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La aventura de escribir... un ministerio glorioso

La aventura de escribir

Se dice que la plena realización de una persona exige el logro de tres objetivos: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Es discutible esta aseveración, pero muestra el elevado rango que se otorga a la página impresa.

Es comprensible que esto suceda, pues, para bien o para mal, pocas obras humanas han ejercido tanta influencia como los libros; unos, para mal; otros, para bien. «El Capital», de Karl Marx, constituyó la piedra fundamental del socialismo comunista, experiencia crucial en la historia de la humanidad, y las obras de Nietzsche han fomentado las formas más descarnadas de ateísmo. Los escritos de otros hombres, por el contrario, han sido una bendición para el mundo. Basta recordar las obras de los antiguos autores cristianos (Tertuliano y Agustín, por citar sólo dos ejemplos), las de reformadores como Lutero y Calvino o la pléyade de escritores evangélicos que en los últimos dos siglos han enriquecido el pensamiento cristiano a la par que influían benéficamente en la cultura y en el entramado social. Un botón de muestra: El Presidente norteamericano Abraham Lincoln reconoció que la novela «Uncle Tom’s Cabin» (La cabaña del tío Tom), de Harriet Beecher Stowe, había sido la fuerza más poderosa en la lucha antiesclavista.

Personalmente doy gracias a Dios por el bien espiritual que algunos libros me han reportado a lo largo de mi vida. En los días de mi adolescencia, uno de Juan Varetto («Héroes y mártires de la obra misionera») estimuló en mí el deseo de servir a Cristo, cualquiera que fuese el precio. Poco tiempo después, «El triple secreto del Espíritu Santo», de James Conckey, fue determinante para mi plena consagración a Dios. Los efectos de aquella experiencia, después de sesenta años, aún perduran en mí.

Por supuesto, no todos los libros son igualmente influyentes. Mucho depende de las circunstancias en que el lector se encuentra. El mismo libro, leído en situaciones diferentes, con toda probabilidad tendrá resultados distintos. En unos casos nos cautivará por el interés que despierta en nosotros. En otros nos dejará indiferentes. El libro de Conckey al que he hecho referencia volví a leerlo hace sólo unos meses y tuvo para mí poco de impresionante. Por otro lado, muchas veces el impacto de una lectura no depende del contexto del lector, sino de la calidad del libro. Deplorablemente asistimos en nuestros días a una elevada inflación de la producción literaria. Abundan libros superficiales, cargados de tópicos, que poco o nada aportan al pensamiento del lector. Si a ello se añade la pobreza de su estilo, sólo una gran dosis de benevolencia salvará la obra y a su autor de una justa desaprobación.

Importancia de la escritura

Una de las facultades más preciosas otorgadas al ser humano es el lenguaje. En las relaciones sociales con nuestros semejantes la comunicación es básica. Y complicada. No es suficiente la emisión de sonidos inarticulados o de gestos, como en el caso de muchos irracionales. Los pensamientos, los sentimientos y los deseos de una persona constituyen una trama sumamente compleja, por lo que se hace necesaria una articulación de los sonidos en forma de palabras, si su pensar, sentir y querer han de ser comunicados a otras personas.

De tal importancia es la palabra que Dios, según el escritor sagrado, se reveló a los hombres hablándoles de diferentes maneras y finalmente mediante la Palabra encarnada, el Señor Jesucristo (Heb. 1:1-3). Pero todo da a entender que la palabra hablada no es suficiente. Una vez pronunciada, sólo subsiste débilmente en la memoria de quienes la escuchan. En muchos casos se desvanece por completo. Su permanencia sólo se logra mediante la escritura. Como decían los antiguos latinos, verba volent, scripta manent, las palabras vuelan, lo escrito perdura.

Porque la palabra escrita reúne las cualidades de invariabilidad y durabilidad, Dios mismo ordenó a Moisés que escribiera en un libro, «para memoria», lo acaecido en la lucha contra Amalec (Éx. 17:14). También los diez mandamientos fueron inscritos en tablas de piedra (Éx. 34:27-28, Dt. 5:22). Jeremías recibió la orden de escribir «todas las palabras» que Dios le había hablado (Jer. 30:2), a fin de que cuando se cumpliese lo profetizado por el Señor, se viese que todo acontecía conforme a lo que estaba escrito. Un mandato semejante recibió el autor del Apocalipsis (Ap. 1:11, Ap. 1:19).

