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La fe en los momentos decisivos de la vida

Josué y el paso del Jordán

Hay momentos decisivos en la vida cuando la fe es puesta a prueba por situaciones que humanamente nos parecen imposibles de superar. Puede ser una enfermedad, la pérdida de un ser querido, situaciones de injusticia, dificultades económicas, una decisión difícil.

El texto de Josué, capítulos 3 y 4, nos presenta uno de estos momentos decisivos. El paso del Jordán era humanamente un obstáculo infranqueable: tres millones de personas tenían que pasar el río que en aquella época del año se desborda por todas sus orillas (Jos. 3:15) y llega a tener un kilómetro de anchura por tres metros de profundidad. Era una tarea humanamente imposible, pero también imprescindible si querían entrar en la Tierra Prometida.

El paso del Jordán contiene un rico simbolismo. Para algunos representa la muerte, pues nos franquea la entrada a la Tierra Prometida, el cielo. Bunyan lo describe en este sentido en uno de los pasajes más memorables de “El Peregrino”. Para otros, es símbolo de la conversión que nos da entrada a las bendiciones de Dios en Cristo Jesús. El pecado, simbolizado por el Jordán, formaba una barrera insuperable, barrera que se abrió por medio de Jesucristo.

En un sentido más amplio, todos tenemos uno o varios pasos del Jordán a lo largo de nuestra vida, momentos cuando la fe juega un papel decisivo. Pero, ¿qué es la fe? El texto nos lo muestra de forma muy práctica: la fe es un encuentro y un diálogo entre Dios y el hombre, encuentro y diálogo cimentado en el amor mutuo y en el que cada parte da y recibe algo como debe ser en toda relación de amor.

Un pueblo que confía

Veamos, en primer lugar, lo que Dios esperaba del pueblo en aquel momento decisivo. Son las tres actitudes que vertebran la fe: confianza, obediencia y santidad. De hecho, son consecutivas, la una lleva de forma natural a la otra.

1. Confianza plena

La fe es imposible si no hay un elemento de confianza, una confianza definida como certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve (Heb. 11:1). Toda relación de amor requiere confianza. La confianza es el terreno fértil en el que crece el amor. La falta de confianza es un tóxico que destruye el amor.

La fe bíblica no es una confianza a ciegas, un salto al vacío. Tiene un triple fundamento:

  • Lo que Dios hizo en el pasado: su fidelidad. No es casualidad que el verbo usado más veces en el Antiguo Testamento en modo imperativo es “recordad, acordaos de”.
  • Lo que Dios hará en el futuro: sus promesas. Y Josué dijo al pueblo: porque Dios hará mañana maravillas entre vosotros (Jos. 3:5).
  • Lo que Dios es: su poder: Dios es Señor de toda la tierra (Jos. 3:11). El Dios cercano es también el Dios omnipotente.

2. Obediencia de corazón

La confianza lleva a la obediencia: el pueblo se dio prisa y pasó (Jos. 4:10). Cumplieron al pie de la letra todo lo que Dios les mandó.

Cuestionar la Palabra de Dios es el primer paso para ahogarse en el paso del Jordán, el embrión de todo naufragio espiritual. Fue un error repetido en la historia del pueblo de Israel y también lo ha sido en la historia de la Iglesia. Casi todos los períodos de declive y apostasía han empezado por este punto: poner en duda, relativizar las palabras de Dios, rebajar la autoridad de las Escrituras. Esta vez no fue así: el pueblo se dio prisa y pasó.

La obediencia de la fe no nace de la obligación (legalismo), sino de la convicción. Pablo la describe como obediencia de corazón (Ro. 6:17). Dios les habla y les explica en detalle lo que deben hacer para pasar el río con éxito: Acercaos y escuchad las palabras de Jehová vuestro Dios (Jos. 3:9). Así ocurre siempre: Dios no impone sino que expone y el hombre es libre de seguir o no, de obedecer o desobedecer.

Las palabras de Dios al pueblo –la Palabra de Dios a nosotros hoy en las Escrituras- son la base de nuestra confianza y la guía para nuestra obediencia.

3. Santidad

La confianza lleva a la obediencia y la obediencia lleva a la santidad. Es el tercer rasgo de la fe. Antes del gran acontecimiento el pueblo tenía que prepararse: Santificaos (Jos. 3:5). Y no se refiere a una preparación ritual (no había tiempo para ello), sino espiritual; el pueblo debía poner la mirada en Dios, buscar la presencia de Dios a través de la meditación y la oración.

La santidad que Dios espera de su pueblo, sin embargo, no es sólo un asunto de mirar al Cielo; ciertamente hay lugar para “elevar el pensamiento al Cielo” (el conocido himno de Teresa de Jesús), pero el creyente también toca con los pies en el suelo. La santidad del pueblo -y la nuestra- tiene que ver con el estilo de vida.

Una forma de vivir distinta, diferente de los otros pueblos iba a ser clave en todo el peregrinaje a la Tierra Prometida y es clave también en nuestro peregrinaje. No por casualidad el Señor Jesús concluye y resume el Sermón del Monte diciendo: No os hagáis pues como ellos (Mt. 6:8). ¡Esta es la santidad que Dios espera de su pueblo!

