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Octubre/Noviembre/Diciembre 2012
Navidad
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El sentido de la Navidad: Dios ha bajado a sufrir con nosotros

La Navidad es un tiempo de luces, pero también de sombras. Este año más que otras veces predominan las sombras: hay más preocupación que alegría, más incertidumbre que gozo. La ansiedad planea sobre muchos hogares creando una atmósfera que puede difuminar el espíritu festivo de la Navidad. Se respira crisis en la calle y muchas personas no están para celebrar nada. ¿Nada? ¿Pueden las sombras de la crisis apagar el verdadero gozo de la Navidad? El cristiano responde con un rotundo «no». Siempre habrá más gozo que preocupación, más esperanza que ansiedad si se entiende y recuerda el verdadero sentido de estas fechas navideñas.

La razón está en el origen de este gozo que no es un mero sentimiento de alegría sujeto a los vaivenes de las circunstancias, sino que surge de Aquel que tiene y es «la promesa de la vida, Cristo Jesús» (2 Ti. 1:1). El creyente en Cristo Jesús sabe que nada ni nadie puede apagar el sentimiento inefable que tuvieron los pastores quienes al «ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo» (Mt. 2:10).

En estos días muchas personas se preguntan «¿Qué hace Dios por remediar tanto sufrimiento?» La respuesta nos abre la puerta de par en par para entender el significado de la Navidad y ver la Luz poderosa del Evangelio en medio de tantas luces tenues. Es una respuesta con tres realidades tan sublimes como consoladoras; cada una de estas realidades está relacionada con sendos nombres del Cristo, centro de la Navidad:

1.- EMMANUEL: La Navidad nos recuerda la identificación de Dios con nuestro sufrimiento

«Y llamarás su nombre Emmanuel, esto es Dios con nosotros» (Mt. 1:23)

La Navidad es una fiesta para el creyente, pero su verdadero significado tiene una profunda relevancia para todos y en especial para los que están pasando por tiempos de sufrimiento y de crisis. Recordamos y celebramos que Dios se ha acercado al ser humano y ha bajado a este mundo para sufrir con nosotros. Esta es la esencia de la Navidad y uno de los rasgos más distintivos de la fe cristiana: Dios no está lejos ni está callado, Dios está con nosotros. Éste es exactamente el significado de la palabra Emmanuel, uno de los nombres dados a Jesús: Dios con nosotros.

En el drama del sufrimiento humano Dios no se limita a ser un espectador, sino que ha actuado como un actor comprometido. Ya en el libro del Éxodo en el Antiguo Testamento. Dios nos muestra cómo ha dado pasos muy concretos para aliviar y liberar a todos los oprimidos por crisis de cualquier tipo: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo... y he oído su clamor a causa de sus extractores; pues he conocido su angustia y he descendido para librarlos» (Éx. 3:7-8). Este compromiso de Dios encuentra su manifestación máxima en Filipenses 2:5-11, cántico glorioso donde se nos describen los pasos que llevaron a la Navidad: «Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a si mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; ...y se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz...».

Dios ha bajado a la tierra encarnado en Cristo: Navidad. Ahí es donde encontramos la respuesta última al dilema del sufrimiento y de toda crisis, sea personal o global: en un nacimiento tan sencillo como sobrenatural, y en una muerte tan infame como gloriosa. El pesebre y la cruz, la vida en su inicio y la vida en su final, Navidad y Semana Santa encierran las claves que nos permiten entender el misterio de la vida y de la muerte, y nos transmiten la cercanía del Dios Emmanuel en todo sufrimiento. Yo personalmente nunca podría creer en Dios si no fuera por la encarnación, demostración irrefutable de su identificación con el drama humano, y por la Cruz, exponente supremo de este compromiso. Como alguien ha dicho, «un Dios lejano no sería más que un iceberg de metafísica». Así pues, la Navidad nos recuerda la identificación de Dios con la tragedia del ser humano.

2.- EL SIERVO SUFRIENTE: La Navidad nos recuerda el poder de Cristo para ayudarnos en nuestro sufrimiento

«Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios...» (Is. 40:1)

Con estas palabras se inicia El Mesías de Händel, una de las composiciones más celebradas de todos los tiempos. Y esta es la frase que abre otra sinfonía aún más importante: Los Cánticos del Siervo, el conjunto de profecías que anuncian con siglos de antelación todos los detalles de la Navidad (Isaías capítulos 40 a 55). No es casualidad que las primeras palabras proféticas sobre el nacimiento de Jesús sean de ánimo: «Consolaos, consolaos». Una de las mayores necesidades de la persona en medio de una crisis es sentirse comprendida y consolada. Y ¿quién mejor para ello que alguien que ha pasado ya por una experiencia similar? Como vimos antes, nadie puede acusar a Dios de no saber lo que es sufrir. Durante su vida, y de forma suprema en la cruz, Cristo experimentó el sufrimiento humano en su máxima expresión, tanto física como moral. Nadie ha sufrido más que él. Los sufrimientos de Cristo le confieren una autoridad moral incuestionable para entendernos y consolarnos.