Gracias a las escrituras del Nuevo Testamento podemos hoy conocer el contenido glorioso del Evangelio. Y nuestra deuda de gratitud se agranda si pensamos en los valiosísimos escritos que nos han dejado las grandes figuras de la Iglesia: las «Confesiones» de Agustín, las «Instituciones» de Calvino, los «Pensamientos» de Pascal, los «Sermones» de Spurgeon, por citar sólo unos pocos. Podríamos añadir muchísimos más, sin contar producciones menores como el simple folleto, que en muchos casos, pese a su brevedad, ha llevado almas a los pies de Cristo. Ese caudal inmenso de pensamiento selecto está a nuestro alcance para nuestro beneficio porque en su día hubo hombres que se sintieron movidos a escribir. Sus obras escritas en el pasado son hoy, y seguirán siendo en el futuro, una inestimable bendición.

Lo expuesto en este punto muestra la grandiosidad que puede alcanzar la obra de un escritor, y fácilmente generará en algunos el noble deseo de llegar a formar parte del colectivo de autores. Pero ¿cómo conseguirlo?

Nacimiento y desarrollo del escritor

Lo que se indica al principio de este artículo sobre la pobrísima calidad de algunos libros no debería desalentar a quienes piensan que también ellos podrían ser escritores si se lo proponen y siguen un curso de formación. ¡Ojalá fuesen muchos los que aspirasen a servir a Dios escribiendo! Pero conviene que esa aspiración sea sometida a un análisis tan sincero como riguroso. Es evidente que no todo el mundo está capacitado para escribir, como no lo está para pintar o para componer música. Se dice que «el artista nace, no se hace», y se aducen ejemplos como el de Mozart, quien a los cinco años ya asombraba a sus oyentes con sus ejecuciones (o incluso composiciones) musicales. Pero el doble aforismo es cierto sólo a medias. la verdad es que el artista «nace y se hace».

Puede establecerse un símil entre el escritor y el predicador. Éste necesita una preparación espiritual, cultural y teológica; pero además precisa de determinados dones congénitos. Spurgeon decía a sus estudiantes que a la vocación de un predicador han de unirse una voz y unos pulmones adecuados. En el caso del escritor es importante tomar en consideración el amor innato a las letras, la capacidad mental, la sensibilidad, la imaginación, la agilidad en la expresión y la predisposición al ordenamiento de las ideas. Si a eso se agrega un buen curso de redacción y estilo, cabe esperar que la vocación se convierta en práctica literaria fecunda.

Esa conjunción de dones naturales y capacitación fueron determinantes en mi experiencia. Desde mi infancia me sentía poderosamente atraído por los libros. Uno de los días más felices de mi vida escolar era aquel en que se recibían los libros nuevos para el nuevo curso. La mayoría de ellos, por lo novedoso, eran para mí un deleite singular. Pronto me convertí en un lector insaciable. En dos años de mi adolescencia me leí de quince a veinte volúmenes de los clásicos castellanos. Y esta profusión de lecturas, casi sin percatarme de ello, me preparó para empezar a escribir. Recuerdo bien la honda satisfacción que sentí cuando, en mis días de estudiante de Bachillerato, el profesor de Literatura elogió mi narración sobre un muchacho que, infatigable, vencía numerosas dificultades hasta alcanzar su destino (todavía está fresca en mi memoria una doble frase referida al protagonista: «febricitante y tembloroso, sube al cerro, baja al llano...»). Me pregunto si no sería esta experiencia lo que me animó a intentar algo más. A los catorce años decidí empezar a escribir una novela (¡santa inocencia!). Hoy no tengo la menor idea de lo que había de ser su contenido. Lo peor fue que tampoco la tenía entonces. Tenía claro solamente que la narración había de seguir una línea inspirada en «Los hijos del Capitán Grant», de Julio Verne. Aparte del nombre de uno de los personajes, «el viejo marino Juan», sólo recuerdo que, después de haber escrito cuatro o cinco páginas, las rasgué sin titubear. Me percaté horrorizado de que me había embarcado en una nave sin rumbo que no podía llevarme a ningún puerto. Entonces descubrí que la actividad del escritor es una aventura, pródiga en satisfacciones, pero también en sudor y lágrimas. Aquel primer fracaso frenó mis ilusiones de ser escritor. No sólo las frenó, sino que las destruyó, de tal modo que después no reaparecieron jamás . Cuando treinta años más tarde escribí mi primer libro (Tu vida cristiana), éste no fue la realización de una ilusión soterrada en mi subconsciente, sino fruto de un sentido de responsabilidad en el ejercicio de mi ministerio pastoral, cono lo han sido el resto de mis obras.

