se aplican al campo de las relaciones personales. Veamos dos ejemplos muy frecuentes en nuestros días. El primero en el ámbito de la familia. Muchos jóvenes razonan así: «¿para qué necesito casarme cuando es mucho más práctico, rápido y cómodo juntarse?» Ello explica el aumento espectacular de la cohabitación en los países «pragmáticos», por ejemplo en Europa. «Si nos juntamos y funciona, ¿qué más necesitamos?», «¿para qué nos sirven las iglesias, los juzgados, los testigos o las firmas?» ¡Esta forma de pensar es ideología pragmática pura, aun cuando la mayoría de estos jóvenes ni siquiera han oído esta palabra en su vida! Puesto que los principios quedan supeditados a mi necesidad y mi comodidad, prescindo de todo lo que a mí no me es útil.

Otro ejemplo en una línea parecida. Crece el número de mujeres que tienen un hijo sin vivir -ni pretender vivir jamás- con el padre de este hijo. «¿Para qué aguantar a un hombre toda la vida, si no lo necesito más que para darme el hijo?» Conmociona saber que en Inglaterra el mayor crecimiento en el porcentaje de nacimientos se da en este tipo de situación familiar, madres solteras que deciden tener un hijo prescindiendo por completo de su futuro padre.

¿Y qué diremos del varón que después de unos pocos años de matrimonio decide abandonar a su esposa porque «ahora ya no la necesito, la vida tiene etapas; mi mujer me fue útil en una etapa de mi vida, pero ahora ya no». Me confesaba una joven esposa, en medio de una situación así: «Me siento como una lata de Coca Cola: Deséchese después de usada». Las consecuencias del pragmatismo en las relaciones personales pueden ser devastadoras.

Descubrimos el mismo enfoque en el ámbito de las creencias en muchos de nuestros contemporáneos. Les hablas del Evangelio y su respuesta es: «Esto está muy bien para ti, pero yo no necesito a Dios. Yo estoy bien sin Dios, vivo cómodo, no necesito una religión. Simplemente no lo necesito».

Recuerdo el caso de un joven que, en apariencia, se convirtió y poco después se bautizó en una iglesia evangélica. De forma un tanto inesperada, al cabo de unos tres años abandonó la iglesia y lo que es peor, su fe en Dios. Al preguntarle por su decisión, respondió fríamente: «Dios no me solucionó los problemas, no me ha servido de nada. Aun peor, desde que voy a la iglesia tengo más problemas que antes. Un Dios que no me soluciona mis problemas es un Dios que no me sirve y, por tanto, no lo necesito».

Estos diversos ejemplos nos muestran el fondo descarnado del pragmatismo: un egoísmo a ultranza donde la satisfacción y la realización del ego priman por encima de todo. La persona se mueve por la vida según sus necesidades propias: «Si no te necesito -sea Dios, la esposa u otros- entonces no me interesas».

Es un sistema hedonista

El pragmatismo busca una satisfacción inmediata de cualquier necesidad o deseo. Esta es su segunda característica. En este sentido entronca de lleno con la corriente hedonista, otro de los grandes dioses seculares. Su actitud ante la realidad se resume con la pregunta ¿por qué no ahora? Estas personas no pueden esperar, no quieren esperar. Así pues, el pragmatismo no sólo está centrado en el yo, sino también en el aquí y el ahora. La célebre frase de los epicúreos latinos -carpe diem, vive el día- podría ser su lema. El mañana y el futuro no importan.

Esta forma de pensamiento sigue el principio de la no frustración. Su énfasis es que todo deseo debe ser satisfecho de inmediato porque el aplazamiento de la satisfacción produce frustración y la frustración es la negación de la felicidad. Muchos padres en Norteamérica siguieron este principio durante más de 20 años en la educación de sus hijos. El «experimento pedagógico» terminó con un célebre «mea culpa» de quienes propusieron este sistema. Pidieron perdón públicamente en un programa de televisión a los padres por haber influido decisivamente a forjar una generación de jóvenes que no sabían lo que significaban palabras como esperar o más tarde. La pérdida de estos valores condujo a consecuencias sociales nefastas que comentaremos después.

Veamos dos ejemplos prácticos de esta filosofía. El primero, tomado del campo económico: el sistema de venta a plazos. En el siglo XIX cada uno compraba lo que necesitaba cuando había ahorrado el dinero necesario. La venta a plazos es un invento del siglo XX. Hoy compramos lo que necesitamos -y lo que no necesitamos- a crédito, incitados por una propaganda apetitosa y eficaz fundada en el imperio de los sentidos. El producto nos entra por los ojos, por los oídos -músicas «pegajosas»-, hasta por el olfato y por el tacto y se nos hace irresistible. No podemos esperar. Los expertos en marketing conocen bien la importancia de los sentidos a la hora de provocar un impulso casi irrefrenable a comprar. Y ahí surge la «maravilla» de la venta a plazos que permite la compra inmediata del producto; uno no tiene que esperar a reunir todo el dinero, se lo puede llevar ya. La otra parte de la historia, los créditos impagados, los embargos y los subsiguientes dramas personales o familiares, todo esto se procura silenciar o minimizar.

