Pensamiento CristianoJosé M. Martínez y Pablo Martínez Vila
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¿«...Y en la tierra paz»?

Los pastores debieron de quedar anonadados aquella noche en los campos de Belén. La oscuridad, el silencio y el sosiego se vieron interrumpidos por un acontecimiento espectacular. Súbitamente, un resplandor glorioso. Y la voz de un ángel que anunciaba la noticia más sensacional de cuantas han llegado al oído humano: «Os ha nacido un Salvador». Seguidamente una multitud de seres celestiales prorrumpiendo en un cántico inspirador: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz...» (Lc. 2:14). ¿Estaba amaneciendo un día nuevo en el que los hombres disfrutarían de apacibilidad, ajenos al tumulto, la devastación y la muerte causados por las guerras?

El anuncio y la historia

Si hubiéramos de interpretar la narración evangélica a la luz de la historia posterior, podríamos pensar que lo dicho por los ángeles era una fantasía utópica, casi un sarcasmo. Las tierras bíblicas en ningún momento se vieron disfrutando verdaderamente de shalom. En los días de Jesús no faltaron enfrentamientos armados de guerrilleros judíos con los soldados romanos. Durante la Edad Media las Cruzadas cubrieron de sangre los lugares sagrados. El nacimiento del moderno Estado de Israel ha dado lugar a varias guerras. Y aún hoy son incesantes las encarnizadas luchas entre palestinos e israelíes. En la propia Belén, hace escasas semanas, los tanques del ejército israelí patrullaban por sus calles. Una vez más, disparos, alaridos, muertes.
Pero no es solamente en ese rincón del mundo donde resuena el estruendo bélico. Los últimos años del siglo XX, cuando Europa aún no estaba recuperada de los horrores de la segunda guerra mundial, y de la «guerra fría» que siguió, un nuevo conflicto en los Balcanes ha mostrado la proclividad humana a resolver los problemas de los pueblos mediante las armas, cada vez más destructivas. Fuera de Europa el panorama no es más propiciado de esperanza. Horrendas luchas tribales en áfrica. Conflictos económicos, étnicos y políticos en los países del Golfo Pérsico, el Irak de Sadam Hussein. Lo más sobrecogedor y reciente: la guerra desatada por Bin Laden contra Occidente. Los atentados de kamikazes islámicos contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington. La guerra en Afganistán entre las fuerzas aliadas de Occidente y los talibanes afganos. ¡Horror sobre horror! ángeles de Navidad, ¿de veras aquel día anunciabais paz? ¿Dónde? ¿Para cuándo? ¿Cómo?