Se dice que la necesidad crea y desarrolla el órgano. Así, una vez hube comenzado a escribir, mi percepción de necesidades fue en aumento, lo que me animó a seguir usando la pluma (o, lo que es lo mismo, la máquina de escribir y -hoy- el ordenador) para hacer más eficaz mi labor pastoral, evangelizadora y docente. Preludio de mis obras más extensas fueron los artículos editoriales y reportajes que, como director de «El Eco de la Verdad» (órgano de la Unión Bautista), publiqué a mediados del siglo pasado, así como los aparecidos después en la revista «El Cristiano Español».

Ya en aquella época, escritor en ciernes, comprobé que en el desarrollo de la capacidad literaria pueden influir positivamente varios factores. Uno de ellos es la consulta frecuente de buenos textos sobre redacción. No basta haberlos leído o estudiado una vez. Mucho de lo leído se olvida. Conviene repasarlo. Pero el estudio de las técnicas para escribir bien no es suficiente. Debe complementarse con asidua lectura de buenos autores. Por tal motivo, el escritor ha de tener a su alcance una nutrida biblioteca, propia o -si es pública- con posibilidades de acceder a ella.

A mí personalmente me han ayudado las obras de los clásicos castellanos y algunas de escritores contemporáneos notables, tanto de habla hispana como extranjeros. Su pensamiento y su estilo han influido en mi propio pensamiento y en mi modo de escribir. Guías en mi aventura literaria han sido escritores tan notables como Miguel de Unamuno, Azorín y Miguel Delibes. Entre los autores extranjeros, Dostoievski y Stephan Zweig. Mención especial quiero hacer de C. S. Lewis, pese a que, por su originalidad, es irrepetible. Varias de sus obras («Cartas a un diablo novato», «El gran divorcio», «Los milagros», «El problema del dolor», etc.) han sido para mí una auténtica delicia. Y aunque jamás se me ha ocurrido la idea de imitarle- tarea imposible-, noto que de alguna manera Lewis palpita en mi interior.

No menos importante ha sido para mí leer los escritos de algunos Padres de la Iglesia, de los reformadores y de autores puritanos o pietistas. Modelo especialmente provechoso hallé en Carlos H. Spurgeon, por su originalidad y el modo de ordenar sus sermones predicados en el «Metropolitan Tabernacle» de Londres.

La meta de la excelencia

En las aspiraciones de todo escritor debe haber un afán de excelencia (del latín excellere, ser superior, sobresalir), entendida no como superioridad respecto a otros autores, sino como mejor calidad en cada obra propia en comparación con obras anteriores. La excelencia es discernir entre lo bueno y lo mejor y optar por lo segundo.

En mi experiencia ese afán ha sido muy acusado, debido en gran parte a mi temperamento perfeccionista, pero también a lo elevado de mi concepto relativo a lo que ha de ser un libro. En mi opinión, el mayor peligro de un escritor es el conformismo, el sentirse satisfecho con la mediocridad. Siempre ha de aspirar a superarse. A medida que transcurre el tiempo, sus escritos han de hacer evidente que su pensamiento va madurando, que adquiere mayor profundidad y un creciente equilibrio. Asimismo ha de notarse un estilo cada vez más depurado.

La reflexión en torno a la excelencia en la producción literaria y mi propia observación en este campo me han llevado a cuidar esmeradamente dos aspectos esenciales de todo libro: el contenido y el estilo. Lo que expongo a continuación es fruto de mi propia praxis y me lo apropio como guía para mi quehacer como escritor.

Contenido

El autor ha de tener una idea suficientemente clara de lo que va a escribir, aunque, lógicamente, esa idea se vaya desarrollando a medida que se avanza en la escritura. De lo contrario lo más probable es que muy pronto se tenga una experiencia tan poco grata como la que tuve yo cuando, a los catorce años, destruí las primeras páginas de «mi novela».