Algo parecido -o peor- ocurre con las tarjetas de crédito. Para algunas personas el llamado «dinero de plástico» puede llegar a ser una auténtica trampa. En su uso desordenado e impulsivo han comenzado a gestar su ruina económica y, a veces, también personal. La tarjeta de crédito es un símbolo por antonomasia del pragmatismo porque permite la satisfacción inmediata del deseo sin pensar. «Es que no hay que pensar a la hora de satisfacer el deseo. Pensar tiene que ver con el futuro, y lo que importa sólo es el ahora» diría el pragmático.

No se me malentienda con estos ejemplos. No estoy diciendo que comprar a plazos o usar la tarjeta de crédito es malo en sí mismo. En absoluto. A veces es un mal menor y otras veces incluso es un bien porque permite el acceso a productos de primera necesidad; hoy en día casi nadie podría comprar una vivienda sin el sistema de plazos y créditos. Lo que no es correcto es comprar de forma impulsiva para satisfacer simplemente el deseo o la «necesidad» del momento.

Oto ejemplo que ilustra esta realidad: la publicidad que recibimos por correo suele incluir esta conclusión: «si usted responde antes de x días (el plazo es siempre muy corto), tendrá un premio extra». La idea del experto en marketing es que contestes sin pensar. Una vez se ha generado el deseo, es importante no dar lugar a la reflexión. Con ello se garantiza que funcionará el «reflejo pragmático», es decir, la satisfacción sin demora del deseo.

Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en el terreno de la sexualidad. Según una amplia encuesta realizada simultáneamente en varios países de la Comunidad Europea, la edad promedio de inicio de relaciones sexuales se sitúa hoy en los 16-17 años. Hace sólo 30 años estaba en los 22. Ha bastado una generación para un cambio espectacular. Hasta tal punto es así que este fenómeno está creando un problema importante de salud pública y social: el embarazo de adolescentes ha crecido en proporciones alarmantes. Claro que para solucionarlo se recurre a otra herramienta propia del pragmatismo: el aborto, considerado -en un alarde de cinismo retórico- una «simple» interrupción voluntaria del embarazo. El aborto, uno de los iconos (ídolos) más trágicos del pragmatismo, es expresión fehaciente de un fundamentalismo laico que cree y adora al dios más antiguo: el ego humano.

Los jóvenes hoy, en general, no saben esperar. ¿Esperar?, ¿para qué?, ¿por qué? Es el argumento de muchos de ellos. Aldous Huxley, en su célebre libro Un mundo feliz, dice: «no dejes para mañana la diversión que puedas tener hoy». Son muchas las personas que, sin saberlo, están aplicando en sus vidas la ideología «fantástica» de Huxley, antes considerada una utopía y ahora hecha realidad. Es simplemente la aplicación del pragmatismo a la vida diaria.

Es un sistema materialista

Al diseccionar el pragmatismo de nuestra sociedad, encontramos una tercera característica: valora el éxito según resultados tangibles, en especial los que se pueden medir con números. Las cifras son el «tótem» que, finalmente, determina el fracaso o el éxito de un proyecto. Todo se valora según los números. En este sentido podemos decir que es un sistema materialista. La primera conclusión del pragmático era «si no lo necesito no lo quiero»; la segunda, «¿por qué no ahora?». Este tercer aspecto lo podemos resumir con el dicho «los números cantan».

Los resultados valorados en cifras constituyen el criterio supremo para decidir si algo va bien o mal, si funciona o no funciona. Vaya por delante que este criterio es lógico y aceptable en el mundo empresarial. Pero si se aplica de forma ilimitada y deshumanizada, el lugar de trabajo deviene una forma moderna y legalizada de esclavitud. Los aspectos positivos del capitalismo pueden trocarse en un infierno si lo único que cuenta es los números de la empresa.

Un ejemplo nos lo ilustra. Los agentes comerciales de una empresa se ven sometidos a una presión extraordinaria por parte de sus superiores. ¡Por supuesto que vender es su trabajo! Su obligación es vender. Pero ya no parece tan lógico que, con demasiada frecuencia, se les obligue a hacer «la cuadratura del círculo», exigiéndoles resultados casi imposibles bajo amenaza de perder incentivos o incluso su lugar de trabajo. Lo único que cuenta es que, a final de mes o a final de campaña, los números salgan. Hay que vender y vender. No importa que el precio sea engañar al cliente o hipotecar la salud del comercial, o su vida personal y familiar. Así muchos acaban en la consulta del médico con un infarto de miocardio, con estrés severo, con depresión o con la familia rota. La reciente epidemia de suicidios en una gran empresa estatal francesa es un buen ejemplo de las trágicas consecuencias de esta filosofía. Cuando una empresa antepone la salud física y emocional de sus obreros a los resultados económicos, se está dejando llevar por un pragmatismo deshumanizante que, a la larga, será un boomerang negativo para la propia empresa.

Pablo Martínez Vila

Octubre 2010: Ser cristiano, ¿de qué me sirve? (II)


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