Una de las mayores necesidades de la iglesia hoy es una santidad atractiva, un estilo de vida que promueve, encarna y proclama los valores del Reino de Dios: justicia (rectitud), paz y gozo en el Espíritu (Ro. 14:17).

Esta fe que confía, obedece y busca la santidad es exactamente lo opuesto a una fe mágica que raya en la superstición. Es importante recordarlo hoy cuando algunos grupos cristianos, aun sin darse cuenta, convierten la fe en magia. ¿Qué diferencia hay entre fe y magia? La fe es servir a Dios, la magia es servirse de Dios. No podemos invertir los papeles: no es Dios quien está a mi servicio sino yo al servicio de Dios.

La historia tanto de Israel como de la Iglesia nos muestra el gran peligro de convertir la fe en una transacción espiritual con Dios, una negociación tipo “doy para que me des” (do ut des). La progresiva decadencia moral del cristianismo en la Edad Media coincidió con la pérdida de visión de la fe bíblica que pasó a ser cada vez más algo utilitario y centrado en mí, en mis necesidades.

Como expresó un teólogo alemán, Dios pasa a ser como un camarero que me sirve lo que le pido. Esta fe es muy frágil y explica no pocos casos de crisis espiritual. La fe madura y sólida dice como Saulo, derribado del caballo en el camino de Damasco: Señor, ¿qué quieres que yo haga? (Hch. 9:6).

Un Dios que provee

¿Qué le dio Dios al pueblo -y a nosotros hoy- en la hora decisiva del paso del Jordán? Les proveyó tres grandes recursos, las “tres p” del cuidado de Dios:

1. Su presencia

El arca del pacto era el símbolo por excelencia de la presencia de Dios. Seguir el arca significaba seguir a Dios, por ello era tan importante obedecer las instrucciones.

Y mandaron al pueblo, diciendo: Cuando veáis el arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y los levitas sacerdotes que la llevan, vosotros saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella (Jos. 3:3).

La presencia de Dios en medio del pueblo significaba guía, descanso y bendición: Y añadió Josué: En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, y que él echará de delante de vosotros al cananeo, al heteo... (Jos. 3:10).

Además, el arca es tipo de Cristo: la madera simboliza a Jesús el hombre y el oro la deidad de Jesús. Nosotros estamos llamados hoy a seguir a Cristo de la misma manera que el pueblo siguió el arca. Su presencia se hace real en nosotros porque Cristo habita por la fe en nuestros corazones (Ef. 3:17). El mismo Jesús dijo: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28:20).

2. Su provisión

Dios provee lo adecuado en el momento adecuado. “En Dios la previsión es provisión” (José M. Martínez). Y lo hace según las necesidades que Él ve.

¿Cuáles eran las necesidades del pueblo en este momento? Un liderazgo sólido y sabio en la persona de Josué: Entonces Jehová dijo a Josué: Desde este día comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como estuve con Moisés, así estaré contigo (Jos. 3:7).

El paso del Jordán iba a ser decisivo para que el pueblo confiase en Josué. Nos impresiona ver cómo a lo largo de la historia Dios ha provisto -y provee- hombres y mujeres clave que han guiado a su pueblo, especialmente en momentos decisivos, en los distintos pasos del Jordán cuando humanamente la tarea parecía imposible. ¡Gracias a Dios por su provisión!

3. Su protección

En este caso fue una protección milagrosa: Jehová hará mañana maravillas entre vosotros (Jos. 3:5). El milagro es inherente a la fe. Los eventos más significativos en la historia de la salvación giran alrededor de un milagro: la salida de Egipto y el paso del Mar Rojo, la encarnación y la resurrección de Cristo. El hecho milagroso, sobrenatural, nos recuerda el poder del Dios que es Señor de toda la tierra (Jos. 3:11, 13). Eliminar los milagros es convertir la fe en filosofía y la vivencia de la fe en humanismo.

Dios guardó al pueblo en el paso del Jordán y le llevó hasta la Tierra Prometida. Cumplió sus promesas. Dios guarda a su iglesia de manera que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella (Mt. 16:18). Y Dios nos guarda también a cada uno de nosotros, porque Él ha dicho: No te dejaré ni te desampararé... por tanto no temeré lo que me pueda hacer el hombre (Heb. 13:5-6).

Una experiencia a recordar: el valor de la memoria histórica

Dios cuida todos los detalles. La instrucción divina concluye con unas palabras muy significativas:

...para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué significan estas piedras? les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron divididas delante del arca del pacto de Jehová (Jos. 4:6-7).

Parece un detalle secundario, pero es de una importancia vital: guardar la memoria histórica es un eslabón necesario en la transmisión de la fe. El paso del Jordán tenía que ser una experiencia memorable, es decir, un hito a recordar y enseñar a las generaciones posteriores. Porque la fidelidad de Dios en el pasado es la garantía de su guía en el futuro.

Pablo Martínez Vila
 

Como lectura complementaria recomendamos:
Tu Dios va delante por José M. Martínez.

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