Si el contenido no ha de ser el propio de una narración, sino de un texto pedagógico, de ensayo o sobre un tema determinado, conviene documentarse bien en todos los aspectos de la materia que se va a tratar. Ello nos obligará a consultar obras acreditadas sobre el asunto elegido.

Al material obtenido mediante la lectura de otras obras, el escritor ha de añadir su propia reflexión, que será tanto más fructífera cuanto mayor sea su capacidad de análisis y su competencia crítica ante las ideas, incluidas las suyas propias. Como alguien ha dicho, «escribir es pensar», lo que incluye sentir, imaginar, vivir. Si el pensamiento es vigoroso, el estilo de la escritura probablemente también lo será. Y de este modo surgirá la fascinación que lo escrito debe ejercer sobre el lector.

Otro aspecto a tener en cuenta es el relativo al destino de la obra. ¿Quiénes serán presumiblemente sus lectores? ¿Cómo piensan? ¿Cuáles son sus preguntas o sus inquietudes ¿De qué modo y en qué medida el libro proyectado podrá serles de alguna ayuda? Siempre es recomendable que haya una comunión mental y espiritual entre escritor y lectores.

Con las debidas reservas, debe aspirarse a la originalidad. Siempre resultará pobre un libro plagado de lugares comunes, de ideas más que trilladas que otros han expuesto antes (posiblemente con mayor brillantez). Es verdad que nadie descubrirá otra vez América. En un sentido nadie es totalmente original. Después de treinta siglos en los que han proliferado pensadores y escritores, es prácticamente imposible la originalidad absoluta. Más de una vez, una idea feliz que yo tenía por propia y original la hallé al cabo de un tiempo en la página de un libro o en el artículo de una revista. Sin embargo, puede haber -y el escritor la debe perseguir- una originalidad relativa: en el modo de presentar las ideas, en la argumentación, en los énfasis, en oportunas aclaraciones e ilustraciones, en las aplicaciones prácticas. Por eso se ha dicho, con razón, que «la originalidad no depende de la novedad del tema, sino del modo nuevo y sincero de presentarlo». Si se me perdona la inmodestia, diré que siempre he rehusado escribir un libro sin el convencimiento de que aportaba algo nuevo y útil, que realmente llenaba un vacío y contribuía a cubrir una necesidad.

Estilo

Derivado del latín stilus, instrumento puntiagudo para escribir, el estilo es «la manera propia que cada uno tiene de expresar su pensamiento por medio de la escritura o la palabra» (Albalat).

La definición nos muestra de inmediato la dificultad que presenta cualquier intento de perfilar el estilo de un escritor determinado. Generalmente es tan personal como sus huellas digitales o la configuración de su rostro. Con todo, es fundamental no perder de vista los rasgos esenciales de todo buen estilo:

La claridad

He conocido personas -incluido algún escritor- que valoran a un autor por la oscuridad de lo que escribe. ¿Es difícil entenderle? Señal de que es profundo. Falso, completamente falso. Como ha indicado con agudeza Martín Vivaldi, «se puede ser profundo y claro, y superficial y oscuro. Una cosa es la hondura de pensamiento y otra cosa muy distinta... el jeroglífico, el crucigrama.» Lo más probable es que la oscuridad se deba a otras causas (las más de las veces a pensamiento nebuloso, a escaso dominio de la lengua en que se escribe o a nulo respeto a la capacidad de comprensión del lector medio).

Por supuesto, la claridad no se ha de confundir con la vulgaridad o con una condescendencia que rebaje el nivel literario, privando así al estilo de la adecuada dignidad y elegancia. Debe ser considerada como un requisito para que lo escrito sea accesible a la mayoría de lectores. Esta accesibilidad es de todo punto indispensable si lo que el autor desea es establecer un medio que haga eficaz la comunicación del mensaje supuestamente contenido en su libro. Es algo más que una singularidad humorística lo que, según se cuenta, dijo un día el poeta francés Mallarmé al poeta José María Heredia: «Acabo de escribir una obra magnífica; pero no la entiendo bien y vengo a que usted me la explique.»

