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«Que tu fe no falte»

La oración modelo en la prueba

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Al comienzo de un nuevo año nuestro corazón es siempre una mezcla de ilusiones e incertidumbres. Albergamos tantas esperanzas como temores. En esta ocasión el año 2021 nos abre la puerta a un panorama con muchos enigmas; no faltan ilusiones, pero llevamos meses de sufrimiento en todo el mundo; hay mucho cansancio acumulado, dolor y ansiedad. Los pilares de la tierra parecen temblar, como dice el salmista (Sal. 75:3).

Francamente no tenemos ninguna seguridad de que “todo irá bien” como decía el hashtag creado por los italianos en el momento más duro de la pandemia. La presencia de Dios en nuestra vida no garantiza que todo va a ser “verdes prados y delicados pastos”. La promesa de Dios en Isaías 43, uno de los textos más apreciados de toda la Biblia, es muy realista: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán... (Is. 43:2). Muchos quisiéramos pasar por las aguas de la prueba sin mojarnos, pero esto no es lo que Dios nos promete ni garantiza. Lo más importante es no ahogarte, que tu fe no naufrague en el río de las pruebas.

Muchas son las preguntas de la persona que sufre, pero hay una de capital importancia: ¿dónde está Dios ahora? De su respuesta va a depender que salgamos fortalecidos o destruidos del horno de fuego. Nuestra fe puede ser “purificada” por la prueba (1 P. 1:7), pero también “chamuscada” (Mt. 13:21).

Especial relevancia tienen en este sentido las palabras del Señor Jesús a Pedro, poco antes de Getsemaní, avisándole de horas difíciles: Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte (Lc. 22:31-32). ¡Formidable oración! Ante la inminencia del sufrimiento, el Señor podía haber pedido muchas cosas para sus apóstoles, por ejemplo, que el Padre les evitara la prueba, que proveyera una salida adecuada, o que fuera lo más breve posible; todo ello entraría dentro de las peticiones legítimas de un creyente abrumado por el dolor. Tampoco Jesús se entretiene en darle explicaciones sobre las aflicciones que se avecinan: el cómo, el por qué, cuánto tiempo. Se limita a una frase tan breve como elocuente: Que tu fe no falte. Éste es su ruego encarecido al Padre.

Estamos aquí ante una auténtica oración modelo. Es la súplica que todo creyente puede y debe hacer en tiempo de prueba. Tenemos, además, el inmenso privilegio de saber que el mismo Señor Jesús que rogó por Pedro sigue intercediendo por nosotros: Viviendo siempre para interceder por ellos (sus hijos) (Heb. 7:25); Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Ro. 8:34). La oración de Jesús por Pedro sigue vigente hoy para todos los que son zarandeados por Satanás con pruebas duras.

¿Por qué el Señor ora así? Jesús quería enseñarle a Pedro una lección esencial: en la hora del sufrimiento lo más importante no es entender enigmas, sino encontrar a Dios; la pregunta clave no es “¿por qué Dios...?”, sino “¿dónde está Dios ahora?”. Recordar -y en lo posible experimentar- el Yo estaré contigo de Isaías 43 es la prioridad.

Cuando la tormenta arrecia, la fe es el bien supremo a preservar y a cultivar. Ello es así por muchas razones: en la prueba la fe es la columna que nos sostiene, es el alimento que nos fortalece, es la luz que alumbra nuestra oscuridad, es el vínculo inquebrantable que nos mantiene unidos a Cristo (Ro. 8:38-39). Pero hay una razón que viene antes que todo ello: la fe es el mayor tesoro, es el bien más preciado a guardar por un creyente. En palabras del mismo Pedro (¡lo había aprendido bien!) la fe es mucho más preciosa que el oro (1 P. 1:7). La vida en la tierra es un bien precioso, pero no es el más importante. El bien supremo es la vida eterna.

Por ello, cuando atravesamos el río de la prueba lo primordial es cuidar tu fe de modo que tu fe no falte.

Teresa de Ávila lo describe con este sentido verso:

“Si a Dios tienes, ¿qué te falta?
Y si Dios te falta, ¿qué tienes?”

La gran mística española podía exclamar con certeza estas palabras porque había experimentado la promesa entera del texto de Isaías 43 antes mencionado:

No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.
Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé.
No temas porque yo estoy contigo.
(Isaías 43:1-4)

Dios no abandona a sus hijos en las aguas turbulentas de la prueba. No puede hacerlo, ha pagado un precio demasiado alto para olvidarnos. Por ello, Cristo en persona sigue diciéndonos a ti y a mí hoy: Yo ruego que tu fe no falte.

Pablo Martínez Vila
 

Como lectura complementaria recomendamos:
Dios en el sufrimiento humano por Pablo Martínez Vila.

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