Etiología de la guerra

Antes de contestar esas preguntas, conviene pensar en las causas de la guerra y la agresividad en general. En opinión de algunos, la cuestión es simple; se trata de un fenómeno meramente etológico. A semejanza de muchos mamíferos, el hombre se rige por sus instintos feroces cuando ve peligrar su supervivencia, su emparejamiento procreador o la parcela de su dominio. Pero el fenómeno no es tan sencillo, como nos muestran la psicología y la antropología. En muchos casos el comportamiento humano es regido por principios morales que dan a su vida un sentido de trascendencia y controlan sus impulsos más primitivos. El hombre no es un bruto exiliado de la selva. Es mucho más que el más encumbrado de los irracionales.
El testimonio inspirado de la Biblia nos dice que fue creado a imagen de Dios para vivir en comunión con él y en paz con el resto de la creación. Todo al principio respiraba armonía y auguraba un futuro idílico. Pero algo vino a trastornar el orden original de la creación. En el escenario edénico irrumpió un grave elemento discordante: la rebelión de la criatura contra la autoridad suprema del Creador. Destronado Dios de la mente y del corazón, los humanos sólo reconocerían como forma de gobierno la autonomía más absoluta. El trono vacío sería ocupado por el yo de cada individuo. Las normas de conducta no estarían determinadas por lo justo, lo noble, lo amable, lo benéfico. Se actuaría defendiendo cada uno sus propios intereses, aunque para lograrlo hubiera de recurrir a la violencia. Recordemos lo escrito en el «tema del mes» de octubre acerca de Caín. Este hombre vio amenazado su prestigio cuando la ofrenda de su hermano Abel fue preferida por Dios. La herida inferida a su amor propio le resultaba intolerable. Y con crueldad violenta asesinó a su hermano. Poco tiempo después Lamec superó en agresividad al primer fratricida con un anuncio tremebundo: «Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad lo será setenta veces siete» (Gn. 4:24). La ira de Caín y la soberbia de Lamec vinieron a ser semillas infernales que brotarían con fuerza en sus descendientes y darían lugar a la trágica cosecha de conflictos violentos que ha conocido la humanidad. A lo largo de los siglos, la envidia, el odio, la altivez, el afán de gloria o de dominio, la política arrogante de algunos estados, la oposición violenta de minorías subversivas, etc. han encendido las contiendas cruentas de todos los tiempos. Y no parece que esta cosecha esté próxima a concluir. Hay todavía demasiada injusticia en el mundo, demasiada ambición, demasiada desigualdad. Son demasiados los pueblos en vías de desarrollo cuyos habitantes en su mayoría sufren hambre o incluso sucumben bajo el azote de la enfermedad, mientras unos pocos opulentos, carentes de solidaridad, viven en una abundancia indignante. No, no hay paz en el mundo. Ni la habrá si han de ser los hombres quienes la instauren.
Consecuencia de la pecaminosidad humana es también el conflicto del hombre consigo mismo, precursor de todos los demás conflictos. A menos que seamos narcisistas ególatras, en exceso tolerantes al juzgarnos, o que tengamos cauterizada la conciencia, descubriremos aspectos de nuestra personalidad y de nuestra vida que nos desagradan; nos gustaría vernos libres de ellos y ver sustituidos nuestros defectos por virtudes. No nos sorprende la sincera confesión del poeta inglés Tennyson: «¡Ojalá en mí surgiera un hombre tal que el hombre que soy no fuera!» El apóstol Pablo, describió ese conflicto interno con un realismo patético: «No comprendo mi proceder, pues no pongo por obra lo que quiero, sino que lo que aborrezco, eso es lo que hago... Yo sé que en mí no mora el bien, porque el querer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el hacerlo; no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.» (Ro. 7:15-19). Y tan derrotado se ve que exclama: «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» (Ro. 7:24). Para tal hombre, escindido en lo más hondo de su personalidad, no hay paz. Y de su colisión interior se derivan los conflictos en las restantes esferas de su vida. Es en la naturaleza caída del hombre donde hemos de buscar la raíz de todas las rivalidades en las relaciones humanas. Repárese el interior de cada individuo y se habrá salvado la sociedad. ¿Esperanza ilusoria?