Ciertamente la participación e identificación de Dios en el sufrimiento humano es uno de los temas más insondables, pero al mismo tiempo, es la fuente suprema de consuelo. En la conmovedora descripción de los sufrimientos de Cristo en Isaías 53 se encuentra la respuesta última a todo sufrimiento: «fue menospreciado... herido... molido... angustiado y afligido, sin embargo no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero». Tanto sufrimiento tenía un propósito: «Por su llaga fuimos nosotros curados... verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho... porque él llevó el pecado de muchos e intercedió por los transgresores».

Por todas estas razones, porque él fue un experto –«experimentado» (Is. 53:3)– en el sufrimiento, «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). También aquí el autor concluye con una estimulante exhortación: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4:16). De la misma manera que Dios se ha acercado, nosotros hemos de acercarnos a Él; hay un elemento de reciprocidad imprescindible: Cristo me acompaña y me comprende plenamente en mi prueba, pero para experimentar su ayuda -«el oportuno socorro»- yo he de acercarme «al trono de su gracia». «Venid a mí todos los trabajados y cargados y yo os haré descansar» dijo Jesús. La promesa del descanso es inseparable del acudir a él.

Esta confianza es la que me lleva a decir: «Señor, en esta Navidad hay muchos por qué que no entiendo; pero tú sí lo sabes, tú lo sabes todo, y si estás a mi lado; esto es lo que de verdad me importa».

3.- JESÚS: La Navidad nos recuerda que Dios ha bajado también a sufrir por nosotros

«Consolaos, consolaos... decidle a voces que su pecado es perdonado» (Is. 40:2)
«Llamarás su nombre Jesús, por cuanto salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21)

En tercer y último lugar, en la Navidad celebramos que Dios se ha acercado al ser humano y ha bajado a este mundo para sufrir por nosotros. La frase inicial del cántico de Isaías 40 va seguida de una mención a la necesidad de perdón por el pecado. Cristo vino a este mundo no sólo para consolar, sino para salvar. Ahí es donde vemos el sentido más profundo de la Navidad y también el más trascendental: Cristo vino a morir por mis pecados. Y es en este aspecto que el nombre Emmanuel es inseparable del nombre Jesús, Dios se ha acercado para ser Salvador. La razón más importante que Dios tenía para bajar a la tierra era «salvar a su pueblo de sus pecados» porque «hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5).

Así pues, los sufrimientos de Cristo, aparte de darle una autoridad moral incuestionable para consolarnos, tienen un valor expiatorio de nuestros pecados. La venida de Jesús a este mundo no tenía una intención sólo pedagógica –enseñarnos un estilo de vida modélico- sino vicaria, sustitutiva. No podemos quedarnos sólo con el Jesús empático que entiende mi sufrimiento, ni siquiera podemos quedarnos con el Emmanuel que simpatiza –sufre conmigo. Todo ello es importante, pero el centro de la Navidad está en la vida nueva que Jesús ofrece a todos sin excepción. Ahí radica el motivo principal del gozo de la Navidad que ninguna crisis puede apagar: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17).

En cierta ocasión alguien me dijo: «Si estás mal, Dios te hace sentir peor». ¿Cómo se puede llegar a pensar así? No podemos simplificar el complejo tema del ateísmo, pero en muchas ocasiones el ateo rechaza a Dios sin haberle conocido realmente. Lo que rechaza es una caricatura de Dios que él mismo se ha hecho. Entre los ateos más convencidos encontramos con frecuencia experiencias de un Dios severo, inmisericorde. Ello lleva a un Evangelio legalista y aplastante que se acaba rechazando de forma más o menos virulenta. Nada más lejos del Dios Emmanuel que se acerca para sufrir conmigo, el Siervo Sufriente que se humilló y murió por mí, el Jesús ahora vivo que sigue intercediendo por mí y mis necesidades desde el cielo. Este es mi Dios. Por todo ello celebro la Navidad sin dejarme abatir por las sombras de la crisis, porque es un mensaje de amor, de consuelo y de esperanza. ¡Cuánto necesita nuestro mundo hoy del bálsamo terapéutico del mensaje de la Navidad!

Pablo Martínez Vila


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