Algunos escritores adolecen de un defecto al que se da poca atención: la construcción gramatical de las frases es incorrecta, lo que frecuentemente nubla la idea que se quiere exponer. Como señalo en uno de mis libros, «las palabras pueden ser sencillas y perfectamente comprensibles, pero la sintaxis es defectuosa. Las oraciones y los periodos adolecen de excesiva complicación; demasiado largos o excesivamente complicados. Llegan a convertirse en pequeños laberintos en los que las mejores ideas se pierden sin que lleguen a encontrar el camino de acceso a la comprensión» de los lectores. Una de las opiniones acerca de mis obras es, según algunos de mis lectores, que están al alcance de su comprensión sin necesidad de excesivo esfuerzo por su parte. Tal halago me ha hecho pensar que estaba en el buen camino.

En términos generales, puede decirse que hoy las frases cortas son preferibles a las largas, recargadas con un exceso de oraciones subordinadas. Ha pasado a la historia el aplauso al estilo tribunicio de determinados oradores y autores. Aún admiramos la retórica prolija del español Emilio Castelar, pero su estilo resulta trasnochado en nuestro tiempo. Hoy se prefiere la simplicidad; frases breves, incisivas; lo que no excluye que entre ellas se intercalen otras más extensas. El barroco literario es una moda caducada. Pero también lo es la sumisión del esclavo sometido ciegamente a cánones literarios impuestos por cada época.

Un consejo: evítese el abuso de ideas rebuscadas, de palabras ampulosas, y de frases incidentales o notas parentéticas que desluzcan, o incluso embrollen, la idea principal. Esta amonestación me la hago constantemente a mí mismo cada vez que escribo algo.

La concisión

Hay una tendencia bastante generalizada en algunos a dilatar lo que escriben, bien añadiendo nuevas ideas innecesarias que van debilitándose cuanto más se prolongan, bien con repeticiones tediosas que sólo producen fatiga y aburrimiento. en quien las lee.

En este terreno es aconsejable que el escritor se provea de unas buenas tijeras de podar. Cuando ha terminado de escribir ha de repasar meticulosamente lo escrito y ha de buscar todo aquello que podría suprimirse sin que el texto sufra pérdida de lo esencial o de elementos estilísticos que embellecen la composición literaria. La concisión nunca debe llevar a la mutilación. Pero resultará positivo prescindir de palabras -e incluso frases - innecesarias.

Especial atención debe prestarse al abuso de adjetivos. Frecuentemente son necesarios, pues añaden al nombre que acompañan una cualidad interesante. Otras veces, aunque no sean imprescindibles, tienen un innegable valor estético, pues embellecen el estilo. Pero un exceso de ellos puede hacernos caer en el ya denunciado barroquismo, lo que puede causar empalago.

Resumiendo, podemos decir que cuanto más se «infla» el texto de una obra más se debilita. Deben imponerse, pues, el buen juicio y el sentido de la mesura.

Precisión

Esta cualidad es aliada de la concisión. Muy atinadamente Pío Baroja escribió: «En eso creo yo que está la perfección del estilo: en no decir ni más ni menos que lo que se debe decir, y en decirlo con exactitud.»

Salta a la vista la importancia que en el logro de tal perfección tienen las palabras. Si éstas son el medio para expresar muestro pensamiento, la expresión será tanto más fiel cuanto mejor los vocablos correspondan a la idea.

Con frecuencia leemos textos en los que salta a la vista la escasa preocupación que el escritor ha sentido en el momento de entresacar de su vocabulario el término adecuado. A ello puede contribuir el desconocimiento del significado exacto de la palabra o el error de que los sinónimos significan lo mismo, por lo que puede usarse cualquiera de ellos indistintamente. La verdad es que los sinónimos, en un sentido riguroso, no existen. Cada uno tiene un matiz especial y no todos pueden usarse en todos los casos. Guapo y hermoso son sinónimos, pero no hablaremos de una flor guapa.

Todo lo que ganemos en precisión lo ganará el escrito en lucidez y efectividad. Por más que un autor domine la lengua en que escribe, no debe regatear tiempo para consultar el diccionario con la frecuencia necesaria.

Orden y coherencia

Las ideas suelen aflorar en la mente del escritor de manera espontánea, generalmente sin demasiado orden. Convendrá anotarlas a medida que se presentan; pero después han de ser ordenadas, de modo que en lo que se escribe se vea unidad y progreso . Todos los elementos de la composición se han de caracterizar por la coherencia. Han de guardar un sólida conexión entre sí y aparecer en avance bien organizado, orientados a un fin previamente propuesto. En ese avance deben evitarse los saltos bruscos, es decir, la solución de continuidad en la transición de un párrafo a otro. Puede resolverse este problema mediante el uso de algunas (pocas) frases que sirvan de enlace. Una composición escrita carente de coherencia y unidad pierde gran parte del interés que debe suscitar.