Y sin embargo... PAZ

Ya hemos visto que el origen de la belicosidad humana está en la relación conflictiva del hombre con Dios, en la enemistad que ha generado en él su autoafirmación antagónica frente al Creador, Señor de todo y de todos. La consecuencia es que no habrá «paz en la tierra» mientras no se tribute «gloria a Dios en las alturas».
En la Biblia se da a Dios el título de «Dios de paz» (Ro. 15:33; Ro. 16:20; 1 Ts. 5:23). También se dice de él que «hace la paz» (Is. 45:7). Su Hijo, el Mesías prometido, es llamado «Príncipe de paz» (Is. 9:6). Toda forma de hostilidad es ajena a la voluntad divina. Por eso, a fin de acabar con el antagonismo del hombre en su relación con él, Dios lo llama a la reconciliación (2 Co. 5:19-20). Cuando ésta ha tenido lugar surgen hombres y mujeres nuevos con nuevos criterios y actitudes nuevas, todo inspirado en el Evangelio. Como consecuencia, hay paz en la conciencia (Heb. 10:22), pues «justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro. 5:1). Hay paz en la esfera en que se desenvuelve nuestra vida (hogar, iglesia, lugar de trabajo profesional, vecindario, etc.). Hay paz entre los pueblos. En días apostólicos judíos y gentiles, distanciados y enemistados, fueron reconciliados y hechos un solo pueblo en la comunión de la Iglesia cristiana (Ef. 2:11-15). Y somos llamados a promover la paz por doquier. Si la humanidad se volviera a Dios y siguiera de veras a Jesucristo, de inmediato cesarían todas las contiendas.
En la perspectiva bíblica no se vislumbra una conversión masiva de pueblos y naciones. Más bien se nos advierte de que el mundo irá de mal en peor hasta el retorno de Cristo (Mt. 24:37-39; Lc. 17:28-29), lógica consecuencia del endurecimiento de las masas en posiciones de ateísmo, de materialismo o de indiferencia religiosa. Prevalece el espíritu de rebeldía contra Dios. Como indicara el salmista, gentes y gobernantes juntamente conspiran contra el Señor y claman: «Rompamos sus ligaduras y sacudamos de nosotros su yugo» (Sal. 2:1-3). Las ideas de Nietzsche siguen encandilando a muchos.
Pese a todo, la paz es una realidad en la experiencia de innumerables creyentes, quienes no sólo disfrutan de la paz con Dios, sino también de la paz de Dios, la que él da a cuantos confían en sus promesas. Esta bendición se expresa en el Antiguo testamento con la palabra shalom, que no es simplemente ausencia de guerra; es un estado de sosiego y bienestar en el que se desvanecen el temor y la ansiedad. Pablo recoge este pensamiento y escribe en su carta a los Filipenses: «Por nada os inquietéis; antes bien, presentad a Dios vuestras peticiones... y la paz de Dios que supera todo conocimiento guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» (Fil. 4:6-7). En el Nuevo testamento la paz de Dios es la paz de Cristo, la que él concedió a sus discípulos cuando poco antes de su detención, pasión y muerte, les dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27). Era su propia paz en medio de la turbación que le producía hallarse frente a la tragedia inminente (Jn. 12:27). Era serenidad cuando más arreciaba el peligro. Era luz en medio de las tinieblas, esperanza a pesar de las olas de sufrimiento que iban a abatirse sobre él. Esa paz es la que nos concede también a nosotros aun en las horas de mayor prueba si estamos cerca de él.
En lo que atañe al mundo, también la revelación divina nos ofrece una perspectiva esperanzadora, la de un futuro en el que se pondrá de manifiesto lo dicho en otro de los Salmos: Dios «hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra» (Sal. 46:9). Actualmente el Reino de Dios, que es «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro. 14:17), tiene una manifestación imperfecta y limitada. Pero vendrá un día cuando el Reino será consumado de modo perfecto, cuando ante Cristo «se doblará toda rodilla y confesará que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil. 2:10-11) Entonces la paz, fundamentada en la justicia y la soberanía de Dios, llenará la tierra. Se cumplirá lo profetizado por Isaías con metáforas sugerentes: «Morará el lobo con el cordero y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro, el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará... porque la tierra será llena del conocimiento del Señor» (Is. 11:6-9). En esa época los pueblos «volverán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra» (Is. 2:4). Ante tal perspectiva nos sentimos movidos a rogar: «Padre nuestro que estás en los cielos... venga tu Reino».
Pero entretanto esperamos su plena manifestación podemos disfrutar de un anticipo de la misma, a la par que difundimos paz a nuestro alrededor. La Iglesia tiene una responsabilidad social que ha de asumir con fidelidad si ha de ser «sal de la tierra y luz del mundo» (Mt. 5:13-14). Cada cristiano habría de hacer suya -y vivir en consonancia con ella- la conocida oración de Francisco de Asís:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Allí donde haya odio que yo ponga amor,
donde haya discordia que yo ponga la unión,
donde haya error que yo ponga la verdad...
Donde haya desesperación que yo ponga la esperanza,
donde haya tinieblas que yo ponga la luz...

En esta primera Navidad del siglo XXI, cuando aún soplan aires de guerra en el mundo, urge captar y transmitir el eco de la aclamación que los ángeles hicieron oír aquella noche en los campos de Belén.

José M. Martínez


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