Perseverando pese a todo

Lo expuesto puede evidenciar que el escritor ciertamente se enfrenta a una tarea ardua. Su aventura tiene momentos difíciles que tientan al desaliento. Unas veces quizá será la duda de si está o no capacitado para escribir. Se siente insatisfecho con su obra. O tal vez, a la vista de resultados más bien exiguos, pensará que no merece la pena seguir escribiendo. Yo mismo alguna vez he pensado: ¿acaso no es aplicable hoy lo dicho un día por el Predicador de Eclesiastés: «El hacer muchos libros no tiene fin, y el mucho estudio fatiga.» (Ec. 12:12)? La Biblia de Jerusalén traduce: «Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está dicho...» Pero esta nota pesimista tiene su contrapeso en el texto que antecede: «Cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo... Procuró hallar palabras agradables y escribir rectamente palabras de verdad (Ec. 12:9-10). Si esas palabras quedan escritas, con mayor propiedad puede decirse que son «como clavos hincados» (Ec. 12:11) que perduran para el bien de quien las lee.

Es verdad que algunas personas que empezaron a escribir no llegan a superar sus dudas y abandonan la idea de proseguir en esa actividad. Posiblemente en algunos casos esa decisión es sabia, ya que la producción literaria de tales escritores nunca habría sobrepasado la mediocridad. Pero en otros casos el desaliento ha de ser vencido con renovado coraje. Las dificultades deberán analizarse una por una y ver si son suficientes para decidir la renuncia a escribir o si, por el contrario, han de ser un acicate para la corrección de defectos y el perfeccionamiento en el trabajo. A tal fin puede ser de ayuda la opinión franca de personas capacitadas que merezcan confianza. Puede haber al principio dificultades que con el tiempo y el aprendizaje se superan aceptablemente. Parece que Demóstenes inicialmente tenía serios defectos físicos para una correcta pronunciación; sin embargo, tras una dura autodisciplina, llegó a ser el más grande orador de Atenas. Algo semejante ha sucedido con algunos escritores.

También puede acontecer que, escribiendo, se llegue a un punto en el que se produce una encalladura, sin ver el modo de seguir adelante. Escribiendo alguno de mis libros he vivido esa experiencia. Cuando ya había escrito la mitad o más de los capítulos, hallaba tan difícil avanzar que, de no haber tenido esa mitad acabada, probablemente habría renunciado al proyecto de tal obra. Cuando el libro fue publicado, los comentarios recibidos me mostraron que mi abandono de la obra a medias habría sido un error y una pérdida deplorable. He comprobado también que cuando el pensamiento y la escritura llegan a un atascadero la perseverancia puede producir resultados positivos. Y he descubierto que lo mejor en situaciones así es no ceder a la tentación de orillar el obstáculo con rodeos o camuflarlo con superficialidades, lo que rebajaría la consistencia del pensamiento. Lo más aconsejable es dejar reposar momentáneamente la parte resistente del texto y proseguir escribiendo con el resto de las ideas., aunque sin dejar de pensar en lo que de modo insatisfactorio se ha dejado atrás. Por lo general, al cabo de unos días, el pasaje aparcado se ve con nueva luz y se reescribe a plena satisfacción del autor.

También puede causar desánimo la decepcionante difusión del libro. Apena pensar que en el mercado editorial quizá no se ha presentado la obra adecuadamente. Y aún más entristece interpretar la flojedad de ventas como desinterés por parte de posibles lectores , quienes un día valoraron y alabaron otras obras del autor, y ante el nuevo libro, tras una rauda ojeada, no han buceado un poco más en su contenido. Ninguna de estas circunstancias debe descorazonar al escritor. La empresa editorial puede dinamizar más imaginativamente su técnica publicitaria. Y los esperados lectores, que en una primera reacción se han mostrado indiferentes, al cabo de un tiempo, por alguna especial circunstancia, pueden sentirse entusiasmados con la lectura del libro. Ese tipo de experiencia lo he vivido alguna vez y me ha ayudado a no olvidar que en la difusión de mis obras no soy más que un sembrador. Procuraré efectuar esa siembra lo mejor posible; pero finalmente, como cantamos en un himno, «dejaré el resultado al Señor».

Una última observación sobre la perseverancia. Esta virtud no significa que el escritor ha de estar constantemente escribiendo. Por lo general, son convenientes periodos durante los cuales la pluma descanse. Es importante recargar las pilas antes de que se agoten. Durante esos periodos, suelen surgir en la mente nuevos pensamientos que, debidamente madurados, salen después a la luz en escritos nuevos de notable calidad. Podría decirse que el autor no siempre está redactando, pero siempre está produciendo.

El premio del escritor

Alguna vez se me ha preguntado: «¿Cuál es la parte de su trabajo que le hace sentirse más recompensado o realizado?» Mi respuesta es: «¡Todas las partes!». Empiezo a sentir deleite en el momento de comenzar a concebir el libro y bosquejar sus capítulos. Disfruto a medida que voy escribiendo. Algunos de los párrafos son para mí mismo de gran inspiración y me han hecho bien. Así lo he experimentado al escribir mi último libro, Fundamentos Teológicos de la Fe Cristiana. La reflexión en torno a algunos de los grandes temas de la obra me movió más de una vez a sustituir la acción de escribir por la oración y la alabanza a Dios.

Pero posiblemente el momento más deleitoso es el de la entrega del original al editor. El texto ha sido leído y releído, repasado minuciosamente; se han hecho numerosas correcciones. Ya no tengo nada más que añadir, suprimir o modificar. Ha llegado el momento en que el finis coronat opus (el fin corona la obra). Es un fin inefablemente placentero, sólo comparable al gozo de la mujer cuando da a luz un hijo.

En mi caso, si pienso en la «recompensa» del escritor, diré que se encuentra, sobre todo, en los testimonios de personas agradecidas por el bien que la lectura de alguno de mis libros les ha hecho. Recuerdo un caso que me impresionó. Estaba yo en Sevilla dando unas conferencias sobre Teología Pastoral. Al final de una de las sesiones, una señora de mediana edad se acercó a mí para pedirme que le concediera unos minutos de conversación. El motivo era doble: había leído mi libro Job, la fe en conflicto cuando atravesaba un periodo de crisis en su vida matrimonial, y venía a verme para darme las gracias, pero también en busca de consejo. Tuvimos una larga conversación, seguida después de otra conjuntamente con su esposo. Parece que se aclararon bastantes puntos oscuros y ambos marcharon al final de la conferencia con el gozo de una armonía conyugal recuperada. Para mí aquello fue la mejor de las recompensas. En el último año he tenido satisfacciones parecidas con los «feedback» que muchos cibernautas me envían informándome del bien que el «Tema del mes» de mi página web «Pensamiento Cristiano» les reporta mensualmente.

La importancia del ministerio literario en la experiencia personal

Considero que el trabajo de un escritor cristiano no es la labor de un profesional que responde a móviles meramente humanos. Es parte de la obra que Dios le ha encomendado. Por eso es importante. Y por la misma razón debo yo realizarlo con lo mejor de mis capacidades.

También lo considero importante porque de algún modo comunica el más trascendental de los mensajes: el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, luz sobre los puntos más oscuros del pensamiento humano, consuelo para los afligidos, aliento y estímulo para proseguir en la senda del discipulado cristiano, virtud para ser «sal de la tierra y luz del mundo». Cada libro, si posee un mínimo de calidad, puede convertirse en un canal de bendición insospechada.

De la importancia del libro y de sus posibles efectos se deduce la responsabilidad del escritor, que ha de dar lo mejor de sí mismo en el desempeño de la encomienda recibida. Sirve a un Señor que ha entregado talentos a sus siervos para que los usen diligentemente hasta su regreso para recoger el fruto de la laboriosidad de ellos. Por tal motivo, cuando el Espíritu dice a un creyente. «Escribe», debe escribir, asegurándose de que el mandato procede realmente de Dios. Una vez se ha aceptado la vocación, debe avanzarse siempre en busca de la máxima perfección y efectividad. Sólo así, en el último día, podrá oír el escritor cristiano las palabras de Cristo: «Bien, buen siervo y fiel... Entra en el gozo de tu Señor.» (Mt. 25:21). Así lo entiendo, y así procuro servir.

José M. Martínez

Capítulo 6 del libro La aventura de escribir

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